Hay palabras que poco a poco dejan de utilizarse para entender la realidad… y empiezan a utilizarse para controlar emocionalmente la conversación. Y creo que eso es exactamente lo que ha pasado en Costa Rica —y en muchísimos otros países— con términos como “comunista”, “socialista”, “facho”, “neoliberal” o incluso “progre”.
Porque honestamente, muchas veces esas palabras ya no se usan después de un análisis político serio. Se usan para simplificar personas. Para meterlas en una caja emocional. Para generar miedo inmediato. Para decirle a la sociedad: “Cuidado con este.” “No lo escuchés.” “Ese pertenece al otro bando.” Y ahí es donde la conversación pública empieza a empobrecerse muchísimo.
Porque una cosa es discutir ideas políticas con profundidad, historia y argumentos. Y otra muy distinta es convertir palabras complejas en simples insultos emocionales.
Por ejemplo, hay personas que llaman “comunista” a cualquiera que defienda la Caja Costarricense de Seguro Social, la educación pública, programas sociales o instituciones estatales fuertes. Pero aquí aparece algo interesante: muchísimas de las cosas que hoy Costa Rica considera normales y valiosas nacieron precisamente desde corrientes socialdemócratas o ideas de protección social impulsadas históricamente por sectores que hoy algunos etiquetarían automáticamente como “izquierda”.
El aguinaldo. Las vacaciones pagadas. Los derechos laborales. La seguridad social. Las universidades públicas. La protección de trabajadores. Entonces la realidad empieza a volverse muchísimo más compleja que las etiquetas rápidas.
Porque el comunismo, el socialismo y la socialdemocracia no son exactamente lo mismo, aunque muchísima gente los mezcle emocionalmente como si fueran idénticos.
El comunismo clásico, al menos en teoría, buscaba una sociedad sin clases sociales y con propiedad colectiva de los medios de producción. Históricamente, muchos regímenes comunistas terminaron convirtiéndose en sistemas altamente autoritarios y centralizados. Y sí, la historia también dejó ejemplos duros, represivos y profundamente problemáticos asociados a ciertos gobiernos comunistas.
Pero el socialismo es muchísimo más amplio y diverso. Existen modelos socialistas democráticos, moderados y compatibles con economías de mercado. Muchos países europeos funcionan desde modelos sociales fuertes donde el Estado participa activamente en salud, educación y protección social… sin dejar de ser democracias capitalistas.
Y luego aparece la socialdemocracia, que intenta equilibrar mercado con protección social, libertad económica con ciertas garantías colectivas y crecimiento económico con instituciones públicas robustas.
Entonces, ¿es justo usar “comunista” como insulto automático? Honestamente, creo que no.
Y tampoco creo justo hacer lo contrario usando palabras como “facho” o “fascista” contra cualquiera que piense distinto desde posiciones conservadoras, liberales o de derecha.
Porque ahí aparece uno de los grandes problemas modernos: dejamos de analizar ideas y empezamos simplemente a reaccionar emocionalmente a palabras gatillo.
Y cuando eso ocurre, el miedo empieza a pensar por nosotros.
Claro que existen extremos peligrosos. Claro que existen autoritarismos de izquierda y de derecha. La historia humana está llena de ejemplos terribles en ambos extremos. Pero precisamente por eso deberíamos aprender a pensar con más profundidad y menos reflejo emocional.
Porque una democracia sana necesita ciudadanos capaces de escuchar propuestas antes de descalificar automáticamente a quien las dice.
Necesita personas que puedan discutir modelos económicos, sociales y políticos sin convertir al otro en enemigo moral.
Y honestamente, siento que estamos entrando en una etapa donde las palabras empiezan a perder su significado real para convertirse únicamente en armas emocionales.
Ya no importa demasiado qué piensa alguien realmente. Basta con ponerle una etiqueta. “Comunista.” “Fascista.” “Progre.” “Neoliberal.” Y listo. La conversación termina antes siquiera de empezar.
Tal vez por eso valdría la pena recuperar algo que parece estar desapareciendo lentamente: la curiosidad por entender antes de reaccionar. Porque quizá muchas personas que hoy se insultan mutuamente usando etiquetas políticas… ni siquiera podrían explicar con claridad qué significan realmente esas palabras.
Y cuando el miedo reemplaza al pensamiento, la sociedad entera se vuelve muchísimo más fácil de manipular.