Día de la Democracia – 7 de noviembre

Según Latinobarómetro 2023, el 86 % de los costarricenses rechaza un gobierno militar bajo cualquier circunstancia.

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En estas elecciones —tal vez con más importancia que en otras, aunque todas lo son— tenemos que salir a votar. Sin excusas. Sin miedo. Sin flaquear.

Cada uno de nosotros debe salir a votar por el candidato que considere mejor, no importa cuál, pero votar. Porque cuando no votamos, alguien más decide por nosotros. Y la democracia, que tanto ha costado construir, se debilita cuando el silencio sustituye la voz del pueblo.

Los planes de quienes apuestan a la indiferencia se caen cuando la gente participa. Ellos cuentan con que pocos voten, con que el cansancio gane, con que el desánimo venza. Pero si cada uno de nosotros se propone llevar a un votante más —por el partido que sea, no importa cuál—, la democracia se fortalece y las proporciones cambian.

Tenemos derechos, sí. Pero también responsabilidades. Y el voto es una de las más hermosas, porque es el acto en que decimos: yo participo, yo creo, yo decido.

Qué es la democracia

A veces se nos olvida que la democracia no nació en los libros de leyes, sino en algo mucho más simple: la voluntad de escucharnos sin matarnos. La democracia empezó el día en que un grupo de personas decidió que era mejor hablar que gritar, que era mejor discutir que imponer, que la palabra tenía más poder que la espada.

Por eso, cuando decimos que Costa Rica tiene la democracia más antigua de América Latina, no estamos diciendo que somos perfectos. Estamos diciendo que aprendimos a convivir sin miedo, y eso no es poca cosa. En un continente donde muchos pueblos tuvieron que aprender la libertad después del dolor, nosotros la construimos conversando, equivocándonos, volviendo a conversar y aprendiendo a perdonarnos.

La democracia no es una máquina que se enciende cada cuatro años. Es una forma de estar vivos. Está en el gesto de respeto con el que escuchas una opinión contraria. Está en el maestro que enseña a pensar sin decir en qué creer. Está en el periodista que pregunta, aunque incomode. Está en el juez que se atreve a fallar según la ley y no según la presión. Está en ti, cuando decides actuar con conciencia, aunque nadie te mire.

No hay democracia sin confianza. Y no hay confianza si no hay verdad. Pero tampoco hay verdad si cada uno vive defendiendo solo la suya. Por eso la democracia es, en el fondo, un acto espiritual: reconocer que el otro también tiene razón desde su historia. Cuando logras mirar así, el mundo se vuelve más grande, y tú, más humano.

A veces la gente dice: “la democracia no sirve”. Y yo pienso: la democracia no es una empresa que debe darte resultados, es una relación. Y como toda relación, hay que cuidarla. Si la descuidas, se enferma. Si la insultas, se apaga. Pero si la cuidas, florece.

La democracia no se defiende con odio. Se defiende con decencia. Con diálogo. Con educación. Con ese amor sereno que no necesita aplausos, pero que sostiene a un país entero cuando todo parece desmoronarse.

El día en que el pueblo decidió hablar

Dicen que fue un 7 de noviembre, hace 136 años, cuando la gente simple —los zapateros, los carpinteros, las costureras, los maestros, los campesinos que habían bajado de las montañas— llenó las calles de San José. No llevaban fusiles ni banderas de guerra. Llevaban algo más poderoso: la certeza de que el país era suyo.

Era 1889. Costa Rica era una nación joven, todavía aprendiendo a caminar con su propia voz. El presidente de entonces, Bernardo Soto, quería dejar en el poder a su candidato, aunque las urnas dijeran otra cosa. Y fue ahí cuando el pueblo, por primera vez, se levantó sin miedo. Salió con palos y machetes, no para destruir, sino para defender la palabra empeñada, el voto dado, el derecho a elegir.

No hubo ejército que disparara. No hubo masacre. Hubo, en cambio, algo que todavía nos define: la fuerza del diálogo civilizado. Frente a la presión de miles, el gobierno cedió, y el poder pasó a quien el pueblo había escogido: José Joaquín Rodríguez. Ese día, sin darnos cuenta, Costa Rica eligió un camino distinto al de casi toda América Latina.

Podríamos decir que fue el día en que la democracia dejó de ser una idea y se volvió un acto de amor propio. Porque cuando un pueblo se respeta, aprende a convivir. Y convivir no es estar de acuerdo en todo: es entender que el otro también tiene derecho a su verdad.

Por eso, cuando cada 7 de noviembre celebramos el Día de la Democracia, no con desfiles ni discursos solemnes, sino con una especie de orgullo silencioso, deberíamos recordar que todo empezó ahí: con gente común defendiendo algo sagrado.

