Hay momentos en que el dolor se vuelve difuso. Uno se siente triste, tenso, irritado o cansado, pero no logra identificar con claridad qué parte de eso es realmente propia y qué parte viene de lo que está pasando alrededor. En tiempos intensos, esa frontera se vuelve borrosa, y sin darnos cuenta empezamos a cargar más de lo que nos corresponde.
En mi experiencia, el dolor colectivo se filtra por todos lados. Conversaciones, redes, silencios incómodos, comentarios al pasar. Está en el aire. Y cuando uno es sensible, empático o está atento a los demás, ese dolor entra fácil. El problema no es sentirlo, sino confundirlo con el propio, como si todo eso hablara directamente de nuestra historia personal.
El dolor propio suele tener un tono distinto. Está más localizado, más íntimo. Tiene memoria. El dolor colectivo, en cambio, es más amplio, más ruidoso, más cambiante. A veces lo sentimos como una presión general, una tristeza sin nombre, una inquietud que no sabemos de dónde viene. Cuando no los distinguimos, el cuerpo se sobrecarga y la mente se desordena.
No se trata de volverse indiferente ni de cerrarse al entorno. Se trata de aprender a decir internamente: “esto que siento, ¿es mío o lo estoy absorbiendo?”. Esa sola pregunta ya ordena. No para quitar sensibilidad, sino para poner límites saludables entre lo que acompaño y lo que me pertenece.
He aprendido que no todo dolor que pasa cerca necesita alojarse dentro. Puedo reconocerlo, respetarlo, incluso acompañarlo, sin hacerlo identidad ni carga personal. Cuando no hacemos esa distinción, vivimos en un estado permanente de alerta emocional, como si todo nos atravesara por igual.
Esto no es una técnica. A mí me ha servido volver al cuerpo. Notar qué siento antes de conectarme con el afuera y qué cambia después. Darme pequeños espacios de silencio para limpiar lo que no es mío. Hay que recordar que cuidar la propia estabilidad también es una forma de responsabilidad colectiva.
Si últimamente sentís que estás más cargado de lo habitual, tal vez no sea solo tu historia. Tal vez estés sosteniendo algo que es de todos. Distinguir no te vuelve egoísta. Te vuelve más claro. Y desde esa claridad, paradójicamente, uno puede estar mejor para sí y para los demás.