
Pocas veces hago un artículo tan directo como este, pero creo que tendré que hacerlo. Porque uno no puede «soltar los perros» cuando no los tiene dominados y pensar que van a morder a otros sin que eventualmente terminen mordiéndolo a uno también. Porque uno no puede hablar «papaya» solo porque sí. Ni salir a defender determinadas posiciones morales cuando tiene techo de vidrio. Y mucho menos puede pretender que la memoria colectiva desaparezca cada vez que conviene.
Hoy leí en ElMundo.cr las declaraciones del influencer llegado a diputado, porque la dicha de vivir en un país en el que cualquiera, sin mayor preparación política o académica, puede llegar a ocupar una curul también tiene estas cosas. La noticia cita:
“De mi persona como hombre siempre reconoceré que sin el valioso aporte de las mujeres Costa Rica no sería la nación que conocemos hoy. Definitivamente las mujeres tienen y seguirán dejando una huella imborrable en cada uno de nosotros y en nuestra sociedad”, manifestó.
Sin embargo, el legislador expresó su preocupación por lo que considera una normalización del irrespeto en el debate político, incluso entre las propias mujeres.
“Cuando se toca este tema me preocupa en gran manera cómo muchas veces se busca normalizar el irrespeto, inclusive entre las mismas mujeres”, señaló.
Junior hizo referencia a la diputada Claudia Dobles, de Coalición Agenda Ciudadana, con quien comparte curul en la Asamblea Legislativa. Aclaró que las diferencias ideológicas son parte de la democracia, pero insistió en que estas no deben convertirse en ataques personales.
Y honestamente, en términos generales, estoy de acuerdo con él. Aunque iría todavía más lejos. No creo que el respeto deba reservarse únicamente para las mujeres. Creo que el respeto debería existir entre todos los diputados, entre todos los partidos políticos y, en realidad, entre todas las personas. Porque la cortesía, la educación y la dignidad humana no deberían depender del género de quien recibe el comentario. Una Asamblea Legislativa debería ser capaz de debatir con firmeza, con profundidad y con diferencias ideológicas importantes, sin necesidad de convertir esas diferencias en ataques personales o en intentos de humillación pública.
Sin embargo, cuando uno decide hacer declaraciones de este tipo, cuando uno se coloca en una posición moral para señalar un problema, cuando uno intenta mover sensibilidades y llamar la atención sobre determinadas conductas, debería escoger uno de dos caminos: o presenta todos los hechos o mejor no dice nada. Porque si no, corre el riesgo de quedar en ridículo. Y el problema no es quedar en ridículo frente a los adversarios políticos. El problema es quedar en ridículo frente a la propia lógica de lo que uno está defendiendo.
Porque hasta donde recuerdo —y podría estar equivocado, aunque sinceramente lo dudo— hace apenas unos días ocurrió algo que parece caminar exactamente en dirección contraria a la preocupación que ahora se expresa. Y precisamente por eso resulta imposible escuchar este discurso sin recordar inmediatamente lo que también sucedió dentro de la misma dinámica política.
La reciente intervención de la diputada oficialista Cindy Murillo dejó una imagen muy clara de ese fenómeno. En lugar de responder a una propuesta específica, desmontar una cifra o refutar un argumento técnico, optó por dirigirse a Claudia Dobles con una frase que rápidamente ocupó titulares. “Siga sonriendo, Claudia, siga sonriendo”, expresó antes de afirmar que la presidenta Laura Fernández es una persona a la que Claudia Dobles “no le llega ni a los tobillos”.
Y entonces aparece una pregunta perfectamente válida. ¿El respeto es para todos o solamente para algunos? ¿La preocupación por el irrespeto aparece siempre o únicamente cuando la persona afectada pertenece a determinado sector político? ¿Nos preocupa el tono agresivo cuando viene de cualquier dirección o solamente cuando golpea a quienes consideramos cercanos? Porque si de verdad creemos que el respeto debe ser una regla democrática, entonces debe aplicarse de manera uniforme. No puede convertirse en una herramienta selectiva que se activa o se desactiva dependiendo de quién esté hablando y de quién esté recibiendo el golpe.
De lo contrario, ya no estamos defendiendo el respeto. Estamos defendiendo bandos. Y son cosas muy distintas. Lo que me preocupa es que cada vez resulta más frecuente ver discursos que cambian según la conveniencia política del momento. Se condena una conducta cuando la realiza el adversario y se justifica exactamente la misma conducta cuando la realiza alguien de la propia acera ideológica. Se exige moderación a unos mientras se celebra la agresividad de otros. Se habla de respeto cuando conviene y se guarda silencio cuando ese mismo respeto es vulnerado por quienes comparten la misma camiseta política.
Y cuando eso ocurre, la discusión deja de girar alrededor de principios y empieza a girar alrededor de lealtades. La coherencia es incómoda precisamente porque obliga a aplicarle las mismas reglas a todo el mundo. Si creemos que las burlas personales están mal, entonces están mal para todos. Si creemos que las descalificaciones personales degradan el debate político, entonces lo degradan sin importar quién las pronuncie. Si creemos que la Asamblea Legislativa merece un nivel superior de discusión, entonces ese estándar debe exigirse a oficialistas, opositores, hombres, mujeres, influencers, abogados, economistas y cualquier otra persona que ocupe una curul.
Porque de lo contrario terminamos construyendo una doble moral donde algunas faltas son gravísimas y otras se convierten en simples anécdotas dependiendo de quién las cometa. Y eso no fortalece la democracia. La debilita. Porque la ciudadanía termina percibiendo que los principios son flexibles, que la indignación es selectiva y que las reglas cambian dependiendo del uniforme político que cada uno lleve puesto.
Por eso, antes de dar lecciones públicas sobre respeto, quizá convendría revisar primero lo que ocurre dentro de la propia casa política. Porque cuando el discurso y los hechos empiezan a separarse demasiado, tarde o temprano el discurso termina devolviéndose. Y cuando eso ocurre, ya no son los adversarios quienes lo señalan. Lo señalan los propios hechos.
Y los hechos tienen una enorme ventaja sobre los discursos: tienen memoria.