Serie: El campo se levanta
Tú sabes lo que es dejar el alma en un trabajo para que, al final del día, haya quienes lo miren con indiferencia o con burla. Tú sabes lo que es caminar por la finca bajo el sol fuerte o la neblina fría, con las manos llenas de tierra y el cuerpo cansado, mientras escuchas comentarios de personas que jamás han tocado una semilla y aun así creen que pueden opinar sobre tu vida. Hay quienes hablan del campo sin conocerlo, quienes juzgan sin haber madrugado nunca, quienes se burlan de un tractor nuevo o de un pickup en buen estado como si no entendieran el tamaño de la responsabilidad que tú cargas.
A veces escucho esas voces que repiten que el agricultor “exagera”, que “se queja mucho”, que “tiene demasiado”, y pienso en lo injusto que es que quienes menos saben sean quienes más opinan. Porque mientras ellos hablan desde la comodidad de una ciudad iluminada, tú estás allá afuera, enfrentando lluvias que llegan sin aviso, fríos que queman, soles que agrietan la piel, caminos que se ponen imposibles y mercados que cambian como si no hubiera vidas de por medio. Ellos no ven eso. No ven el esfuerzo. No ven el riesgo. No ven el miedo silencioso que tú cargas cuando la cosecha no está asegurada.
La gente ve un tractor y dice “qué lujo”, pero no ve las horas perdidas cuando uno viejo se queda botado. Ve un pickup fuerte y cree que es “presumir”, pero no sabe que ese vehículo es el que evita que pierdas media cosecha en el trayecto. Ven un precio subir y se enojan contigo, pero no piensan en los meses de gastos que tú pagaste sin saber si al final te saldría a cuenta. Ven una feria llena de productos y creen que “el campo es bonito”, pero no escuchan las noches sin dormir, las cuentas que no dan, los préstamos que asustan, las veces que has tenido que respirar profundo para no rendirte.
Y aun así, tú sigues. Sigues porque sabes que tu trabajo sostiene al país, aunque el país a veces no lo note. Sigues porque el campo es tu historia, tu origen, tu oficio, tu manera de vivir. Sigues porque alguien tiene que hacerlo, alguien tiene que sembrar, alguien tiene que cuidar lo que después todos van a comer sin preguntar de dónde salió. Y tú lo haces sin pedir aplausos, sin exigir reconocimiento, sin esperar agradecimientos que casi nunca llegan.
A veces me pregunto cómo sería Costa Rica si la gente entendiera, de verdad, lo que significa tu trabajo. Si comprendieran que cada tomate, cada zanahoria, cada racimo de plátanos, cada bolsita de frijoles viene cargada de tu esfuerzo, de tu paciencia, de tu amor por la tierra. Si entendieran que tú no trabajas para que te aplaudan, sino para que las familias puedan comer en paz. Si entendieran que lo que tú haces es tan básico y tan sagrado como respirar.
Este capítulo existe para recordarte algo que quizá nadie te dice: tú vales, incluso cuando otros no lo ven. Tu trabajo vale, incluso cuando otros lo ignoran. Tu esfuerzo sostiene más vidas de las que imaginas. Tu historia, tu cansancio, tu esperanza y tu dignidad forman la base silenciosa sobre la que se mueve un país entero.
Y aunque haya quienes no lo valoren, aunque haya quienes opinen desde lejos sin entender nada, tú y yo sabemos la verdad:
que tu trabajo es grande,
que tu influencia es profunda,
y que tu dignidad es más fuerte que cualquier burla o cualquier comentario ignorante.
Yo lo veo.
Y por eso sigo escribiendo.