Cuando el ego se sienta en la Presidencia

Hay tres palabras que se parecen, pero no significan lo mismo: ególatra, egocentrista y egoísta. Y me resulta interesante imaginar qué ocurre cuando las tres características coinciden en una persona que, además, ocupa la Presidencia de una República.

El ególatra necesita admiración. No le basta con gobernar bien; necesita que se reconozca que gobierna bien. Necesita aplausos, aprobación, seguidores y, muchas veces, personas alrededor que le recuerden constantemente su importancia. El egocentrista, por su parte, observa el mundo desde sí mismo: los acontecimientos parecen suceder alrededor suyo, las conversaciones terminan refiriéndose a él y hasta las instituciones pueden comenzar a verse como parte de su propia historia. El egoísta agrega un tercer ingrediente: anteponer el interés propio al interés de los demás.

Separados, cualquiera de estos rasgos puede resultar problemático. Juntos, en una Presidencia, pueden convertirse en algo mucho más serio.

Porque entonces aparece la tentación de confundir al mandatario con el Estado. Quien critica al presidente pasa a ser presentado como enemigo del gobierno, y quien cuestiona al gobierno termina siendo tratado casi como enemigo del país. Los funcionarios dejan de ser colaboradores institucionales para convertirse en fieles; la lealtad puede comenzar a pesar más que la capacidad, y el aplauso más que el criterio.

También cambia la manera de interpretar los éxitos y los fracasos. Lo bueno pertenece al gobernante. Lo malo pertenece a otros. Si una institución funciona, es gracias al presidente; si algo falla, la responsabilidad será de la oposición, de la prensa, de los diputados, de los jueces, de los funcionarios o de cualquiera que resulte conveniente señalar.

Pero una República no necesita un protagonista. Necesita un presidente.

El Presidente de la República ocupa temporalmente uno de los cargos más importantes del Estado, pero el Estado no le pertenece. Las instituciones estaban antes de su llegada y deberán continuar después de su salida. Gobernar democráticamente significa comprender precisamente eso: que el poder recibido mediante las urnas es prestado, limitado y temporal.

Quizá por eso el ego sea uno de los compañeros más peligrosos del poder. Porque cuando alguien comienza a creer que él es indispensable, que solamente él comprende al pueblo y que quienes lo contradicen necesariamente están equivocados, puede terminar olvidando una verdad elemental de toda democracia: el presidente está al servicio de la República. La República jamás está al servicio del presidente.

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