Cuando el periodismo pierde la brújula

Hay momentos en la vida pública de un país en los que ciertas figuras no generan enojo, sino algo más triste: generan lástima nacional. No lástima por su destino personal, sino por el camino que eligieron recorrer y por lo que representan para la confianza colectiva.

A veces uno observa a personas que tuvieron formación, micrófono, visibilidad, oportunidades… y que, sin embargo, terminaron cayendo en las garras del poder, perdiendo no solo la prudencia sino la noción básica de decencia pública. El lenguaje se degrada, la postura se endurece, la forma de dirigirse a la ciudadanía empieza a sonar más a trinchera que a servicio. Y lo más duro no es la caída en sí, sino salir de una etapa pública cargando no el respeto, sino el rechazo visible de una parte enorme del país. No el debate normal de la política, sino el desgaste profundo de la credibilidad.

Otras veces el problema no es el poder político, sino la manipulación informativa. Existen comunicadores que olvidan que la noticia no es un juguete, ni un arma, ni un negocio de conveniencia. Cuando el relato se arma para impactar aunque no sea cierto, cuando la versión importa más que la verdad, cuando la puesta en escena reemplaza a la verificación, el daño no es solo a una persona o a un sector. El daño es al tejido mismo de la confianza pública. Porque cada noticia dudosa no solo afecta ese momento: erosiona lentamente la fe de la gente en todo lo que escucha después.

Y ahí aparece la consecuencia más injusta de todas: el golpe no lo recibe solo quien falló. Lo recibe la profesión entera.

Porque el periodismo, como institución social, vive de una sola cosa: credibilidad. No de audiencia, no de seguidores, no de volumen, no de likes. De credibilidad. Y cuando dos, tres o cuatro figuras visibles protagonizan actos que la gente percibe como deshonestos, manipulados o indignos, no se manchan solo ellos. Se mancha el oficio completo, y luego son cientos de periodistas honestos los que tienen que hacer el trabajo silencioso de reconstruir la confianza perdida.

La historia siempre ha enseñado lo mismo: dos manzanas podridas no definen la cosecha… pero sí obligan al agricultor a revisar el árbol, el cuidado y el sistema de selección.

Tal vez este sea uno de esos momentos.

No para cancelar profesiones, no para atacar personas, no para incendiar redes, sino para recordar algo simple y antiguo: la palabra pública no es un privilegio cualquiera. Es una responsabilidad. Y cuando se usa mal, no solo cae quien la usa… cae un poco la confianza de todos.

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