Ahí viene el lobo

“Ahí viene el lobo… ahí viene el lobo”, gritaban una y otra vez. Y la gente se asustaba. Al principio corría, se alertaba, se organizaba. Pero con el tiempo se cansó. Descubrió que el lobo no llegaba, o que si llegaba no era tan feroz como lo pintaban. Y así, poco a poco, el grito perdió fuerza.

Algo muy parecido ha pasado en las campañas políticas de las últimas décadas. Un partido advertía del otro, el otro respondía con su propia versión del desastre, y todos dibujaban escenarios aterradores si el grupo contrario ganaba. Sin embargo, al final, ganara quien ganara, el país seguía adelante. A veces bien, a veces regular, pero seguía. Y esas advertencias, con el paso del tiempo, dejaron de ser creíbles. Se volvieron ruido. El cuento del lobo.

Pero en estas elecciones el grito volvió.
“Ahí viene el lobo… ahí viene el lobo…”.

Y no lo gritó una sola voz. Lo gritaron muchas. Desde distintos tonos, estilos y trayectorias. Unos con humor, otros con sobriedad, otros desde la experiencia, otros desde la simpatía, otros desde la dignidad y la confianza. Cada quien desde su lugar, desde su historia y desde su forma de ver el país. Todos, de una u otra manera, advirtieron del peligro.

Esta vez, sin embargo, la mayoría no creyó.

No porque todos estuvieran equivocados. No porque el riesgo no existiera. Sino porque el oído colectivo ya estaba cansado. Porque después de tantos “lobos” que no llegaron como se anunciaban, la advertencia perdió efecto. Y cuando una alerta se repite demasiado, incluso cuando es real, deja de movilizar.

Eso no convierte a la gente en mala ni en irresponsable. La convierte en humana. Cansada. Saturada. Desconfiada de los discursos extremos, venga de donde venga. Cuando el miedo se usa muchas veces como motor, termina gastándose.

Tal vez una de las grandes lecciones de este proceso no tiene que ver solo con quién ganó o quién perdió, sino con cómo hablamos del riesgo. Porque alertar no es lo mismo que asustar. Advertir no es lo mismo que saturar. Y cuidar no siempre implica gritar más fuerte.

Hoy el lobo ya no es una metáfora útil si se grita sin pausa. Hoy, más que alarmas constantes, el país necesita claridad, pedagogía, calma y conversación. Necesita reconstruir la confianza en la palabra, para que cuando de verdad haya que alertar, alguien escuche.

Apaciguar no es negar los peligros. Es aprender a nombrarlos sin desgastar a quienes escuchan. Es entender que una sociedad exhausta no reacciona bien al miedo permanente. Y que, a veces, el silencio reflexivo protege más que el grito repetido.

Tal vez el desafío que viene no es volver a gritar “ahí viene el lobo”, sino preguntarnos cómo cuidar el bosque sin vivir en pánico… y sin dejar de abrir los ojos.

Lo peor de todo es que, esta vez, el lobo sí llegó.

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