Cuando lo legal no alcanza

He visto la información que circula sobre el estancamiento en la elección de magistrados en la Asamblea Legislativa, un proceso que, según corresponde, debía resolverse dentro de esta misma conformación del Congreso, pero que hoy se encuentra detenido en medio de dinámicas que van más allá de lo técnico y entran en lo profundamente humano, en ese terreno donde las decisiones ya no solo responden a procedimientos, sino a intenciones, lecturas del momento y formas de ejercer el poder.

Y aquí es donde aparece una pregunta que no es cómoda, pero sí necesaria: ¿todo lo que es legal… es también correcto? Porque según se comenta, existe la posibilidad de que este proceso no avance, no por incapacidad, sino por estrategia, una pausa que, aunque permitida dentro del marco legal, abriría la puerta para que la siguiente Asamblea —con una correlación distinta de fuerzas— sea la que termine tomando la decisión, trasladando así una responsabilidad que tenía su tiempo y su espacio definidos.

Y entonces el tema deja de ser jurídico y pasa a ser ético, porque algunas personas han interpretado este escenario como un intento de la Asamblea actual de contener o equilibrar el poder futuro, mientras otros lo ven al revés, como una forma de proyectar control hacia adelante, asegurando decisiones clave desde una nueva configuración política; las lecturas son distintas, las intenciones difíciles de comprobar con certeza, pero lo que sí empieza a percibirse es una sensación de desplazamiento, de algo que se mueve de lugar.

Cuando una decisión que le corresponde a un momento específico se traslada, aunque sea legalmente, hacia otro momento más conveniente, lo que se mueve no es solo el procedimiento… es la confianza, porque la institucionalidad no se sostiene únicamente en lo que está permitido hacer, sino en lo que corresponde hacer, y esa diferencia, aunque sutil, es profunda y termina marcando la forma en la que una ciudadanía interpreta a quienes toman decisiones en su nombre.

Este no es un tema de bandos, no es un tema de quién gana o quién pierde, es un tema de cómo elegimos ejercer el poder cuando lo tenemos, de si usamos las reglas para cumplir con nuestra responsabilidad o para acomodar el resultado, y en medio de todo esto la ciudadanía observa, a veces con claridad, a veces con confusión, porque no siempre es fácil distinguir entre estrategia y manipulación, entre táctica y responsabilidad.

Tal vez por eso vale la pena detenerse un momento, no para reaccionar de inmediato ni para tomar una postura apresurada, sino para respirar y preguntarse, más allá de lo político: ¿qué tipo de decisiones fortalecen realmente al país? Porque al final, más que quién nombre a los magistrados, lo que está en juego es algo más silencioso… pero mucho más importante, la forma en la que entendemos lo correcto.

Y cuando lográs salir un poco del ruido, cuando dejás de ver esto como una jugada y empezás a verlo como una señal, tal vez encontrás un espacio más tranquilo para pensar, no desde la reacción, sino desde la conciencia, y ahí, en ese pequeño espacio, también podés volver a vos… y elegir con más calma desde dónde querés mirar lo que está pasando.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio