24 de marzo de 2025
Invasión a Panamá
NOTA DE PRENSA

Publicación especial – 1 de marzo de 2026
Última Hora: Una historia que no ha ocurrido, pero podría ser real
Hoy, primero de marzo del 2026, quiero compartir con ustedes algo distinto. No es una noticia real, aunque podría parecerlo. Es una historia que no ha sucedido —todavía—, pero que, en otro escenario, bien podría ser parte de nuestro presente.
Imaginen esto: Estados Unidos invade Panamá. Lo hace con todo su poderío militar, ocupando el Canal, tomando el control del país y dejando al mundo entero mirando en silencio. ¿Y qué pasa con Costa Rica? ¿Con Colombia? ¿Con el resto de América Latina? ¿Y con el mundo?
Eso es lo que exploro en este relato de ficción política y geopolítica, una especie de ensayo narrativo disfrazado de novela breve. Una historia donde la fuerza vence al diálogo, y donde la ocupación deja de ser un concepto del pasado para convertirse en una realidad próxima. En este escenario inventado —pero posible—, el conflicto inicia hoy, 1 de marzo de 2026, y se extiende en una espiral que cambia el mundo por completo.
Lo que van a leer no es una predicción, ni una denuncia, ni un deseo. Es, más bien, un ejercicio de imaginación crítica: ¿qué pasaría si las cosas se salieran de control? ¿Qué tan frágil es realmente el equilibrio de paz que creemos tener? ¿Y qué papel jugaríamos nosotros, los que estamos al margen de las decisiones, pero al centro de las consecuencias?
Este relato no es real. Pero… ¿y si lo fuera?
Espero que esta historia los mueva, los inquiete, y sobre todo, los invite a pensar.
Vinicio Jarquín
01 – El despertar de la tensión
Contexto global:
Es el inicio de 2026, y el mundo observa con cautela el creciente enfrentamiento entre Estados Unidos y Panamá. La economía global está aún intentando recuperarse de las secuelas de la pandemia del COVID-19, pero el Canal de Panamá sigue siendo uno de los puntos más estratégicos del comercio internacional. La vía interoceánica no solo conecta dos océanos, sino que es el corazón del comercio mundial, vital para los intercambios entre Asia, Europa y las Américas.
Aunque Panamá ha mantenido el control del Canal desde 1999, las relaciones con Estados Unidos siempre han estado marcadas por tensiones. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, reelecto para un segundo mandato en 2024, ha dejado claro que recuperar el control total del Canal es una prioridad para su gobierno. Trump considera que la vía interoceánica es una extensión del poder estratégico de los EE. UU. en la región, y ha comenzado a presionar a Panamá para ceder más control o enfrentar consecuencias severas.
La situación en Panamá:
En Panamá, el presidente José Rodríguez se enfrenta a un dilema casi imposible. Su país depende económicamente del Canal, pero ceder el control a Estados Unidos podría poner en peligro la soberanía de la nación. A lo largo de los últimos meses, las conversaciones entre ambos países se han ido deteriorando, y las demandas estadounidenses se han vuelto cada vez más intransigentes.
El presidente Rodríguez sabe que la posibilidad de una invasión es real, y los informes de inteligencia sugieren que Estados Unidos está movilizando recursos y tropas en las cercanías del Canal. Aunque la diplomacia aún tiene espacio, la presión sobre el gobierno panameño aumenta. Rodríguez mantiene la calma en público, pero dentro de su equipo de seguridad y de defensa, la preocupación es palpable.
La presión de Estados Unidos:
En Washington, los planes del gobierno de Trump se hacen más evidentes. En una reunión del Consejo de Seguridad Nacional de EE. UU., se discute la recuperación del Canal como parte de una estrategia geopolítica más amplia. Aunque la administración Trump ha asegurado que la diplomacia sigue siendo la prioridad, los altos mandos militares ya están ultimando los detalles de una posible invasión.
El envío de portaaviones Nimitz y destructores de misiles guiados hacia las costas de Panamá se realiza bajo el pretexto de ejercicios militares en el área, pero los informes de inteligencia revelan que no se trata solo de maniobras rutinarias. F-35 Lightning II y F/A-18 Hornet ya están realizando vuelos de patrullaje en el espacio aéreo panameño, mientras que helicópteros AH-64 Apache y transportes CH-47 Chinook comienzan a llegar a las bases en Colombia, listos para ser desplegados.
Trump no es ajeno a la historia del Canal. Sabe que, en un sentido simbólico, tomar el Canal no solo fortalecería la posición económica de Estados Unidos, sino que también restablecería una de las mayores fuentes de poder del país en la región. Además, la presión de su base política nacional le exige que actúe enérgicamente para recuperar lo que considera un derecho histórico.
La respuesta de los vecinos:
Los gobiernos de Costa Rica y Colombia, países vecinos que observan con creciente alarma los movimientos de Estados Unidos, se encuentran en una posición muy delicada.
