¿Y si no era para humillarlos a ellos?

Hoy me pregunto algo distinto. Ya no solamente si los diputados o magistrados fueron ofendidos, humillados o irrespetados durante las recientes reuniones con el Poder Ejecutivo. Me pregunto si, en realidad, ellos ni siquiera eran el objetivo principal de la escena.
Porque Costa Rica entera observó lo ocurrido. Primero vino la reunión con el Poder Judicial. Después la reunión con el Poder Legislativo. Y todo esto sucediendo apenas días después de que desde Casa Presidencial se pidiera públicamente la renuncia de la señora Contralora General de la República. Tres escenas distintas. Tres instituciones distintas. Tres poderes o contrapesos distintos quedando, de una u otra forma, colocados bajo presión pública desde el Ejecutivo.
Y desde entonces el país parece dividido en dos emociones completamente distintas. Hay personas profundamente indignadas por la manera en que se trató a representantes de otros poderes de la República. Lo ven como una falta de respeto institucional, como una forma innecesaria de confrontación, como una intención de dejar claro quién manda. Pero también hay otro sector importante de la población que celebra precisamente eso. Personas que sienten satisfacción al ver un Ejecutivo fuerte, dominante, confrontativo, capaz de “poner en su lugar” a otros poderes que consideran débiles, corruptos o inútiles.
Y ahí es donde aparece una pregunta muchísimo más inquietante. ¿Y si el objetivo nunca fue realmente maltratar a los miembros de los otros poderes? ¿Y si aquello fue, más bien, una puesta en escena cuidadosamente diseñada para enviarle un mensaje directo al público costarricense?
Porque si uno observa con calma la lógica política de lo ocurrido, empieza a notar algo interesante: cuando un gobernante expone públicamente a otros poderes, cuando los corrige frente a cámaras, cuando los obliga a entrar bajo condiciones especiales, cuando los confronta en vivo o les habla desde una posición casi monárquica, el mensaje no necesariamente va dirigido al diputado, al magistrado o a la contralora sentados enfrente. El verdadero destinatario podría ser el ciudadano que observa desde la casa.
Es una demostración de poder. Una narrativa visual. Una escenografía política diseñada para que el costarricense común sienta que existe alguien que finalmente “manda”, que finalmente “controla”, que finalmente “pone orden”. Y honestamente, eso podría explicar muchas cosas.
Porque si el objetivo hubiera sido únicamente humillar a representantes del Poder Judicial o Legislativo, el efecto práctico sería contraproducente. Ningún magistrado ni ningún diputado querría volver a sentarse en una mesa donde siente que será públicamente exhibido o utilizado. Pero si la intención real era construir emocionalmente ante el país la imagen de un Ejecutivo dominante frente a instituciones debilitadas, entonces la lógica cambia completamente.
En ese caso, los diputados, magistrados y autoridades institucionales no serían necesariamente enemigos.
Serían símbolos.
Elementos de una narrativa política muchísimo más grande.
Y ahí es donde la situación empieza a volverse delicada. Porque las democracias saludables normalmente no necesitan demostrar constantemente quién manda. Precisamente porque el poder está distribuido. Porque los poderes se equilibran entre sí. Porque el sistema funciona sobre límites mutuos y no sobre jerarquías emocionales.
Pero cuando una parte importante de la población empieza a desear que exista una figura que se imponga sobre todos los demás, algo cambia profundamente en la cultura democrática de un país. El ciudadano deja de enamorarse de las instituciones y empieza a enamorarse de la idea de autoridad.
Y cuidado. Porque ahí es donde muchas democracias comienzan lentamente a transformarse en otra cosa.
Claro, una parte importante del país celebra estas escenas. Las siente necesarias. Las interpreta como fortaleza. Y sería un error no reconocerlo. Hay muchísima gente cansada de la burocracia, de la inseguridad, de la lentitud institucional y de la sensación de que nada funciona. Entonces aparece un liderazgo fuerte, confrontativo, dominante… y emocionalmente eso produce alivio en muchas personas.
