Estamos acostumbrados a ver a los candidatos y a las candidatas en campaña en la calle, caminando barrios, entrando a casas, saludando gente, escuchando problemas, tomándose fotos, recogiendo manos y, por supuesto, votos. Eso es parte natural del proselitismo político. Así funciona. No es criticable. Es el juego democrático en su forma más visible.
También los vemos en anuncios, en entrevistas, en publicaciones cuidadosamente producidas que buscan generar cercanía, confianza o identificación. Todo eso forma parte del mismo engranaje: llegar a la gente.
Pero anoche —y, en realidad, durante las últimas tres noches— el escenario fue otro. Cinco candidatos participaron en debates organizados en el Tribunal Supremo de Elecciones, y ese detalle no es menor. El espacio, la solemnidad, el contexto institucional y la ausencia de multitudes cambian por completo la energía. Ya no es la calle. Ya no es la gira. Ya no es el aplauso inmediato. Es otra cosa.
Anoche, en ese marco, hubo dos figuras que me llamaron particularmente la atención: Álvaro Ramos y Juan Carlos Hidalgo. Y quiero ser muy claro contigo: no hablo desde una adhesión política ni desde una valoración ideológica. No estoy analizando programas, cifras, propuestas ni banderas. Hablo desde otro lugar.
Hablo desde la mirada de diseñador y desde la sensibilidad de coach de vida.
Cuando alguien ocupa el espacio como si ya estuviera ahí
Lo que me llamó la atención fue algo sutil, pero potente. Ambos se veían distintos a como los hemos visto en comerciales, en anuncios o en recorridos de campaña. No mejores ni peores. Distintos. Más alineados con el lugar que estaban ocupando.
En ese escenario institucional, ambos parecían asumir algo más que una candidatura. No estaban “vendiendo” una imagen, sino habitando un rol. La postura, la manera de mirar, el ritmo al hablar, los silencios, la seguridad corporal… todo transmitía una sensación distinta. Como si ese espacio no les quedara grande ni prestado.
Cuando alguno de ellos hablaba, me descubrí poniendo atención no tanto a lo que decía, sino a cómo lo decía. Cómo respiraba antes de responder. Cómo sostenía la mirada. Cómo se movía —o no se movía—. Cómo la seguridad no venía del énfasis exagerado, sino de una calma contenida.
Desde la mirada del coaching, eso es muy revelador. La congruencia entre cuerpo, voz y presencia suele aparecer cuando una persona se siente cómoda en el lugar que ocupa. Y desde el diseño —desde lo visual y lo simbólico—, esa congruencia se percibe de inmediato, aunque no se sepa explicar con palabras.
Del proselitismo al gesto presidencial
Lo que vi no fue proselitismo de calle. Fue otra cosa. En ambos casos, cada uno a su manera, se proyectaban como presidentes, no como candidatos pidiendo permiso. Eso no significa que lo sean ni que deban serlo. Significa que, en ese escenario específico, su comunicación parecía más cercana a un ejercicio de gobierno que a una gira de campaña.
Y eso, al menos para mí, fue interesante de observar.
No porque defina una elección, sino porque muestra cómo el contexto transforma a las personas. Hay espacios donde alguien actúa. Y hay espacios donde alguien simplemente es. Anoche, en ese recinto, la sensación era que ambos estaban más cerca de lo segundo.
No hablo de perfección. Hablo de presencia. De coherencia. De esa rara sensación de que alguien no está representando un papel, sino ocupando un lugar que reconoce.
Mirar también es un acto ciudadano
Observar esto no es tomar partido. Es ejercer una forma distinta de ciudadanía: la de mirar con atención, la de leer los gestos, la de percibir lo que no está escrito en los discursos.
Porque al final, más allá de programas y promesas, también elegimos personas. Y las personas comunican incluso cuando no hablan.
Y anoche, al menos desde mi mirada, hubo dos figuras que supieron estar en el espacio que ocupaban de una manera que merecía ser observada con calma.
Una nota final sobre el enfoque
Estas valoraciones que he hecho a partir del último debate organizado por el Tribunal Supremo de Elecciones no serán un ejercicio aislado. Mi intención es aplicar esta misma mirada en las otras fechas de debates que el Tribunal ha organizado, observando cómo el contexto institucional transforma —o no— la presencia, la comunicación y la congruencia de quienes participan.
Es muy probable que no hable de todos los candidatos. No por omisión intencional ni por preferencia, sino por una razón práctica y honesta: en algunos casos he tenido la oportunidad de conocerlos personalmente, de entrevistarlos, de conversar con ellos fuera del escenario formal. Eso me permite hacer una comparación más rica entre tres momentos distintos: el proselitismo de calle, la solemnidad del Tribunal y el espacio íntimo de una entrevista uno a uno.
Desde ahí es desde donde observo. No desde la adhesión, no desde la oposición, sino desde la experiencia directa y desde una lectura humana, comunicacional y simbólica de cada proceso. Porque ver a alguien en distintos escenarios no define una elección, pero sí revela capas que merecen ser miradas con atención.
