El día que perdimos las elecciones, mi primera reacción fue pensar que no había hecho lo suficiente. Que tal vez si hubiera escrito un artículo más, concedido una entrevista más, organizado una reunión más, trabajado una hora adicional cada noche, algo habría cambiado. Esa sensación es inevitable cuando uno se involucra con todo el cuerpo y con toda la emoción. Sentí que quizá faltó un esfuerzo más, un empujón adicional, un gesto extra. Pero al mismo tiempo sabía, en el fondo, que había dejado casi todo. No me faltó más que dejar la sangre en esta campaña.
Con el paso de los días comprendí algo que duele y libera al mismo tiempo: no podía haber hecho más. No era un asunto de intensidad ni de compromiso. Era un momento histórico que iba más allá de mi capacidad individual de influir. Y aceptar eso no fue rendirme, fue reconocer límites. Cuando uno entrega todo lo que puede, el resultado deja de depender únicamente de uno.
Por eso me indispone, y lo digo con serenidad, cuando alguien que celebra desde la comodidad de un sillón intenta minimizar mi posición o burlarse de ella. Mi postura no fue improvisada ni cómoda. Me la gané a pulso, con trabajo constante, con madrugadas, con análisis, con conversaciones difíciles, con exposición pública, con críticas, con desgaste. Aunque el resultado electoral no fue el que deseaba, el camino que recorrí fue auténtico y honesto. No acepto que quien solo apareció el día de la votación, movido por discursos encendidos o por emociones del momento, pretenda medir mi compromiso con la patria desde la ligereza.
Mi pérdida —porque sí, fue una pérdida— fue el resultado de mucho trabajo y dedicación. Fue grande. Muy grande. No fue una derrota indiferente. No fue apatía. No fue comodidad. Fue esfuerzo que no alcanzó. Y esa pérdida no se compara con el “gane” de quien simplemente marcó una papeleta sin haber caminado los meses previos con responsabilidad activa. No se trata de superioridad moral; se trata de honestidad frente al esfuerzo invertido.
Pero después de esa primera herida, tuve que rescatar algo más importante que el resultado electoral: mi concepto de mí mismo. Y ahí comprendí que, en un plano profundo, no perdí. Perdí como votante en una contienda específica, sí. Pero mi movimiento no perdió. Nuestro movimiento ganó algo que no estaba en ninguna papeleta.
Estoy convencido —y me lo han dicho personas que conocen de política, de procesos sociales, de comportamiento electoral— de que logramos mover conciencias. Estoy convencido de que ayudamos a disminuir el abstencionismo. Pero incluso si alguien cuestionara ese dato, hay algo que nadie puede discutir: logramos apaciguar a miles de personas en medio de una tormenta emocional. Y esa era la razón original. Nunca fuimos un proyecto partidario formal. Nadamos en esas aguas, sí. Nos ilusionamos, sí. Pero lo esencial era otra cosa.
Llegamos a casi medio millón de lectores. Superamos los quince mil seguidores activos. Alcanzamos visibilidad nacional. Construimos un movimiento que sigue vivo y que, lejos de apagarse con una elección, parece consolidarse como espacio social de reflexión y acompañamiento. Eso no es una derrota.
Así que sí, perdimos una contienda electoral. Y lo acepto. Pero la perdimos con dignidad, después de haber trabajado intensamente, después de haber puesto tiempo, energía, reputación y esfuerzo. Y también afirmo con claridad que mi pérdida —nuestra pérdida— no se compara con el “gane” superficial de quienes creen que ganar es simplemente imponerse en una urna. Porque hay victorias que son espuma y derrotas que construyen carácter.
Acepto lo que me corresponde. Acepto la derrota electoral. Pero también abrazo la victoria moral y humana de haber hecho lo que creí correcto, hasta donde me fue posible.
Y eso, no lo puede quitar nadie.
