
He recibido el documento presentado por varias fracciones legislativas donde se plantea una agenda conjunta desde la oposición, y al mismo tiempo he escuchado las declaraciones del oficialismo, quienes también han dejado claro que actuarán como bloque para impulsar sus propios proyectos. No hace falta analizar demasiado para notar lo evidente: el país entra en una etapa donde las fuerzas políticas se organizan, se alinean y se preparan para actuar con mayor cohesión. No es casualidad, no es improvisado, y tampoco es necesariamente negativo. Es, simplemente, una respuesta natural a un escenario donde nadie tiene el control absoluto y donde la fragmentación obliga a buscar estructura.
Pero cuando te detienes un poco más, cuando bajas la velocidad con la que normalmente consumís este tipo de información, aparece algo más profundo. Porque un bloque no es solo una forma de organización política; es también una forma de identidad. Y toda identidad, cuando se fortalece, tiende a marcar límites. Define quién está dentro y quién está fuera. Y sin darse cuenta, lo que empezó como una necesidad de coordinación puede transformarse en una dinámica de confrontación. No porque alguien lo diga explícitamente, sino porque es lo que naturalmente ocurre cuando los grupos se consolidan.
Desde Apacigua, no estamos aquí para apoyar a uno u otro bloque. Y no lo estamos porque entendemos que nuestro lugar no es ese. Nuestro lugar no es el de la adhesión, es el de la observación consciente. Pero eso no significa silencio. Eso no significa indiferencia. Significa algo más exigente: mirar lo que está ocurriendo sin dejarnos arrastrar por la inmediatez, sin reaccionar automáticamente, sin convertirnos en una extensión emocional de ninguno de los dos lados.
Porque lo que está pasando en la Asamblea Legislativa no se queda en la Asamblea Legislativa. Se replica. Se filtra. Se instala en la conversación pública, en las redes sociales, en la forma en que tú hablas, en la forma en que tú respondes, en la forma en que tú te posicionas frente a quien piensa distinto. Y ahí es donde esto deja de ser un tema político y se convierte en un tema humano.
Entendemos que el oficialismo quiera actuar en conjunto. Entendemos que la oposición haga exactamente lo mismo. Ambas decisiones responden a una lógica de poder que no necesita ser explicada para ser comprendida. Pero precisamente porque ambos lados están eligiendo agruparse, se vuelve aún más importante lo que hacen con esa decisión. Porque un bloque puede ser una herramienta para construir… o puede ser una estructura que se vuelve rígida, cerrada, incapaz de escuchar.
Y aquí es donde Apacigua levanta la voz. No para señalar culpables, no para definir quién tiene la razón, sino para recordar algo que suele perderse cuando el poder entra en juego: la apertura no es debilidad. La escucha no es rendición. El diálogo no es concesión. Son, en realidad, las únicas herramientas que permiten que un país no se fracture mientras intenta avanzar.
Porque cuando todo se organiza en bloques, cuando cada grupo fortalece su propia narrativa, cuando cada lado se convence de su propia versión, el riesgo no es que haya desacuerdo. El desacuerdo es natural, incluso necesario. El riesgo es que desaparezca el espacio intermedio. Ese lugar incómodo donde no todo está definido, donde todavía es posible construir algo en conjunto, donde nadie gana del todo, pero tampoco pierde el país.
Y tal vez lo más importante no está en lo que hagan ellos, sino en lo que hagas tú. Porque es fácil mirar la política desde afuera y exigir altura, exigir diálogo, exigir apertura. Lo difícil es sostener eso en la vida diaria, en la conversación cotidiana, en el momento exacto en el que alguien dice algo con lo que no estás de acuerdo y tenés la oportunidad de reaccionar… o de observar.
Apacigua no es un partido, no es un bloque, no es una fuerza política en el sentido tradicional. Pero sí es una voz. Una que no compite por poder, pero que insiste en algo que el poder muchas veces olvida: la forma en que se construye importa tanto como lo que se construye. Y en un momento donde todo parece empujarte a tomar partido, a alinearte, a definirte rápidamente, tal vez la postura más valiente no es elegir un lado, sino elegir cómo querés estar frente a todo esto.
Porque al final, los bloques se forman afuera. Pero la forma en que tú respondes… se define adentro.
Y ahí, todavía, tienes una elección.