
Hace poco alguien me preguntó si realmente creo que las instituciones del Estado —la Contraloría, la Caja, los ministerios, la Asamblea Legislativa— están libres de pecado. Si de verdad pienso que no hay corrupción, argollas o intereses ocultos en ellas.
Y mi respuesta es sencilla: no lo creo.
Por supuesto que puede haber corrupción, favoritismos, grupos enquistados y errores. Eso ha pasado en todos los gobiernos y seguirá ocurriendo en cualquier país del mundo.
Pero el trabajo de un presidente no es solo señalar esos defectos, sino sanarlos.
No es romper el tejido del Estado, es repararlo.
No es incendiar las instituciones, es fortalecerlas.
Un presidente que encuentra fallas debería reunirse con quienes las dirigen, entender el problema, escuchar, proponer soluciones.
Debería sentarse con la Contralora y decirle:
“A ver, ¿en qué estamos fallando? ¿Cómo podemos mejorar esto juntos?”
Debería visitar la Asamblea Legislativa y decir a los diputados:
“Tenemos una agenda grande, ¿qué necesitan para que podamos avanzar? ¿Qué parte de este proyecto no convence y cómo la mejoramos?”
Eso es gobernar. Eso es liderar. El liderazgo verdadero no se demuestra atacando, sino construyendo.
Porque si el presidente dedica su tiempo a señalar lo que está mal, pero no a corregirlo, se convierte en comentarista del problema, no en parte de la solución.
Una vez, un amigo, Adolfo Sibaja, me dijo algo sobre los pastores evangélicos que también aplica aquí:
“Los pastores están para pastorear, no para decir: ahí viene el lobo.”
Y tenía razón. El presidente está para guiar, no para asustar; para inspirar, no para dividir.
Si en un ministerio hay corrupción, que la corrija. Si en una institución hay ineficiencia, que la repare. Pero que no salga cada mañana a gritarle al país que todo está podrido. Porque si el Estado es la casa de todos, un buen líder no la destruye: la limpia, la ordena, la hace habitable.
Si yo tuviera un hijo enfermo o con problemas, no saldría a la calle a señalarlo ni a acusarlo. Lo amaría, lo acompañaría, buscaría ayuda, haría todo lo posible para sacarlo adelante. Y eso mismo debería hacer un presidente con su país.
No se trata de negar los errores. Se trata de asumirlos con responsabilidad, con madurez y con amor a la patria.
Porque gobernar no es tener siempre la razón. Gobernar es sanar.