
Cada vez vemos más cerca a Nayib Bukele de convertirse en un dictador. Ha torcido la Constitución, ha tomado el poder judicial, y ha logrado que buena parte del pueblo salvadoreño lo adore con fervor casi religioso. Es carismático, es inteligente, y hasta ahora, ha conseguido resultados tangibles, sobre todo en el tema de la seguridad. Es, quizás, el momento más seguro en la historia reciente de El Salvador.
Y por eso, el pueblo lo quiere. Lo quieren no solo por su figura, su juventud, su manejo de redes sociales o su forma desafiante de hacer política, sino también —y hay que decirlo— por sus logros concretos. Hay esperanza en el aire, al menos por ahora. Esperanza de que el país avance, de que no se derrape hacia una dictadura disfrazada, de que no termine siendo una nueva Nicaragua o una Venezuela maquillada.
Pero mientras tanto, en Costa Rica…
Costa Rica tiene su propio intento de Bukele.
Pero no es Bukele. Es una mala imitación. Un Bukele de Temu. Un Bukele de Wish.
Rodrigo Chaves llegó con un discurso populista, desafiante y confrontativo. Pero sin el carisma. Sin la elegancia. Sin el pensamiento estratégico. Sin logros sostenibles. Sin reformas estructurales. Sin visión regional. Sin respaldo internacional. Sin respeto por las instituciones.
Y sí, en algunos sectores del país, también ha creado fanatismo. Gente que no lo sigue por lo que hace, sino por lo que dice que va a hacer, aunque no lo cumpla. Gente que defiende cada grosería, cada ataque, cada berrinche presidencial, como si fuera valentía o inteligencia, cuando muchas veces es simple vulgaridad.
El Salvador, con todos los riesgos que implica Bukele, al menos muestra una dirección.
Costa Rica, en cambio, ha sido tomada por un gobierno que no solo carece de esa dirección, sino que parece empeñado en destruir los pocos mapas que nos quedaban.
Y lo más grave no es el presidente. Lo más grave es la gente que lo sigue a ciegas.
Los que justifican. Los que excusan. Los que lo prefieren solo porque “no es político”.
Ojalá algún día aprendamos a distinguir entre un líder peligroso pero visionario, y un improvisador peligroso, sin rumbo y sin principios. Porque uno puede ser un riesgo con propósito. Y el otro es solo un accidente con micrófono.