Son las doce y media de la madrugada del primero de febrero de 2026. Día de elecciones.
Ya lo que se hizo, se hizo. Y lo que no, no.
En este punto no hay estrategias, ni correcciones, ni mensajes de último minuto. Solo queda esperar. Y respirar.
Hoy alguien me dijo que Apacigua tu ser interior había hecho la diferencia en estas elecciones. Yo creo que tal vez sí, en algo. Tal vez ayudó a bajar el ruido. Tal vez acompañó a algunas personas en medio del cansancio. Tal vez ofreció un espacio para pensar con más calma. Eso puede ser.
Pero esa misma persona me dijo algo más: que si ganábamos esta noche, era por mi trabajo arduo y desinteresado. Y ahí tuve que decir que no. No lo creo.
No creo que un resultado electoral se deba al trabajo de una sola persona. No creo en los salvadores. No creo en las figuras mesiánicas. Y no creo que yo haya movido la decisión profunda de los votantes.
Creo que hice mi parte. Creo que trabajé con honestidad. Creo que apacigüé cuando había furia. Creo que ofrecí palabras cuando había ruido. Pero también conozco mis límites.
Conozco mis fortalezas y mis debilidades. Sé lo que puedo hacer y lo que no. Sé que puedo acompañar, reflexionar, escribir, calmar, poner contexto. Pero no decido por nadie. No voto por nadie. No soy dueño de ninguna conciencia.
Y eso me deja tranquilo.
Si esta noche hay un resultado que celebro, lo celebraré como ciudadano. Si hay uno que no me gusta, lo aceptaré como demócrata. Porque la democracia no se defiende solo cuando gana “el mío”. Se defiende, sobre todo, cuando no.
Pase lo que pase, Apacigua tu ser interior no fue un proyecto para ganar elecciones. Fue —y sigue siendo— un intento por no perdernos como personas en medio de ellas.
Y si eso sirvió para algo, aunque sea un poco, entonces ya valió la pena.
Ahora sí. A esperar. Con calma.
