
Hay algo que resulta profundamente llamativo en estos tiempos, y es la facilidad con la que algunas personas deciden creer o negar algo no a partir de pruebas, sino a partir de cómo se sienten emocionalmente respecto a quien lo dice. Este fin de semana subí un video donde claramente se observa un estadio con muchísimos espacios vacíos. No era una interpretación. No era una caricatura. Era un video. Una grabación mostrando exactamente lo que había en ese momento. Y aun así, algunas personas reaccionaron llamándome mentiroso, asegurando que eso no era cierto, como si la realidad pudiera desaparecer simplemente porque no coincide con lo que quieren creer. Y eso, honestamente, me parece mucho más interesante que la discusión sobre cuánta gente había realmente en el estadio.
Porque una cosa es cuestionar una interpretación, y otra muy distinta es negar una evidencia visible sin presentar absolutamente nada que la contradiga. Si alguien tiene videos distintos, ángulos diferentes o pruebas que muestren otra realidad, honestamente yo mismo los publicaría. No tengo problema con eso. Pero cuando la respuesta no es evidencia sino solamente fe emocional en una narrativa, entonces ya no estamos hablando de análisis ni de observación objetiva. Estamos hablando de identificación emocional. De una necesidad interna de proteger aquello en lo que se cree, aunque para hacerlo haya que desconfiar incluso de lo que se está viendo con los propios ojos.
Y ahí es donde el tema deja de tratarse sobre un estadio. Empieza a revelar algo mucho más profundo sobre cómo estamos funcionando como sociedad. Porque llega un punto donde algunas personas ya no defienden hechos. Defienden emociones. Defienden pertenencia. Defienden la sensación de formar parte de un grupo, de una causa, de una narrativa política que no puede ser cuestionada sin que eso se sienta como un ataque personal. Entonces ocurre algo peligrosísimo: la realidad empieza a negociarse dependiendo de quién la muestra. Si el video favorece lo que creo, lo acepto inmediatamente. Si incomoda lo que creo, entonces el problema no es el contenido, sino quien lo publicó.
Y poco a poco el criterio empieza a desaparecer. No porque la gente sea incapaz de pensar, sino porque emocionalmente se vuelve muy difícil aceptar cualquier cosa que genere contradicción interna. Es mucho más cómodo descalificar al otro que revisar si tal vez lo que uno imaginaba no era exactamente como pensaba. Mucho más sencillo llamar mentiroso a alguien que detenerse un momento y preguntarse si quizá la imagen no coincide con la expectativa que uno tenía. Y en ese punto ya no importa demasiado la evidencia. Importa sostener la narrativa emocional a toda costa.
Por eso este tema no me impresiona por el estadio. Me impresiona por lo que revela. Porque cuando una sociedad empieza a desconfiar incluso de lo visible únicamente porque contradice la narrativa que decidió adoptar, entramos en una etapa donde la verdad pierde fuerza frente a la identidad política. Y ahí el diálogo se vuelve cada vez más difícil, porque una conversación sana necesita al menos una base mínima compartida de realidad. Necesita que ambas partes estén dispuestas a observar los hechos antes de reaccionar emocionalmente contra quien los muestra.
Tal vez por eso vale la pena hacer una pausa. No para darle la razón automáticamente a nadie, ni para asumir que toda imagen cuenta la historia completa, sino para preguntarte algo mucho más importante: si realmente estás observando la realidad con apertura… o si únicamente estás defendiendo aquello que emocionalmente necesitas creer.