
Hay días en que uno sale de la casa con una misión clara, sencilla, perfectamente acotada, de esas que parecen tan pequeñas que uno ni siquiera imagina que puedan complicarse. Necesitaba comprar jamón importado y pan de masa madre. Eso fue lo que pensé mientras salía de mi casa, y la frase sonaba fina, sonaba europea, sonaba como si yo viviera en una película independiente rodada en París, con música suave y bolsitas de tela colgando del brazo. ¡Mentira! La verdad es que iba a comprar pan cuadrado y mortadela. Pero déjenme quedarme unos segundos en la versión elegante: jamón importado y masa madre, qué sofisticación, qué delicadeza gastronómica, qué refinamiento cultural. Ahora sí: pan cuadrado, mortadela… y sandía, porque cuando iba manejando mi mamá me dijo: “Compra sandía”. Así que el mantra empezó a repetirse mientras conducía: pan cuadrado, mortadela y sandía… pan cuadrado, mortadela y sandía… pan cuadrado, mortadela y sandía. Tres cosas. Simples. Controladas. Absolutamente manejables. Y todos sabemos cómo terminan esas historias.
En mi caso era elemental: pan cuadrado, mortadela y sandía, y me fui repitiendo el mantra mientras manejaba convencido de que nada podía fallar. El Automercado era lo más cerca, además después podría caminar un rato por Plaza Mayor, así que el plan parecía impecable desde el punto de vista logístico. Me parqué lejos, sí, pero en un lugar cómodo para salir después, de esos parqueos estratégicos que uno elige creyendo que está pensando a largo plazo. Ningún problema, todo bajo control, yo dueño absoluto de la logística, de la planificación y del destino. Entré, tomé el coche y empecé a recorrer los pasillos con la serenidad de quien sabe exactamente lo que necesita, de quien cree que en diez minutos estará fuera del supermercado con su lista cumplida.
Primer error. Porque, por supuesto, el vino blanco estaba en promoción, y uno no puede ignorar un Sauvignon Blanc en promoción, eso sería prácticamente irresponsable desde el punto de vista financiero. Así que cayó una botella… bueno, mejor dos. Ya que estaba, compré azúcar —dos bolsas, porque nunca sobra—, galletas de soda, galletas Julieta, mantequilla, la mortadela, el pan cuadrado, harina para hacer pegamento para unas obras de arte que estoy haciendo, la sandía, unas flores, bananos… y algunas cositas más que misteriosamente siempre aparecen en el carrito cuando uno entra “solo por tres cosas”. El carrito ya no era una compra rápida; era una pequeña mudanza alimenticia y artística.
Cuando llegué a la caja ocurrió el momento revelación: no tenía efectivo. Esto, para cualquier persona normal, podría no ser dramático, pero yo tengo la costumbre de pedir que alguien me lleve el carrito hasta el carro y pagarle bien al chico, porque es mi forma de ayudar sin regalar dinero: trabajo por pago justo, y me gusta hacerlo así. Sin efectivo, no podía. Dos veces me preguntaron si necesitaba ayuda y respondí “no, muchas gracias” con la seguridad de quien proyecta autosuficiencia absoluta. La realidad era más simple: no tenía cómo pagar. Me dijeron además que los coches del supermercado no salen, que debía usar los del estacionamiento. Perfecto, pensé… todavía creyendo que el universo estaba de mi lado.
Salí, acomodé todas las bolsas en un coche gigantesco de los externos y empecé a empujarlo. No tienen idea lo que pesa uno de esos coches: vacío ya es brutal, pero lleno con sandía, vino, azúcar, mantequilla, flores, bananos, harina, galletas y medio supermercado es prácticamente una prueba olímpica. Empecé a caminar y encontré unas gradas para pasar de un sector a otro del centro comercial, pero también había una rampa exterior que, en mi memoria, mide unos setecientos metros. Tal vez no sean setecientos, pero emocionalmente eran setecientos con viento en contra. Tomé la rampa, porque ya no había retorno posible, y seguí empujando esa especie de nave de carga con ruedas bajo el sol.
Llegué finalmente a la zona correcta… y recordé que mi carro estaba en el sótano. Había que bajar por gradas eléctricas con el coche, y supe con claridad absoluta que aquello no iba a terminar bien. Vi mi vida pasar frente a mis ojos y pensé: hasta aquí llegó Vinicio, derrotado por una sandía y dos bolsas de azúcar. Entonces hice lo único sensato que se me ocurrió: fui donde una chica que arregla uñas y le pregunté si podía cuidarme el coche mientras yo bajaba cosas. Me dijo que sí, salvándome prácticamente la existencia, así que empezó la operación logística: dos bolsas, bajo al sótano, las dejo en el carro, regreso; otras dos bolsas, bajo, dejo, regreso. Repetí la operación varias veces y el coche, increíblemente, seguía pesando casi lo mismo cada vez, como si tuviera una fuente secreta de gravedad propia.
Finalmente, cuando logré vaciarlo, hice algo que para mí era importante: devolví el coche al supermercado. No lo dejé tirado, no lo abandoné a su suerte, sino que lo llevé exactamente al lugar de donde lo tomé, porque uno tiene sus códigos incluso cuando está agotado. Y ahora estoy aquí, sentado en mi carro, con la lengua afuera, escribiendo este artículo, tratando de recuperar el aliento y la dignidad. Estas son las cosas que le pasan a la gente buena… o tal vez no. Tal vez son las cosas que le pasan a la gente que quiere hacer todo correctamente, ayudar a otros, no dejar desorden, cumplir sus propios principios y, de vez en cuando, termina empujando una tonelada de supermercado por una rampa épica bajo el sol.
Confieso que por un momento pensé que uno debería ser menos bueno. Pero no. Más bien pensé otra cosa: la próxima vez que tenga efectivo y le pague a un chico por llevar el carrito, le voy a pagar mucho más de lo que suelo hacer, porque ahora sé exactamente cuánto pesa… y exactamente cuánto vale ese trabajo.
Me encanta su forma de escribir,los detalles,todo,todo…siempre hay anécdotas que nos pasan en los supermercados pero no tengo su excelente pluma.Saludos.
Excelente moraleja!!❤️
La verdad me deleito con tus reflexiones , comentarios o ideas que nos transmite a diario . La facilidad de que el receptor capte la idea que se transmite es extraordinario . En este caso, además de lo anterior me has hecho reír y recordar las tantas veces o casi todas que se ingresa al supermercado por un artículo y al final no alcanzas ni las bolsas que se llevan en el carro cuando se va por un diario . Bueno , gracias a Dios siempre y aún lo podemos hacer . Y lo de la propina , también he vivido esa experiencia y no queda más que hacerlo igual y meditar pidiéndole a Dios que la próxima le podamos ayudar al prójimo . Gracias , hoy de verdad estuvo real pero divertido . 😂😂👏🙌🙏