El hoy, el mañana y el futuro

Todo comenzó en octubre del año pasado. Sin imaginar todo lo que vendría después, la vida me puso a escribir artículos. Al principio eran simplemente reflexiones. Pensamientos sobre el país, sobre la convivencia, sobre la democracia y sobre la necesidad de bajar el tono de una sociedad que parecía cada vez más dispuesta a pelear que a conversar. Poco a poco aquellas palabras comenzaron a encontrar eco. Algunas personas las compartían. Otras me escribían para decirme que les habían servido. Sin proponérmelo, aquellos artículos empezaron a construir algo que después tendría nombre: Apacigua. Lo que nació como una necesidad personal de escribir terminó convirtiéndose en un movimiento humano que comenzó a abrirse espacio en la vida de muchas personas y, sin que yo lo hubiera planeado, también comenzó a abrirme puertas que jamás imaginé que se abrirían.

Gracias a esos artículos, de alguna manera terminé entrando también en la política, no como político, sino como un ciudadano que empezó a conversar con quienes toman decisiones. Aquellos textos me permitieron conocer magistrados, expresidentes de la República, diputados de prácticamente todas las fracciones, funcionarios públicos, académicos, periodistas y muchas otras personas que, desde distintas posiciones, aman profundamente a Costa Rica. Nunca sentí que fuera yo quien estuviera creciendo. Lo que crecía era Apacigua, y yo simplemente caminaba detrás de ella, procurando responder a las oportunidades que iban apareciendo y entendiendo, poco a poco, que aquello ya no era solamente una página de Facebook ni una colección de artículos, sino un proyecto que empezaba a tener vida propia.

Desde el principio imaginé tres grandes áreas de acción. La primera consistía en construir un espacio permanente para llegar a la mayor cantidad posible de costarricenses. De ahí nació el Universo Digital de Apacigua, la radio, las distintas plataformas, los artículos diarios y todos los espacios de reflexión que hoy forman parte del proyecto. La idea siempre fue llevar calma donde hay confrontación, promover el pensamiento crítico, explicar los acontecimientos importantes del país y comentar la actualidad para que las personas pudieran construir su propio criterio, en lugar de repetir automáticamente el de alguien más. Quería que cualquier costarricense, desde cualquier lugar del país, pudiera encontrar un espacio para reflexionar, informarse y, sobre todo, apaciguar un poco su corazón. Esa primera parte, con muchísimo esfuerzo, puedo decir que se ha logrado. No completamente, porque siempre habrá mucho más por hacer, pero hoy Apacigua ya tiene una voz, una comunidad y un espacio desde donde puede llegar diariamente a miles de personas.

La segunda área siempre fue mucho más ambiciosa. Mi sueño era llevar Apacigua directamente a las instituciones y a los Poderes de la República. Trabajar con funcionarios públicos, asesores, diputados, magistrados y otros servidores del Estado en temas de ciudadanía, ética, responsabilidad, democracia, autoanálisis, inteligencia emocional y fortaleza personal. Ayudar a recordar que una persona no debería cambiar sus principios cuando llega al poder, sino precisamente demostrar en el poder quién ha sido siempre. Algunos pasos importantes se han dado. Hemos abierto puertas que hace unos meses parecían imposibles. Hemos realizado talleres, reuniones y conversaciones que hace apenas un año ni siquiera imaginaba. Sin embargo, debo reconocer que este proyecto ha caminado muchísimo más despacio de lo que soñé, principalmente por una razón muy sencilla: los recursos no alcanzan. No ha faltado voluntad. No han faltado ideas. No han faltado puertas abiertas. Han faltado recursos para hacer realidad todo aquello que ya está pensado.

Y la tercera área, quizá la más importante de todas por su impacto a largo plazo, era llevar Apacigua a las escuelas y colegios. Trabajar con niños y adolescentes, ojalá de la mano del Tribunal Supremo de Elecciones y de otras instituciones, enseñando democracia, ciudadanía, respeto, pensamiento crítico, responsabilidad y amor por Costa Rica. No para decirles qué pensar, sino para enseñarles a pensar. No para formar seguidores, sino ciudadanos. Mi sueño era sembrar en ellos valores que algún día les permitieran defender la democracia, proteger las instituciones y, si fuera necesario, reconstruir aquello que las generaciones anteriores no hubiéramos sabido cuidar. Lamentablemente, esa tercera área también ha avanzado muchísimo más lento de lo que soñé, exactamente por la misma razón: los recursos siguen siendo insuficientes para desarrollar proyectos de esa magnitud.

