Corran, que yo me aparto

Por Fabio Lara

“Hazte fama y échate a dormir”, decía aquella frase que escuchábamos desde siempre. Pero quizá nunca fue del todo cierta. Porque no hace falta tener fama para descubrir una de las curiosidades más antiguas de la condición humana: basta con hacerse visible, destacar un poco, lograr algo que otros no lograron o simplemente llegar primero, para que aparezca alguien convencido de que el verdadero problema no es lo que hiciste, sino que lo hiciste vos. Y entonces vienen por vos. No necesariamente porque estés equivocado. A veces ocurre precisamente porque acertaste. Porque algo funcionó, porque la gente escuchó, porque una iniciativa prendió, porque una idea encontró eco o porque, por esas extrañas circunstancias de la vida, terminaste ocupando un espacio que otros imaginaban reservado para ellos. Y ahí comienza esa carrera curiosa en la que algunos ya no corren para llegar a ninguna parte: corren para alcanzarte.

Lo importante, cuando eso ocurre, es no asustarse demasiado. Porque aunque algunos puedan avanzar bastante en el intento, la mayoría termina descubriendo que perseguir a alguien no es lo mismo que construir un camino propio. Pueden imitar las palabras, repetir las fórmulas, apropiarse de las ideas, disminuir los méritos ajenos o explicar retrospectivamente que ellos también estaban ahí, que también lo habían pensado, que también habían participado, que en realidad todo ocurrió gracias a ellos. Pero una cosa es contar la historia después y otra muy diferente haberla construido cuando todavía nadie sabía cómo terminaba. Esto pasa en muchos ámbitos, pero la política ofrece ejemplos extraordinarios. Hay gobiernos que, incapaces de reconocer el valor de una acción ajena, prefieren minimizarla. Si algo salió bien y no nació de ellos, entonces seguramente no fue tan importante. Si alguien consiguió movilizar personas, generar conversación o despertar entusiasmo, rápidamente aparecerá alguna explicación destinada a reducir su mérito. No porque lo ocurrido carezca de valor, sino precisamente porque reconocerlo obligaría a aceptar que alguien más hizo algo bien.

Pero el fenómeno no pertenece exclusivamente a los gobiernos. También ocurre entre organizaciones, movimientos, agrupaciones y personajes que dicen defender una causa común, pero que en algún momento comienzan a mirar la causa como si fuera una carrera de caballos. Ya no importa demasiado hacia dónde vamos. Importa quién sale primero en la fotografía, quién reunió más gente, quién dio la entrevista, quién aparece mencionado, quién puede adjudicarse la convocatoria, quién consigue más aplausos y, sobre todo, quién puede asegurar que el otro recibió menos. Y entonces sucede algo fascinante: el que va adelante, cansado quizá de sentir la estampida detrás, decide apartarse. Les abre campo. “Pasen”, parece decirles. “Adelante. El camino es todo suyo”. Y uno pensaría que entonces pasarán corriendo, tomarán la delantera y desaparecerán en el horizonte.

Pero no. Resulta que cuando desaparece el adversario imaginario que los mantenía unidos, comienzan a mirarse entre ellos. Uno dice que debería ir primero porque llegó antes. Otro asegura que merece encabezar porque tiene más seguidores. Un tercero recuerda que la idea originalmente fue suya. El cuarto protesta porque nadie lo consultó. El quinto funda un grupo aparte. El sexto publica un comunicado aclarando que nunca perteneció al quinto. El séptimo convoca una reunión para buscar la unidad y salen de la reunión con tres organizaciones nuevas. Y mientras tanto, el camino sigue ahí, casi vacío. Porque el verdadero problema es que quienes nunca llegaron muchas veces nunca tuvieron una meta clara. O quizá sí la tuvieron, pero no consiguieron unirse alrededor de un propósito que estuviera por encima de ellos mismos. No bastaba con coincidir en lo que rechazaban; hacía falta coincidir en aquello que querían construir.

Y ahí es donde los egos hacen su trabajo. Cuando no existe un bien común suficientemente grande como para colocar los intereses personales en segundo plano, esos intereses terminan ocupándolo todo. Los egos hacen tropezar. Dividen fuerzas. Desgastan proyectos. Convierten una causa que pudo ser grande en una colección de pequeñas disputas personales. El ego necesita reconocimiento inmediato, mientras que las causas importantes requieren paciencia. El ego quiere aplausos; el propósito exige trabajo. El ego pregunta quién manda; la causa pregunta qué hace falta. Y esa diferencia, aunque parezca pequeña, termina siendo muchas veces la distancia entre quienes construyen algo y quienes pasan años discutiendo sobre quién debería haberlo construido.

Hay personas que creen que para crecer necesitan disminuir a alguien. Organizaciones que piensan que para hacerse grandes deben demostrar que otra organización es pequeña. Líderes que imaginan que el liderazgo consiste en ocupar el lugar de otro, cuando probablemente la forma más poderosa de liderar sea construir un lugar que todavía no existe. Por eso, algunas veces, la mejor respuesta frente a quienes vienen detrás intentando alcanzarte no es correr más rápido. Es hacerse a un lado, darles espacio, dejarles toda la pista y seguir caminando. Porque si realmente venían por una causa, continuarán adelante. Pero si únicamente venían por vos, tarde o temprano se detendrán. Y muchas veces, antes siquiera de alcanzarte, terminarán peleándose entre ellos para decidir quién tenía derecho a llegar primero.

Caminar firme, con amor, con dedicación y con una meta clara produce además un efecto curioso: no todo el mundo llega con vos. Algunos seguidores se quedan en el camino. Otros se cansan, cambian de rumbo o descubren que esperaban una recompensa distinta. Habrá quienes querían resultados inmediatos, quienes estaban dispuestos a acompañar únicamente mientras el recorrido fuera sencillo y quienes confundieron caminar juntos con tener derecho a decidir hacia dónde debía ir todo el mundo. Eso también forma parte de cualquier camino verdadero. Perder acompañantes no significa perder el rumbo. A veces ocurre exactamente lo contrario. Cuando uno sabe hacia dónde va, aprende que no necesita detenerse cada vez que alguien abandona la marcha ni desviarse para convencer a quienes decidieron tomar otra dirección. Se agradece lo recorrido juntos, se continúa con quienes permanecen y, sobre todo, se conserva intacta la razón por la cual se comenzó.

Porque al final no gana quien logra verse más grande durante el trayecto, ni quien hace más ruido, ni quien consigue reunir temporalmente a más personas alrededor de sí mismo. Gana quien llega a donde se propuso llegar sin traicionar aquello que lo hizo comenzar. Y cuando se camina con firmeza, amor, dedicación y propósito, puede que algunos se queden atrás, puede que otros intenten adelantarse y puede incluso que haya quienes pasen buena parte del camino tratando de hacerte tropezar. Pero si la meta es clara y el propósito es verdadero, la victoria termina pareciéndose mucho a aquella que se imaginó desde el principio. Mientras algunos siguen discutiendo quién debía ir adelante.

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