Pero también hay otro grupo de costarricenses que observa estas escenas con preocupación genuina. No porque amen automáticamente a diputados, magistrados o contralores. No porque crean que las instituciones son perfectas. Sino porque entienden algo mucho más profundo: cuando un país empieza a acostumbrarse a ver a un poder humillar públicamente a los otros, poco a poco empieza también a normalizar la concentración emocional del poder.
Y eso nunca termina siendo un tema pequeño. Por eso hoy me pregunto si realmente estábamos observando simples reuniones políticas… o si apenas estamos viendo el inicio de una estrategia mucho más grande. Una donde el mensaje principal no era para quienes estaban sentados en la mesa.
Sino para ti. Para mí. Para cada costarricense que observaba desde una pantalla intentando entender, quizá sin darse cuenta todavía, quién se supone que manda aquí.
Y lo más lamentable de todo esto es que existe una cantidad importante de costarricenses que no solo tolera estas escenas, sino que las aplaude con entusiasmo. Personas que celebran la matonería, la agresividad y las ínfulas del poder porque, psicológicamente, sienten una identificación emocional con quien domina, humilla o impone. Como si, a través de esa figura fuerte, pudieran vivir indirectamente una fantasía de autoridad que jamás han tenido en su propia vida.
Y esa parte sí debería preocuparnos profundamente. Porque cuando una sociedad empieza a admirar más la capacidad de intimidar que la capacidad de construir, dialogar o respetar límites, lo que se erosiona ya no es solamente la institucionalidad.
Empieza a erosionarse también la cultura democrática del ciudadano común.
Pero no nos confundamos. No nos dejemos engañar por la escenografía, los tonos fuertes, las cámaras, los gestos calculados o las frases diseñadas para impactar emocionalmente. Porque lo que vimos estos días no fue realmente una demostración de poder. Fue un simulacro de poder.
Fue, como dice el viejo dicho popular, un “burro amarrado frente a tigre suelto”.
Porque en una democracia real, como la que todavía sigue siendo Costa Rica, ningún poder de la República manda sobre el otro. Ninguno está por encima de los demás. Ninguno tiene autoridad constitucional para comportarse como dueño absoluto del país. Y aunque algunas escenas recientes parecieran querer transmitir exactamente esa sensación, la realidad institucional sigue siendo otra muy distinta.
Aquí todavía existen pesos y contrapesos. Aquí todavía existe separación de poderes. Aquí todavía un magistrado no le responde a una presidenta como subordinado. Aquí todavía un diputado no es empleado del Ejecutivo. Aquí todavía la Contralora General de la República no puede ser removida simplemente porque incomoda políticamente o porque alguien desde Casa Presidencial considere que debe irse.
Y eso es importante recordarlo. Porque precisamente ahí radica la diferencia entre una democracia y otra cosa. Las democracias maduras no funcionan porque una figura “manda” sobre todos los demás. Funcionan porque nadie puede hacerlo. Funcionan porque el poder está repartido, limitado y constantemente vigilado por otras instituciones. Y aunque eso muchas veces vuelve más lento, más incómodo y frustrante el funcionamiento del Estado, también es exactamente lo que evita que un país termine dependiendo emocionalmente de la voluntad de una sola persona.
Por eso hay algo profundamente peligroso cuando una sociedad empieza a enamorarse demasiado de las demostraciones teatrales de autoridad. Porque el ciudadano empieza a confundir firmeza con dominación. Liderazgo con intimidación. Carácter con humillación pública.
Y no. Una cosa no necesariamente implica la otra. La verdadera fortaleza democrática no está en ver quién grita más fuerte desde un podio. Está en la capacidad de sostener límites, respetar instituciones y entender que gobernar una República no consiste en someter poderes, sino en convivir con ellos, incluso cuando incomodan, cuestionan o contradicen.
Porque el día que un poder realmente logre imponerse completamente sobre los otros… ese día Costa Rica dejaría de ser la democracia que todavía seguimos teniendo.