Quiero dejar algo claro desde el inicio: cuando hablo aquí, estoy hablando de la política. No de relaciones personales, no de vínculos íntimos, no de la sociedad civil en general. Hablo del mundo político, de sus dinámicas y de lo que a muchos nos pasa por dentro cuando empezamos a verlas con más crudeza.
Hay un momento —y a mí me llegó— en que uno se da cuenta de que gran parte de la política funciona a través de movimientos que no siempre se ven. Estrategias, negociaciones, cálculos, alianzas, concesiones. Incluso quienes parecen más honestos o transparentes también juegan ese juego. No necesariamente por maldad, sino porque el sistema mismo los empuja a hacerlo. Ciertamente, para poder nadar en altamar hay que saber nadar.
Y ahí aparece una desilusión profunda. Porque ingenuos de nosotros, los votantes, que creemos que estamos eligiendo solo desde la honestidad, el esfuerzo, la preparación o la buena intención. Creemos que estamos premiando valores claros, cuando muchas veces lo que hacemos es participar —sin saberlo del todo— en un baile cuidadosamente diseñado para movernos emocionalmente de un lado a otro.
Nos hablan a la esperanza, al miedo, al cansancio, a la necesidad de creer. Y nosotros respondemos desde ahí, convencidos de que estamos eligiendo con plena libertad, cuando en realidad estamos siendo parte de una coreografía que otros armaron antes. No porque seamos ingenuos sin criterio, sino porque somos humanos y porque la emocionalidad es una herramienta poderosa.
Darse cuenta de esto no es cómodo. Y, siendo honesto, tampoco resuelve mucho en términos prácticos inmediatos. No garantiza que la próxima elección vaya a ser mejor. No ofrece una fórmula mágica para votar “bien”. Lo que sí hace es algo más incómodo todavía: nos enfrenta a la sensación de que, como miembros de la sociedad civil, muchas veces seguimos siendo piezas pequeñas dentro de un juego grande. A veces, incluso, títeres de una lógica que no controlamos.
Dichosamente, en la campaña electoral que recién termina, salí ileso. No me dejé comprar en ninguna de las veces en que me pusieron un precio. Y no lo hice porque todavía pensaba no como político, sino como la persona que he sido siempre. Dichosamente la campaña terminó pronto, antes de que perdiera mis barreras y mis valores, antes de que una ilusión de estatus u oposición me confundiera y me arrastrara a un lugar que no reconozco como propio.
Hoy vuelvo a confirmar un compromiso íntimo conmigo mismo: no ser político. Y tomar distancia de la política activa, al menos mientras esta pueda teñirme de un color distinto al que he usado para pintar mi vida. No desde el desprecio ni desde la huida, sino desde el cuidado. Desde la conciencia de que hay espacios donde uno entra sabiendo que puede salir distinto, y no siempre para bien.
Cuántas veces dije —y lo dije con convicción— “esta patria se defiende”, “tenemos que salvar la patria”, y frases similares. Con el tiempo entendí algo más incómodo: la patria puede defenderse, junto a sus gobernantes, de amenazas externas. Pero no hay manera real de defenderla de quienes están dentro. Porque ahí no hay un frente claro. Se la pasan entre unos y otros, se turnan, se mezclan, se protegen y se disputan el poder dentro del mismo tablero.
Al final, quien gana una contienda electoral suele ser quien maneja mejor los recursos de persuasión y de manipulación emocional. A veces quien logra enfocar su mensaje en un grupo particular, con vulnerabilidades específicas, con carencias, con miedos o con limitaciones que pueden ser activadas desde el discurso. Y aunque duela reconocerlo, al final todos fuimos manipulados de alguna manera. Unos más, otros menos, pero nadie del todo inmune.
El riesgo está en lo que hacemos con esta lucidez. Porque una cosa es ver con claridad y otra muy distinta volverse cínico. Una cosa es entender cómo funciona el sistema y otra es dejar que eso nos vacíe por dentro, nos endurezca o nos haga renunciar a la dignidad emocional.
Por eso esta pregunta importa: ¿quién eres cuando nadie te está mirando? Cuando ya no estás reaccionando a discursos, campañas o promesas. Cuando nadie te empuja emocionalmente. ¿Desde dónde piensas la política? ¿Desde el enojo, desde la resignación o desde una lucidez serena que no se deja manipular tan fácilmente?
A mí no me sirve vivir creyendo que todo es una farsa, pero tampoco me sirve fingir que no veo lo que veo. Lo único que me queda —y no es poco— es cuidar mi centro. Ser crítico sin perder humanidad. Estar atento sin vivir en sospecha permanente. No regalar mi claridad interior, aunque el sistema tenga grietas que me incomodan.
Y tal vez esta sea la parte más dura de aceptar: elegir no significa ganar o perder el país. Elegir significa perderlo de una u otra manera. Lo que sí marca una diferencia es cómo lo pierdes: si perdiéndote tú también por dentro, o si conservas tu conciencia, tu calma y tu dignidad mientras atraviesas esa realidad.
Cuando nadie te está mirando, cuando no hay campaña ni relato emotivo enfrente, queda eso. Tu manera de habitar la política sin desaparecer emocionalmente en ella. Y ese lugar, aunque no cambie el sistema de inmediato, sí cambia algo esencial: no te deja bailar al ritmo que otros deciden sin que al menos sepas quién está poniendo la música.
