
En innumerables comentarios en mis publicaciones, algunas personas aseguran que debo tener intereses económicos para escribir de forma crítica sobre el gobierno de don Rodrigo Chávez. Que, probablemente, las políticas del presidente —al “poner en evidencia a los corruptos”— han tocado mis intereses, y que por eso escribo lo que escribo.
Es una posición interesante. Porque, según esa lógica, si no apoyo al presidente, debo tener algo que esconder. Y, honestamente, eso me dice más sobre la forma en que piensan ellos que sobre mí.
Primero, nunca he llegado a pensar que quienes apoyan al presidente lo hagan por intereses económicos o por esperar un beneficio. Supongo, más bien, que lo apoyan porque lo creen necesario, porque confían en su liderazgo, o porque les parece que está haciendo un buen trabajo. Y eso está bien. Les doy el beneficio de la duda, porque en democracia todos tenemos derecho a pensar distinto.
Pero para algunos de ellos, si no me gusta don Rodrigo, soy corrupto. Si escribo un análisis crítico, es porque “alguien me paga”.
Y si no estoy de acuerdo, es porque “algo debo tener que perder”.
Me resulta curioso —y a veces triste— que no contemplen otra posibilidad: la de que haya personas que hacemos las cosas simplemente porque creemos que es lo correcto. Que no necesitamos dinero, ni beneficios, ni influencias para expresar lo que pensamos. Que no escribimos por conveniencia, sino por conciencia.
Quizás a muchos les cuesta entender eso porque nunca han actuado desde ese lugar. Tal vez nunca han defendido una idea solo por convicción. Tal vez no han sentido lo que se siente hacer algo porque el alma lo dicta, no porque el bolsillo lo exige.
No lo sé. Pero de algo sí estoy seguro: cuando uno escribe desde la conciencia, el tiempo se encarga de poner las cosas en su lugar.