Cuando ganar ya no alcanza

Estamos en una contienda electoral en la que no solo se elige un candidato entre más de veinte nombres, ni siquiera se elige únicamente a quien ocupará la presidencia. Estamos ante una elección profundamente polarizada, partida en dos grandes bandos: quienes creen en la democracia y quienes, consciente o inconscientemente, podrían llevarnos por un camino autoritario. Es, sin exagerar, una de las elecciones más importantes de la historia de la Segunda República.

Los números están ahí. Las posibilidades están casi empatadas. Los democráticos podríamos ganar o podríamos perder. El escenario es, en términos estrictamente electorales, casi un cincuenta y cincuenta. Pero a cuatro días de las elecciones, con dolor en el alma, hay algo que siento necesario decir con honestidad: como sociedad, de alguna manera, ya perdimos.

Si gana uno de los partidos democráticos, tendremos a casi la mitad de la población apoyando insinuaciones peligrosas sobre la pérdida de garantías, relativizando libertades, desconfiando de las instituciones, cuestionando la Constitución, debilitando el respeto por los poderes del Estado y normalizando la falta de recato y de decencia en la vida pública. No será una victoria completa. Será un país gobernado con una mitad profundamente enemistada con la otra.

Y si perdemos el gobierno y el rumbo de la nación, al menos quedará un cincuenta por ciento de la población tratando, todos los días, de apaciguar el ambiente, de contener excesos, de cuidar lo que se pueda cuidar desde la oposición, desde la ciudadanía, desde la resistencia cívica. No es un consuelo. Es apenas una constatación.

El punto es este, y cuesta decirlo: todavía podemos ganar el gobierno y todavía podemos salvar la patria, pero la sociedad, tal como la conocíamos, ya la perdimos. Esa no está en disputa en esta elección. No se recupera automáticamente con la victoria de un candidato democrático. La fractura social ya ocurrió, el daño ya está hecho, y negarlo sería ingenuo. Lo que se elige ahora es si ese país herido tendrá instituciones que lo contengan o si, además, perderá el rumbo que lo sostenía.

Esto no significa rendirse. Tampoco significa dejar de votar ni bajar los brazos. Significa entender la dimensión del daño y la profundidad del desafío. Significa asumir que, gane quien gane, el trabajo más duro empieza después: recomponer vínculos, bajar el ruido, recuperar el respeto mínimo por las reglas del juego y por quienes piensan distinto.

Adicionalmente, creo que si ganamos un gobierno democrático, tendremos a una mayoría chavista intentando desestabilizar la nación de manera constante, poniendo a prueba todos los días la paciencia institucional y la convivencia social. Y si perdemos, es muy probable que ese mismo grupo empiece a arrepentirse rápidamente de lo que apoyó, cuando ya sea demasiado tarde y los costos sean reales, concretos e irreversibles.

Tal vez esta elección no nos diga solo quién gobierna, sino quiénes somos hoy como país y cuánto nos hemos alejado del pacto silencioso que alguna vez nos sostuvo. Apaciguar el ser interior, en este momento, no es un eslogan. Es una urgencia ética. Porque sin sociedad, ningún gobierno —por más democrático que sea— alcanza.

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