Después vino la campaña electoral. Muchos nos involucramos porque creíamos que todavía había cosas que podían hacerse por Costa Rica. Había entusiasmo. Había energía. Había personas escribiendo todos los días, analizando, investigando, proponiendo y defendiendo ideas con verdadera pasión. Después llegaron las elecciones y ocurrió algo que me llamó profundamente la atención. Muchísimas personas dejaron de escribir. Dejaron de participar. Dejaron de involucrarse. Algunas porque habían alcanzado su objetivo. Otras porque sintieron que ya no valía la pena continuar. Otras simplemente regresaron a su vida cotidiana. Pero Apacigua no. Apacigua siguió porque nunca nació para una campaña electoral. Nunca nació para apoyar a un candidato ni para combatir a otro. Nació para servir a Costa Rica, independientemente de quién ocupara el poder.

Conforme fueron pasando los meses también observé otra realidad. Personas que al principio caminaban muy cerca de este proyecto comenzaron a quedarse en el camino. Algunas por cansancio. Otras porque sintieron que ya no valía la pena. Algunas porque la vida les presentó nuevas prioridades. Otras porque simplemente perdieron la esperanza. No las juzgo. Al contrario. Las entiendo. Mantener el entusiasmo durante unas semanas resulta relativamente sencillo. Mantener viva una causa durante meses, trabajando prácticamente todos los días, enfrentando críticas, limitaciones económicas y momentos de desánimo, es una historia completamente distinta. Y tengo que ser completamente sincero: ha habido momentos en que yo también me he preguntado si vale la pena seguir. Hay días en que el cansancio pesa demasiado, en que flaqueo, en que lloro y en que me siento profundamente impotente. Hay momentos en los que miro la enorme cantidad de proyectos que podrían hacerse por Costa Rica y me doy cuenta de que no existen los recursos para realizarlos. Sueño con programas para las escuelas, con materiales educativos, con herramientas tecnológicas, con campañas de paz, con libros, con conferencias y con muchos otros proyectos que simplemente no pueden desarrollarse porque el tiempo no alcanza, porque el dinero no aparece o porque las manos siguen siendo demasiado pocas.

Estoy convencido de que, si Apacigua contara con mayores recursos, podría hacer muchísimo más por Costa Rica. Esa convicción no nace del orgullo, sino de la cantidad de proyectos que ya existen sobre el papel y que solamente esperan el momento en que puedan convertirse en realidad. Sin embargo, también he aprendido una lección que probablemente me acompañará toda la vida. No puedo trabajar con los recursos que quisiera tener. Tengo que trabajar con los recursos que tengo. Tengo que hacer todo lo que puedo… con lo que puedo. Y quizá esa sea la verdadera esencia de Apacigua. No esperar a que llegue el momento perfecto, sino hacer el mayor bien posible con aquello que hoy tenemos entre las manos.

Porque entonces aparece una reflexión que me acompaña con mucha frecuencia. Creo que mi generación tenía una responsabilidad con el hoy. También tenía una responsabilidad con el mañana. Y tenía, sobre todo, una enorme responsabilidad con el futuro. No estoy seguro de que la estemos cumpliendo como sociedad. A veces pareciera que estamos demasiado ocupados discutiendo el presente como para construir el país que heredarán quienes vienen detrás de nosotros. Pareciera que resolvemos la urgencia del día, pero olvidamos sembrar para dentro de veinte o treinta años. Y esa es precisamente la razón por la que sigo haciendo lo que hago. Porque existe una pregunta que no quisiera escuchar nunca. No quisiera que dentro de algunos años alguien me preguntara: «¿Y usted, viendo todo lo que estaba ocurriendo, por qué no hizo algo?» Quiero poder responder con tranquilidad: «Hice todo lo que estuvo a mi alcance.» Tal vez no fue suficiente. Tal vez pudo hacerse mejor. Pero nunca me quedé de brazos cruzados.

Y si al leer estas palabras sentís que esta causa también merece una oportunidad; si creés, como yo, que Costa Rica todavía vale el esfuerzo; si pensás que todavía es posible construir una ciudadanía más fuerte, instituciones más sólidas y una democracia mejor preparada para el futuro, quiero decirte algo muy sencillo. Todavía es tiempo. Todavía se puede. Si querés darme una mano para que Apacigua pueda responder a ese llamado con más fuerza, con más proyectos, con más presencia en las instituciones y, ojalá muy pronto, también en las escuelas y colegios del país, todavía estamos a tiempo. Porque el hoy nos corresponde a nosotros. El mañana también. Y el futuro se lo debemos a quienes todavía no tienen voz.

Hoy, casi diez meses después de haber comenzado este camino, puedo mirar hacia atrás con enorme tranquilidad. Muchos se quedaron en el camino. Algunos porque ya habían cumplido su objetivo. Otros porque la vida los llevó por otros rumbos. Otros porque simplemente se cansaron. Todos merecen mi respeto. Pero Apacigua sigue aquí. Y yo también. No solo seguimos con la misma fuerza. Me atrevo a decir que seguimos con más fuerza que al principio. Porque ahora tenemos más experiencia, más claridad y más convicción. Apacigua y yo, Vinicio Jarquín, todavía no hemos caído en batalla. Y mientras Dios siga abriendo el camino, seguiremos caminando, haciendo todo lo que podamos… con lo que podamos.

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