No hace falta un título universitario para entender lo que hicieron. Lo que ellos sabían —aunque quizás no sabían que lo sabían— es que la libertad se pierde cuando uno deja de cuidarla. Que la paz no se decreta: se construye todos los días. Que el respeto es la forma más alta de inteligencia.

Así nació nuestra democracia: no en los salones del poder, sino en las calles, entre la gente que decidió no quedarse callada. Y así debe seguir viva: mientras alguien, aunque sea uno solo, recuerde que la voz del pueblo no se compra, no se impone, no se calla.

La democracia: un derecho que se sostiene con deberes

La democracia no es un regalo que alguien nos dejó envuelto en papel bonito. Es una herencia viva que se mantiene solo si la cuidamos. Tener derecho a elegir, a opinar, a disentir, no significa que podamos quedarnos mirando desde la acera mientras otros cargan el peso del país.

Porque sí, la democracia es un derecho, pero también es una tarea compartida. Nos da voz, pero nos pide conciencia. Nos da libertad, pero nos exige responsabilidad. No se trata solo de que el gobierno no abuse; se trata de que nosotros no abusemos de nuestra indiferencia.

Cuando tú no votas, alguien decide por ti. Cuando tú no opinas, otros gritan más fuerte. Cuando tú callas ante la mentira, la mentira se siente en casa. Y así, poco a poco, el país se va llenando de silencios peligrosos.

Ser demócrata no es solo ir a las urnas; es participar en la conversación diaria del país. Es leer, pensar, preguntar, exigir con respeto, y también agradecer cuando las cosas se hacen bien. Es comprender que la libertad sin educación termina en manipulación, y que el voto sin reflexión es apenas un gesto vacío.

La democracia te da el derecho de hablar, pero también el deber de escuchar. Te da el derecho de exigir, pero también el deber de participar. Y, sobre todo, te recuerda que no hay patria posible si no hay empatía: porque el que no siente por los demás, no sabe lo que significa vivir en comunidad.

Ser demócrata es, en el fondo, una forma de amar al país. No de palabra, sino de acción. De amar con decencia, con civismo, con paciencia. De seguir creyendo que, aunque el camino sea largo, vale la pena caminarlo juntos.

La democracia nos protege de la tentación autoritaria

Cada tanto, la historia nos pone a prueba. Y siempre aparece alguien que promete resolverlo todo con una sola voz, una sola verdad, una sola voluntad. Es la vieja tentación del autoritarismo: la idea seductora de que, si dejamos de discutir, si callamos las diferencias, todo será más fácil.

Pero lo fácil, casi siempre, sale caro.

La democracia es incómoda, sí. Es lenta, a veces torpe. Está llena de opiniones, de matices, de contradicciones. Pero precisamente por eso es humana. Y esa humanidad es su mayor fortaleza. Porque donde hay muchas voces, hay menos riesgo de que una sola se crea dueña del destino de todos.

Cuando un pueblo cede su derecho a pensar, otro toma su lugar para pensar por él. Y cuando eso pasa, la libertad empieza a marchitarse en silencio. Nadie la quita de golpe; la vamos soltando poco a poco, convencidos de que la seguridad vale más que la libertad, que el orden vale más que la conciencia, que el líder vale más que la ley.

Ahí es donde la democracia actúa como escudo. No como un sistema perfecto, sino como una promesa constante: la promesa de que nadie tendrá todo el poder, ni siquiera quien lo ejerce con buenas intenciones.

La democracia no solo nos da el derecho de elegir; nos da también el derecho de desconfiar, de preguntar, de exigir explicaciones. Y eso —aunque moleste a quienes prefieren el silencio— es lo que mantiene viva la dignidad de un pueblo.

Por eso, cuando escuches a alguien decir que necesitamos “mano dura”, recuerda que lo que necesitamos de verdad es mente clara. Que la fuerza no está en callar a los demás, sino en aprender a convivir con sus diferencias. Que el orden sin libertad es solo una forma elegante de la obediencia.

Costa Rica ha resistido más de un siglo sin ejército, pero no habría resistido un solo día sin democracia. Ese es nuestro verdadero escudo. La voz de todos, incluso la que no nos gusta, es lo que impide que alguien nos arrebate el país.

La democracia tiene que ver con la dignidad de cada persona

La democracia no empieza en las urnas, empieza en la mirada. En esa forma en que miras al otro y reconoces que vale tanto como tú. Ahí, en ese gesto silencioso, nace todo.

Porque si lo piensas bien, la democracia no es un conjunto de leyes, ni una estructura de poder. Es una forma de respeto. Es el reconocimiento de que cada persona —sin importar su apellido, su oficio, su educación o su creencia— tiene el mismo derecho a ser escuchada, a decidir, a existir sin miedo.

