
Una sociedad tiene derecho a defenderse. Tiene derecho a perseguir el delito, proteger a las víctimas, castigar a quienes hacen daño y exigir que las leyes se cumplan. No hay nada noble en romantizar la delincuencia ni en pedirles a las personas honestas que soporten indefensas el miedo, la violencia y la pérdida.
Pero también deberíamos preguntarnos en qué momento estamos llegando a la vida de nuestros jóvenes. Porque cuando la primera gran respuesta del Estado aparece en forma de amenaza, celda, barrotes o castigo, probablemente llegamos demasiado tarde.
Podemos mostrarles una cárcel para que comprendan las consecuencias de una mala decisión. Podemos explicarles que el delito destruye familias, acorta futuros y convierte la libertad en un recuerdo. Todo eso puede ser cierto. Pero antes de enseñarles dónde pueden terminar, deberíamos asegurarnos de haberles mostrado todos los lugares a los que podrían llegar.
Antes de mostrarles una cárcel, mostremos una universidad. Un taller. Una biblioteca. Una empresa. Un laboratorio. Un escenario. Un campo deportivo. Una escuela de arte. Un oficio digno. Una oportunidad real.
Mostrémosles personas que nacieron en condiciones difíciles y lograron construir una vida distinta. Personas que no necesitaron convertirse en delincuentes para ser respetadas. Personas que encontraron un maestro, un entrenador, una beca, un empleo o una mano extendida en el momento preciso.
Porque el miedo puede detener una conducta durante un tiempo, pero rara vez construye un propósito. El castigo puede imponer un límite, pero no necesariamente crea una razón para vivir de otra manera.
Hay jóvenes que no necesitan que les expliquen que la vida puede ser dura. Ya lo saben. Lo aprendieron demasiado pronto. Lo viven en casas donde falta dinero, atención, afecto, seguridad o esperanza. Algunos han visto más violencia antes de los quince años que muchos adultos en toda una vida. A ellos no siempre les falta conciencia sobre el peligro. Muchas veces les falta una alternativa que parezca posible.
Esto no significa justificar el delito. Comprender las causas no borra la responsabilidad individual. Una persona sigue siendo responsable por el daño que causa. Pero una sociedad también debe preguntarse cuántas veces abandonó a alguien antes de exigirle cuentas por haberse perdido.
Nos gusta hablar de mano dura porque produce la sensación de estar haciendo algo. Las cárceles, las condenas y los operativos son visibles. La prevención, en cambio, es más silenciosa. No aparece con luces, sirenas ni discursos espectaculares. La prevención ocurre cuando un niño permanece en la escuela. Cuando una madre recibe apoyo. Cuando un joven encuentra trabajo. Cuando alguien descubre que tiene talento para algo. Cuando un barrio recupera sus espacios. Cuando una persona vulnerable deja de sentirse completamente sola.
Es menos llamativo evitar que alguien delinca que capturarlo después. Pero también es mucho más humano, más inteligente y menos costoso.
Necesitamos cárceles seguras para quienes representan un peligro. Necesitamos policías bien preparados, leyes eficaces, jueces responsables y condenas que se cumplan. Pero si nuestra única política de seguridad comienza cuando el delito ya ocurrió, estaremos administrando las consecuencias sin transformar las causas.
La verdadera seguridad no consiste solamente en encerrar a quien hizo daño. También consiste en impedir que el próximo muchacho llegue a creer que hacer daño es su única posibilidad.
Antes de mostrarle una cárcel, mostrémosle un futuro. Y procuremos que pueda alcanzarlo.