Cuando ya no importa estar bien

Hay algo profundamente inquietante que empieza a notarse cada vez más en la conversación pública costarricense, y no tiene que ver solamente con política. Tiene que ver con la manera en que algunas personas parecen haber desconectado completamente su propio bienestar del análisis que hacen sobre las decisiones del poder. Como si ya no importara demasiado si algo les beneficia o les perjudica personalmente. Lo único verdaderamente importante pareciera ser que la propuesta venga del grupo correcto o del grupo equivocado. Y entonces deja de discutirse si una idea es buena o mala para el país, para la economía familiar o para el futuro de los hijos. Lo único que importa es quién la dijo.

Por ejemplo, doña Claudia Dobles anuncia sentirse feliz porque avanza el proyecto del tren eléctrico y además dice que luchará para que las tarifas sean bajas y accesibles para la población. Y aun así aparecen personas molestas, críticas y agresivas. Y entonces uno se pregunta sinceramente: ¿qué es exactamente lo que están rechazando? ¿El tren? ¿Las tarifas bajas? ¿La intención de hacer accesible el transporte público para miles de personas? No parece tener demasiado sentido desde el punto de vista práctico. Pero sí empieza a tener sentido desde otro lugar mucho más emocional y político: el rechazo automático hacia cualquier cosa que venga de alguien identificado como oposición.

Lo mismo ocurre cuando Eder presenta un proyecto para reducir temporalmente al 50% el impuesto sobre el combustible durante una crisis económica. En teoría, muchísimas personas podrían beneficiarse de una reducción en el costo de los combustibles, especialmente en un país donde prácticamente todo se mueve por carretera y donde cada aumento termina golpeando la comida, el transporte y el costo general de la vida. Pero inmediatamente aparecen críticas no necesariamente centradas en analizar técnicamente la propuesta, sino en desacreditarla automáticamente porque viene de alguien ubicado fuera del oficialismo. Entonces empiezan frases sobre que no es viable, que de dónde saldrá el dinero o que la propuesta no tiene sentido. Y claro que discutir la viabilidad fiscal es válido y necesario. Lo extraño es cuando el rechazo aparece antes incluso de que exista un análisis serio, casi como un reflejo condicionado donde primero se decide estar en contra y después se buscan los argumentos.

Y el fenómeno se vuelve todavía más delicado cuando entra en juego algo tan sensible como la Caja Costarricense de Seguro Social. Porque hay personas que escuchan advertencias sobre riesgos o debilitamientos institucionales relacionados con la CCSS y responden diciendo que eso no importa, porque “el gobierno les va a garantizar la salud”. Y ahí aparece una contradicción muy fuerte. Porque precisamente la salud ya está garantizada por medio de una institución pública que durante décadas ha sostenido buena parte de la estabilidad sanitaria y social del país. Entonces resulta extraño minimizar cualquier posible deterioro de la Caja mientras se deposita toda la esperanza en las mismas estructuras políticas que podrían eventualmente debilitarla.

Y poco a poco empieza a aparecer una conclusión difícil de ignorar. No importa demasiado lo que diga la oposición, porque muchos estarán en contra automáticamente. Y tampoco importa demasiado lo que diga el oficialismo, porque muchos estarán a favor automáticamente. Aunque eso eventualmente pueda perjudicarles a ellos mismos, a sus hijos o a la estabilidad futura del país. Y ahí es donde la política deja de funcionar como análisis racional y empieza a funcionar como pertenencia emocional. Como una especie de equipo de fútbol donde lo importante no es si la jugada fue buena o mala, sino quién llevaba puesta la camiseta.

Y eso, honestamente, debería preocuparnos muchísimo. Porque una democracia necesita ciudadanos capaces de evaluar propuestas más allá del color político que las presenta. Necesita personas dispuestas a decir “esto me parece bien” aunque venga del adversario político, y también capaces de decir “esto me parece peligroso” aunque venga de la figura que admiran. De lo contrario, el país entero empieza a caminar hacia un lugar donde el bienestar real deja de ser prioridad y donde tener razón como grupo importa más que vivir mejor como sociedad.

Porque cuando una sociedad empieza a normalizar que la realidad se acomode según conveniencia política, el criterio empieza a desaparecer lentamente. Ya no se evalúan resultados. Se defienden banderas. Ya no se piensa desde el país. Se piensa desde la tribu emocional a la que se pertenece. Y entonces ocurre algo muy triste: el sufrimiento deja de importar si puede ser políticamente útil. Las malas noticias dejan de doler si fortalecen una narrativa. Y las contradicciones dejan de incomodar si ayudan a proteger una identidad política.

Tal vez por eso cada vez se vuelve más difícil dialogar. Porque muchas veces ya no estamos conversando con personas dispuestas a revisar hechos, sino con personas intentando proteger emocionalmente aquello en lo que decidieron creer. Y aun así, creo que vale la pena seguir haciendo el esfuerzo de observar con honestidad. Porque al final, ningún gobierno debería ser más importante que el país. Ningún líder debería estar por encima de la realidad. Y ninguna lealtad política debería hacerte sentir feliz cuando las cosas objetivamente empeoran para todos.

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