Cartago habló bajo la lluvia

Costa Rica es un país que, por décadas, ha evitado las luchas. Somos un pueblo que en otro tiempo se levantaba en defensa de sus derechos, donde los estudiantes universitarios daban la cara por los demás, pero hoy esas memorias parecen desdibujadas. La protesta se ha vuelto excepción y no costumbre, como si resignarse hubiera pasado a ser una forma de vida.

En este contexto, llega el Presidente de la República, Rodrigo Chaves, a Cartago para los actos de independencia. Se encuentra con una ciudad fría y lluviosa, y con un grupo de ciudadanos que, mojados hasta los huesos, deciden alzar la voz. No lo reciben con aplausos ni con indiferencia: lo reciben con gritos en contra de sus políticas, de su administración, de su estilo de gobernar, de su forma de ser. Gritos contra su presencia y contra lo que él representa.

Y es que Chaves no representa al país, representa lo más bajo de un sector de la sociedad: el resentimiento, la burla, el desprecio, la falta de educación, las chotas, las ofensas. Él encarna lo que muchos costarricenses llevan por dentro y aplauden sin pudor, pero que no es ni remotamente lo que Costa Rica debería ser. Llamar a lo suyo “trabajo” es un exceso de cortesía.

Desde mi casa en San José, calientito y sin mojarme, no puedo más que felicitar al pueblo de Cartago. Cuando pensé que ya no se daban este tipo de luchas y manifestaciones, ellos salieron a dar la casta por el país. Quizás no fueron mayoría —porque las encuestas, a veces y solo a veces, dicen que la mayoría lo apoya—, pero ellos marcaron diferencia.

Mi convicción es clara: lo que vivimos con Rodrigo Chaves es lo peor que le ha pasado a Costa Rica desde William Walker. Sí, tan grave como eso. Porque no se trata solo de un hombre, sino de la degradación cultural y política que lo sostiene.

Hoy Cartago habló. Y en medio de la lluvia, nos recordó que Costa Rica todavía tiene voz.

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