Hay un cansancio que no se va durmiendo. No es falta de sueño ni de energía física. Es otro tipo de desgaste, más silencioso, que aparece después de haber dado mucho durante mucho tiempo. A mí me pasó así. Cuando todo parecía haber terminado, cuando ya no había que sostener nada afuera, el cuerpo seguía en pie… pero por dentro algo estaba exhausto.
Este cansancio no siempre se nota de inmediato. A veces llega disfrazado de apatía, de irritabilidad leve, de ganas de aislarse sin saber bien por qué. Otras veces se siente como una tristeza suave, persistente, que no tiene una causa clara. En mi experiencia, es el costo natural de haber estado disponible, atento, presente, sin demasiadas pausas reales.
Dar no es el problema. El problema aparece cuando dar se vuelve continuo y no hay espacios para volver a uno mismo. Cuando la atención está siempre afuera y el cuerpo aprende a postergarse. El sistema interno se adapta, sí, pero también se va cargando. Y en algún momento pide cuenta.
He aprendido que este cansancio no se resuelve con fuerza de voluntad. Empujarse solo lo profundiza. Tampoco se resuelve explicándolo demasiado. Se empieza a aliviar cuando uno lo reconoce sin vergüenza, cuando deja de exigirse estar “bien” rápido y se permite bajar el ritmo sin culpa.
Esto no es una falla personal. Es una respuesta humana. El cuerpo y la emoción necesitan cierre, integración, descanso verdadero. No solo parar de hacer, sino parar de sostener. Volver al centro no como retiro, sino como cuidado.
Tal vez hoy no tengas claridad ni entusiasmo. Tal vez solo tengas cansancio. Y está bien. A veces el acto más responsable no es seguir dando, sino aprender a recibir silencio, tiempo y espacio. Eso también es parte del proceso.
Esto no es una receta. A mí me ha servido escuchar ese cansancio como una señal de ajuste, no como un enemigo. Tratarme con un poco más de amabilidad. Confiar en que la energía vuelve cuando uno deja de pelear con el propio límite.
Si estás ahí, agotado después de haber dado mucho, no estás solo. Estás atravesando una etapa que merece cuidado, no juicio. Y ese cuidado empieza por reconocer, con honestidad, que también vos necesitás descansar por dentro.