
Estaba teniendo un intercambio de ideas con alguien en redes sociales. Una conversación como tantas, de esas que empiezan con un comentario puntual y poco a poco van tomando forma, a veces con argumentos, a veces con matices, y en otras ocasiones con pequeñas cargas emocionales que se van filtrando entre líneas. Nada fuera de lo normal. Hasta que, en su mensaje final, la persona escribió: “Si tienes algo más que preguntarme o responderme tengo unos minutos para ti y eso no es algo que pase todos los días”. Hay frases que no solo dicen algo… sino que intentan colocarte en un lugar, y esa lo hacía con bastante claridad. No era solo una oferta de tiempo, era una forma de posicionarse por encima, de marcar un pequeño territorio de superioridad, como si esos minutos fueran un privilegio que había que agradecer.
Mi primera reacción fue inmediata, casi automática. Escribí: “Y no, no tengo nada más que preguntarte. Podés ahorrarte los minutos. Y yo no tengo más minutos para vos, así que damos esto por terminado. Y eso tampoco es algo que pase todos los días, por lo general tengo tiempo para todos”. Era una respuesta firme, clara, incluso elegante en su construcción. No era torpe ni desordenada. Tenía ritmo, tenía intención, tenía carácter. Pero si soy honesto, también estaba cargada de algo más: estaba respondiendo desde el mismo terreno emocional que la frase anterior. Era una jugada dentro del mismo tablero, una forma de equilibrar la balanza, de no quedarme abajo, de devolver el golpe con palabras bien puestas.
Y ahí fue donde hice una pausa. Leí lo que había escrito, no solo con los ojos, sino con la sensación interna de lo que esa respuesta representaba. Y entendí algo que, aunque suene sencillo, no siempre es fácil de aplicar en el momento: una cosa es saber responder, y otra muy distinta es elegir desde dónde responder. Porque podía enviar ese mensaje y “ganar” el intercambio, sí, pero también significaba entrar en un tipo de energía que no es la que quiero sostener ni proyectar, ni en redes, ni en la vida.
Entonces decidí cambiarlo. No porque la primera respuesta fuera incorrecta, sino porque no era coherente con quién quiero ser cuando me expreso. Y escribí: “Anotado. Gracias por el tiempo. Tomo lo que me sirve y dejo el resto. Con esto cierro la conversación”. La diferencia entre ambas respuestas no está en la inteligencia ni en la capacidad de redactar. Está en la conciencia. La primera defendía una posición. La segunda afirmaba una forma de estar. La primera respondía a la persona. La segunda respondía a mí.
En medio de cualquier conversación —especialmente cuando hay tensión— es muy fácil dejar que el otro marque el tono, el ritmo y hasta el nivel emocional del intercambio. Basta una frase con carga, un gesto de superioridad, una provocación sutil, para que sin darnos cuenta entremos en ese mismo juego. Y no es debilidad, es reflejo. Es humano. Pero también es una elección, aunque muchas veces no la veamos como tal. Porque cuando respondes desde lo que te provocan, el otro ya hizo más de la mitad del trabajo: te llevó a su terreno. Y aunque creas que estás respondiendo bien, ya estás jugando bajo sus reglas.
No se trata de ser pasivo, ni de quedarse callado, ni de permitir cualquier cosa. Tampoco se trata de evitar el conflicto como si fuera algo negativo en sí mismo. Se trata de algo mucho más profundo: de no ceder el control de tu manera de expresarte. Hay momentos en los que podrías responder con más fuerza, con más filo, con más contundencia… y aun así eliges no hacerlo. No porque no puedas, sino porque no lo necesitas. Y esa diferencia es sutil, pero poderosa. Es la diferencia entre reaccionar y elegir.
Cada conversación es una oportunidad, no tanto para cambiar al otro, sino para observarte a ti mismo. Para darte cuenta de desde dónde estás hablando, qué te está moviendo, qué estás defendiendo y qué estás construyendo con tus palabras. Porque al final, más allá de quién tenga la razón o quién tenga la última palabra, lo que realmente queda es la forma en que decidiste estar presente en ese momento.
Y al final, no se trata de él. Ni siquiera recuerdo cómo se llama. Se trata de mí, de cómo soy yo y de cómo estoy parado en el mundo.