Derechos que se pierden… y derechos que no

Hay derechos que se pueden perder. Eso lo entendés desde pequeño. Un papá puede quitarle a su hijo el permiso de salir a jugar, de ir al cine o de asistir a una fiesta, dependiendo de su comportamiento. En la vida adulta pasa algo similar. Una persona que viola la ley puede perder su libertad y terminar en la cárcel. Son consecuencias que, dentro de un marco legal, tienen sentido.

Pero hay una diferencia que no deberías perder de vista. No todos los derechos son iguales. Hay derechos que dependen de tu actuar… y hay otros que no. Los derechos humanos, esos que tenés simplemente por ser persona, no deberían perderse nunca. No dependen de si te portaste bien o mal. No dependen de si alguien cree que sos culpable. Deberían respetarse siempre, en cualquier circunstancia.

Y sin embargo, hay situaciones que te obligan a detenerte y cuestionar. Una lancha sale de puerto, navega en lo que —según se ha señalado— podrían ser aguas territoriales costarricenses, y es impactada por un proyectil en un operativo relacionado con la lucha contra el narcotráfico. El resultado: personas mueren. Y más allá de cualquier hipótesis sobre quiénes eran o qué hacían, hay preguntas que no desaparecen.

¿Se presentaron pruebas? ¿Hubo detención? ¿Existió un juicio? ¿Pasaron frente a un juez? ¿Se respetaron los procesos que justamente están diseñados para proteger los derechos humanos? Porque cuando esos pasos no están claros, lo que está en juego no es solo un caso… es el principio mismo de cómo entendemos la justicia.

Lo que también resulta inquietante es la reacción de muchas personas. La rapidez con la que se asume culpabilidad. La facilidad con la que se dice “eran narcos” sin mostrar evidencia. Y aún más fuerte, la forma en la que algunos llegan incluso a celebrar lo ocurrido, como si la ausencia de proceso fuera irrelevante.

Desde mi punto de vista, ahí es donde deberías hacer una pausa. Porque incluso si alguien resulta culpable después de un juicio, lo que pierde es su libertad, no su condición de ser humano. No pierde el derecho a un debido proceso. No pierde el derecho a que su vida sea respetada dentro de los límites que la ley establece.

En otros contextos, en otros países, se han visto detenciones masivas, personas privadas de libertad sin juicio, sin defensa, sin claridad. Y también ahí aparece una parte de la sociedad que lo celebra, que lo justifica, que lo aplaude. Pero cuando se normaliza eso, cuando se pierde la sensibilidad frente a los derechos humanos, algo empieza a deteriorarse profundamente.

Porque el verdadero reto no es defender a una persona en particular. Es defender el principio. Es entender que los derechos humanos no son selectivos, no son opcionales, no dependen de la opinión pública.

Y la pregunta que queda, incómoda pero necesaria, es esta: ¿hasta qué punto estás dispuesto a justificar la pérdida de esos derechos… solo porque creés que alguien “se lo merece”?

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