Cuando las esperanzas se enfrían demasiado pronto

El comportamiento de los diputados

Debo confesar que tenía muchas esperanzas puestas en los diputados del período 2026-2030. Después de varios años en los que la discusión política ha estado marcada por la confrontación constante, los ataques personales, la polarización y la dificultad para encontrar puntos de encuentro, imaginaba que el inicio de esta nueva etapa podría traer consigo una forma diferente de hacer política. No esperaba unanimidad ni ausencia de conflictos, porque las diferencias son parte natural de la democracia, pero sí esperaba observar una actitud más orientada al diálogo, a la construcción de acuerdos y a la comprensión de que el país necesita menos combustible para el conflicto y más espacios para la conversación respetuosa.

Sin embargo, apenas unas semanas después de haber asumido sus cargos, empiezo a sentir que algunas de esas esperanzas podrían no cumplirse. Es muy temprano para evaluar resultados legislativos, proyectos aprobados o impactos concretos en la vida nacional. Sería injusto exigir balances de gestión cuando apenas comienza el período. Lo que sí podemos observar desde ya son los comportamientos, los estilos de comunicación y la forma en que nuestros representantes deciden relacionarse entre sí y con la ciudadanía. Y es precisamente ahí donde empiezan a aparecer algunas señales que no resultan especialmente alentadoras.

Tomemos como ejemplo algunas declaraciones realizadas por la diputada Cindy Quesada. Quiero ser claro en algo: no estoy afirmando que lo que dice sea falso. Es perfectamente posible que muchas de sus afirmaciones sean correctas, que reflejen datos reales o que respondan a su interpretación legítima de los acontecimientos políticos. Ese no es el punto central de esta reflexión. Lo que me preocupa es el tono que comienza a instalarse tan temprano en un período legislativo que apenas da sus primeros pasos. Porque una cosa es defender una posición con firmeza y otra muy distinta es hacerlo de una manera que contribuya a elevar la tensión nacional desde el primer mes de trabajo.

Quizás algunas personas consideren que esto es irrelevante, que en política lo importante son las acciones y no las palabras. Yo no lo veo así. Las palabras importan mucho más de lo que solemos admitir. Las palabras construyen ambientes, moldean percepciones y terminan definiendo la calidad de las relaciones humanas. Cuando quienes ocupan cargos de liderazgo utilizan un lenguaje confrontativo, despectivo o excesivamente agresivo, el mensaje que se transmite no se queda únicamente dentro del plenario legislativo. Ese mensaje se multiplica en redes sociales, se replica en conversaciones familiares y termina alimentando una cultura donde el adversario deja de ser alguien que piensa diferente para convertirse en alguien que merece ser atacado.

Por eso me hubiera gustado que el inicio de este nuevo período legislativo mostrara una actitud distinta. Me hubiera gustado ver más disposición para escuchar antes de responder, más interés por comprender antes de juzgar y más voluntad de tender puentes antes que levantar murallas. Me hubiera gustado que quienes llegan con nuevas responsabilidades entendieran que la ciudadanía viene de años de cansancio emocional provocado por la confrontación permanente. Muchos costarricenses no están pidiendo políticos más agresivos ni más combativos; están pidiendo representantes capaces de defender sus ideas sin convertir cada diferencia en una batalla.

Tal vez todavía sea muy temprano para sacar conclusiones definitivas. Cuatro semanas son apenas un suspiro dentro de un período de cuatro años. Es posible que algunas conductas cambien, que los tonos se moderen y que la dinámica política encuentre un equilibrio más saludable conforme avance el tiempo. De hecho, espero sinceramente que así sea. Pero precisamente porque estamos apenas comenzando, también es válido señalar aquello que genera preocupación. Las primeras impresiones no siempre son definitivas, pero sí suelen marcar el rumbo de lo que viene después.

Ojalá que nuestros diputados, independientemente del partido político al que pertenezcan, recuerden que representar a la ciudadanía no consiste únicamente en defender posiciones ideológicas o impulsar proyectos de ley. También implica contribuir a la paz social del país. Implica entender que la forma en que se comunican tiene consecuencias más allá de los muros de la Asamblea Legislativa. Implica reconocer que la firmeza y el respeto no son conceptos incompatibles y que es posible sostener debates intensos sin caer en la hostilidad permanente.

Porque al final, cuando un país pierde la capacidad de dialogar serenamente, todos terminamos pagando el precio. Y si algo esperaba de esta nueva generación de diputados era precisamente eso: menos ruido, menos confrontación y más capacidad para construir un clima nacional que nos permitiera convivir en paz aun cuando pensemos diferente.

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