Cuando una sociedad pierde ese respeto, la democracia empieza a desmoronarse por dentro. No por los políticos, sino por nosotros, cuando dejamos de ver seres humanos y empezamos a ver enemigos. Cuando creemos que hay ciudadanos de primera y de segunda. Cuando pensamos que el que piensa distinto es menos.

La democracia es el espacio donde la dignidad se vuelve política. Donde el valor del ser humano no depende de su utilidad, sino de su simple existencia. Es el único sistema que, en medio de sus errores, sigue creyendo que toda persona tiene derecho a equivocarse, a opinar y a recomenzar.

Por eso, cuando defiendes la democracia, no estás defendiendo un gobierno, ni un partido, ni una idea abstracta. Estás defendiendo la posibilidad de seguir siendo persona entre personas. Estás defendiendo la libertad de tu propia voz.

Costa Rica ha sabido, con altibajos, cuidar esa dignidad. No siempre lo hacemos bien, pero seguimos intentándolo. Y en ese intento está la belleza: en seguir creyendo que vale la pena escucharnos, que vale la pena vivir sin miedo, que vale la pena mirar a otro ser humano y decirle: tú también importas.

La democracia es cada día

A veces creemos que la democracia ocurre solo cada cuatro años, el día que vamos a votar. Pero no. La democracia es cada día, todo el tiempo. Está en las conversaciones de la casa, en las decisiones del trabajo, en la manera en que escuchas al otro sin imponerle tu razón.

En Costa Rica, más de treinta mil personas son elegidas cada cierto tiempo para ejercer algún cargo público: regidores, síndicos, concejales, miembros de juntas de educación y de salud, alcaldes, diputados, presidentes municipales, y muchos más. Treinta mil. No es poca cosa. Eso significa que la democracia costarricense no es una pirámide que se sostiene en la cima, sino una red viva que se sostiene en miles de manos.

Cada una de esas personas representa una decisión, una confianza, una esperanza. Pero también una enorme responsabilidad. Porque no se elige solo a quienes mandan; se elige a quienes sirven. Y servir, en democracia, no es un acto de poder, sino de humildad.

La democracia es todos los días porque se expresa en los pequeños gestos: cuando respetas una fila, cuando tratas con cortesía al que piensa distinto, cuando no te aprovechas del sistema para sacar ventaja. Cada acto de decencia es un voto silencioso a favor de la convivencia.

No hay democracia sin ciudadanos conscientes. Y no hay ciudadanía consciente sin amor por el país. No un amor ciego, sino uno lúcido: el que ve los errores, los enfrenta, pero no deja de creer. Porque creer también es una forma de participar.

Costa Rica ha mantenido viva su democracia porque no la ha dejado dormir. Porque en cada escuela, en cada comunidad, en cada elección, sigue habiendo alguien que alza la voz para recordar que este país se sostiene no por la fuerza de un gobierno, sino por la decencia de su gente.

La democracia es del pueblo

La democracia no es del Estado, ni del gobierno, ni del Poder Ejecutivo, ni siquiera del Tribunal Supremo de Elecciones. La democracia es del pueblo. El TSE tiene la misión de organizar las elecciones y resguardar la Constitución durante ese periodo, pero el alma de la democracia no vive en los tribunales: vive en nosotros.

Cada derecho que tenemos lleva un deber al lado. Para el derecho de vivir en paz, tenemos la responsabilidad de no hacer guerra. Para el derecho de expresarnos, la responsabilidad de hacerlo con respeto. Y para el derecho de tener democracia, la responsabilidad de salir a votar. Porque los derechos sin deberes no existen.
Y cumplirlos tiene que ver directamente con la dignidad de cada persona.

Hace poco, en una conversación sobre la dignidad, un señor llamado Armando Vargas me dijo una frase que se me quedó grabada:

“Que nadie tenga un concepto más alto de lo que merece, ni uno menor de lo que es.”

Defender la democracia es, en el fondo, un acto de equilibrio: ni sentirnos dueños del país, ni sentirnos ajenos a él. Es entender que la democracia no se sostiene sola, que cada ciudadano es un pilar invisible de ese edificio común.
Defenderla como un valor espiritual, ético y cultural —no solo político— es reconocer que la paz, la conversación y el respeto son logros que deben cuidarse cada día.

La democracia, más que un sistema, es un compromiso interior. Es la decisión de no caer en el ruido, de pensar con claridad, de escuchar con respeto, de elegir con conciencia. Y eso solo puede nacer en el corazón de un pueblo que se sabe digno y responsable de su propio destino.

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