
A lo largo de mi vida, aunque no he tenido nada que ver con la política, he tenido familiares muy cercanos en puestos políticos, alguno incluso como vicepresidente de la República.
Esta mañana, una prima me recordó lo duro que son esos momentos en que alguien que queremos y es cercano está en el escrutinio público, y lo doloroso que es leer algunos de los comentarios de la gente que no sabe nada de esas personas, pero las juzga despiadadamente, asegurando que no son confiables o capaces.
Muchos de esos juicios se lanzan sin conocer la historia, los motivos ni la integridad de quienes han decidido entrar en la política para intentar hacer un cambio, para aportar, o simplemente para servir.
No recuerdo haber sido así, al menos no conscientemente. Tal vez lo fui en algún momento. Pero cada vez que voy a escribir o decir algo, recuerdo el dolor que puede sentir la familia de esa persona, y la posibilidad de que esté hablando desde mi enfado, mi impotencia o mi resentimiento. Entonces trato de cambiar el tono.
Estoy seguro de que en el gobierno —incluso en la silla presidencial— hemos tenido personas que de verdad querían un cambio y querían ayudar, pero a quienes atacamos despiadadamente, sin conocer sus intenciones, ilusiones o planes.
Y también veo cómo alguien con un nivel bajo de escolaridad, con un teléfono en la mano, puede insultar la inteligencia, los conocimientos o la preparación de alguien que, por más que no nos guste, tiene una o varias profesiones universitarias, maestrías o doctorados.
Muchas de esas personas en la política han llegado a puestos que nosotros ni en sueños alcanzaríamos, y, aun así, aseguramos que no son capaces o que no merecen estar ahí.
Yo no digo que tengamos que perdonarles todo o dejar de lado el análisis riguroso de los gobiernos y nuestro derecho a pedir cuentas. Pero sí digo que debemos hacerlo con respeto, bajándole dos rayitas al juicio injusto y subiéndoselas al corazón.
Es más, o menos como cuando escuchamos a un cantante famoso y decimos que “no canta nada”, o cuando vemos fútbol y gritamos que “ese tipo no sirve para nada” porque falló un gol. No puedo ni imaginarme a mí mismo corriendo una sola vez de marco a marco.
¿Has visto esos vídeos donde un perrito callejero camina por una autopista, y alguien —un policía, un bombero o un buen samaritano— intenta rescatarlo para que no sea atropellado?
El perrito ladra y trata de morder a su rescatista, convencido de que es un atacante.
Cuidado. Podría ser que seas ese perrito herido por años, resentido, que cree que todos te quieren hacer daño.
Esto no se trata de perdonar todo; se trata de detenerse, respirar, analizar… y después de eso, pronunciarnos sin herir.
Dos puntos más que quiero masticar antes de terminar este artículo: uno de ellos es lo sensible que nos hacemos cuando un político de alto rango tiene dinero o muchísimo dinero, porque “por algo será”, sin pensar que puede ser por sus negocios, familia o preparación profesional.
Y si eso está justificado, entonces nos queda la duda de si entró a la política para favorecer sus empresas.
Porque la diferencia entre un político y uno que no lo es, es que, si alguien lanza una sospecha legal sobre nosotros, en una corte tienen que probarla; pero si alguien lanza una acusación sobre un político, para nosotros ya es culpable. Y aunque un juez diga que no lo es, seguiremos creyendo que lo fue. Y eso hará que, para nosotros, todo tenga sentido.
En conclusión, sí creo que en la política existe corrupción, como también existe fuera de ella.
Pero también puede ser que mi capacidad de análisis, y mi forma de referirme a un político, haya sido corrompida.