Dicen los expertos que existe algo llamado síndrome de Hubris, un trastorno que aparece cuando el poder deja de vivirse como una responsabilidad y se transforma en un espejo deformado que refleja únicamente la propia grandeza. Es una distorsión interna que se alimenta del aplauso, del silencio de los subordinados y de la sensación creciente de que el mundo gira alrededor de la propia voluntad. En ese estado, el liderazgo deja de ser servicio y se convierte en un acto permanente de auto celebración
Este síndrome se reconoce por señales tan claras que sorprende lo fácil que es pasarlas por alto cuando la figura que lo padece está envuelta en carisma o en narrativas salvadoras. Quien cae en él desarrolla un ego desmesurado, acompañado de una arrogancia que no admite límites y un desprecio abierto hacia cualquier opinión que contradiga su historia personal. Se obsesiona con su imagen, con su versión de los hechos y con la idea de que su criterio es superior al de toda una nación. Sus decisiones se vuelven incuestionables, sus errores “no existen” y su palabra busca colocarse por encima de la realidad misma.
En el fondo, es la pérdida del juicio envuelta en la ilusión del liderazgo. Es un estado mental donde la persona deja de ver el mundo tal como es y empieza a verlo únicamente como una extensión de su propio deseo. Y lo inquietante es que, según quienes han estudiado este fenómeno, el síndrome no aparece por casualidad: afecta casi exclusivamente a personas con poder prolongado, sin contrapesos, sin vigilancia ciudadana y sin entornos que se atrevan a decirles “no”.
Lo curioso —lo verdaderamente curioso— es que para reconocerlo no hace falta un diagnóstico médico ni un comité de especialistas. Basta observar cómo actúan ciertos líderes cuando sienten que nadie puede detenerlos, cuando sospechan que el país es un decorado y la ciudadanía una multitud dispuesta a aplaudir cualquier gesto, por irracional que sea. El síndrome se revela en la forma en que hablan, en cómo desprecian la crítica, en cómo manipulan el miedo y en cómo interpretan la discrepancia como una amenaza personal.
Cualquier parecido con nuestra realidad nacional… es pura coincidencia.
O tal vez no.