
En estos días, luego incluso de la campaña electoral, se ha vuelto cada vez más evidente un fenómeno que no es nuevo, pero sí cada vez más frecuente. Se ve a muchas personas, de poca monta por lo general, hablando de otros para que ese discursito los eleve un escalón en su popularidad. Como si mencionar, criticar o intentar bajarle el piso a alguien más, automáticamente los colocara en un lugar más alto. Como si al hacerlo subieran un peldaño en relevancia. Como si el ruido sustituyera al mérito. Como si la exposición momentánea pudiera confundirse con trayectoria.
Pero ese escalón no es real. Es placebo.
No es por títulos, no es por logros, no es por trayectoria. No está sostenido por trabajo, ni por resultados, ni por consistencia. Es una subida de humo, una ilusión que puede generar aplausos momentáneos —de esos que hacen mucho ruido pero no construyen nada— y que muchas veces viene acompañada de seguidores que celebran el espectáculo más que el contenido. Pero así como sube, se disipa. Y cuando el humo se va, los devuelve exactamente a donde estaban, por más cachorros de jaguar que les hayan aplaudido el más aspaviento.
Nada nuevo.
Lo preocupante es que este comportamiento no se queda en lo superficial. Se ha trasladado a espacios donde debería existir mayor responsabilidad. Desde el Ejecutivo, hablando mal de señoras presidentes, de la Contralora, descalificando a figuras institucionales que deberían ser tratadas con respeto, aunque no se comparta su criterio. Desde la Asamblea, hablando de la Defensora de los Habitantes, como si el desprestigio fuera una herramienta válida de posicionamiento. Desde la Presidencia, minimizando a una diputada electa, excandidata presidencial y ex primera dama, como si reducir a otros fuera una forma legítima de elevarse. Y eso ya no es solo una estrategia de posicionamiento… es un deterioro del nivel del discurso público.
Y luego aparecen los casos que son casi de manual, donde la comparación se vuelve inevitable.
Carlos Robles, que no ha llegado a la primera grada, hablando fuerte contra Juan Carlos Hidalgo, como si restándole importancia a la gallardía del excandidato presidencial, le elevara un poquito su maltrecha imagen. Como si eso alcanzara para subir. Como si restarle valor a quien ha tenido un recorrido político claro, una presencia pública consolidada y una gallardía reconocida, pudiera traducirse en crecimiento propio.
Pero no.
Las gradas, señores y señoras, no se suben hablando de otros.
Se suben con logros. Con trabajo. Con consistencia. Pasito a pasito. Despacio y con buena letra.
Porque pensar que, por ejemplo, criticar a alguien como Óscar Arias Sánchez desde un sillón con una birra en la mano, es credibilidad… no lo es. Y no se trata de estar de acuerdo o no con Arias. Se trata de entender la dimensión de a quién se está intentando reducir.
También he visto a influencers de poca monta, con un puñadito de seguidores, criticar a personas influyentes y generadores de contenido que los superan en decenas de miles de personas que los leen. Influencers que intentan posicionarse atacando a quienes ya tienen trayectoria, como si eso los colocara al mismo nivel.
No los coloca. El ataque no eleva. El ruido no sustituye el valor. Es placebo. Falso. Ilusorio. Momentáneo.
Ese es el resultado que obtienen quienes, por no dar un paso —porque sus rodillas no les dan— se le montan en la espalda a quienes consideran de altura y gallardía. Pero incluso ahí, la realidad termina imponiéndose, porque la altura no se alcanza por cercanía… se alcanza por mérito.
Carlitos, Juan Carlos te queda muy alto. Y no solo por su 1.83. ¡Cuidado! Caer desde esa altura, puede ser peligroso.
Y mientras tanto, también hay que decirlo como es. Diputados manchados y cuestionados… lo siento. Los chicos del Frente Amplio, te gusten o no, se bañen o no, por lo menos no huelen al mal olor de la corrupción.
Y eso, aunque incomode, sigue siendo así.