En Costa Rica, la presidenta María Elena Rodríguez, una firme defensora de la paz y la neutralidad, se enfrenta a la difícil tarea de mantener su política exterior en equilibrio mientras su país se ve directamente afectado por la situación en Panamá. Costa Rica no tiene ejército desde 1949, y la idea de una intervención estadounidense en Panamá coloca al país en una posición difícil. Si bien el gobierno costarricense ha sido históricamente aliado de Estados Unidos, las repercusiones de apoyar una invasión de un país vecino no son fáciles de ignorar.
El Comité de Seguridad Nacional de Costa Rica se reúne de manera urgente. Rodríguez se encuentra atrapada entre la presión de su población, que exige que Costa Rica se pronuncie con firmeza contra la intervención, y la realidad de que cualquier postura en contra de Estados Unidos podría traer consecuencias económicas y diplomáticas graves.
Por otro lado, Colombia, que comparte una extensa frontera con Panamá, se ve cada vez más preocupada por las implicaciones de la invasión. El presidente colombiano, Carlos Méndez, es consciente de que un conflicto en Panamá podría tener repercusiones en su propia seguridad y estabilidad. Colombia tiene un ejército considerable, pero la situación política es inestable y las tensiones internas, exacerbadas por el narcotráfico y la guerrilla, hacen que el país no pueda permitirse un conflicto más.
El ambiente de incertidumbre:
En Panamá, la población comienza a sentir la presión de la incertidumbre. En las calles de Ciudad de Panamá, los rumores sobre una invasión estadounidense se hacen más fuertes cada día. Las tiendas de suministros se vacían rápidamente, y muchas personas comienzan a abandonar las zonas cercanas al Canal, temiendo lo peor.
En el gobierno panameño, las consultas son intensas. Aunque se toman medidas de seguridad adicionales, la realidad de enfrentarse a las fuerzas militares de Estados Unidos, con una diferencia de poder tan abismal, es desconcertante.
En la diplomacia internacional, las primeras voces de condena empiezan a elevarse. Sin embargo, las amenazas de EE. UU. son claras y directas, lo que hace que la comunidad internacional se sienta impotente ante el avance inevitable de los planes estadounidenses.
02 – La invasión comienza
La madrugada del 1 de marzo de 2026
En las primeras horas del día, el cielo sobre el Canal de Panamá se iluminó con la presencia de aviones F-35 Lightning II que surcaban el aire a gran velocidad. La tensión que se había acumulado durante semanas llegó a su punto crítico. Desde los primeros rayos de sol, la flota estadounidense se encontraba posicionada estratégicamente en ambos extremos del Canal. La invasión era inminente.
A lo lejos, en la capital panameña, el presidente José Rodríguez ya sabía lo que estaba por suceder. En su oficina, la luz de su escritorio brillaba débilmente en la madrugada. Los informes que llegaban a su escritorio mostraban que las tropas estadounidenses ya estaban en las costas de Colón y Balboa. La decisión de ceder al control estadounidense parecía inevitable, pero Rodríguez aún mantenía la esperanza de que la diplomacia pudiera abrir una salida.
Mientras tanto, en la sala de guerra del Consejo de Seguridad Nacional de EE. UU., los altos mandos militares ya habían dado la orden de activación. Los portaaviones Nimitz y Harry S. Truman, con más de 160 aeronaves a bordo, se alineaban frente a las costas de Panamá, acompañados por una flotilla de destructores de misiles guiados y fragatas. Se esperaba que la operación fuera rápida y efectiva, sin mayores obstáculos.
La entrada de las tropas:
La primera oleada de fuerzas especiales estadounidenses comenzó a aterrizar en puntos estratégicos alrededor de las esclusas del Canal. Fuerzas de elite de la 82ª División Aerotransportada, con más de 3,000 soldados, fueron lanzadas por aire en Chinooks hacia las principales instalaciones portuarias de Colón y Ciudad de Panamá. Su misión era asegurar los puntos clave del Canal y neutralizar cualquier intento de resistencia organizada.
En los alrededores de la ciudad, las tropas blindadas M1 Abrams comenzaron a avanzar, protegiendo las posiciones mientras aseguraban el control de las rutas hacia y desde el Canal. La combinación de aviación de combate, artillería pesada y unidades de asalto terrestre resultaba casi imparable.
La respuesta panameña:
José Rodríguez, desde su oficina presidencial, recibió las primeras noticias: las tropas panameñas no podrían resistir mucho más. En las calles de Ciudad de Panamá, los enfrentamientos comenzaron de forma esporádica. Las unidades de la Policía Nacional y la Guardia Rural intentaron organizar una resistencia, pero sabían que sus esfuerzos serían en vano. La diferencia de poder militar era demasiado grande. Las tropas estadounidenses avanzaban con una fuerza avasallante, asegurando rápidamente los puntos neurálgicos del Canal.
El presidente Rodríguez, rodeado por su equipo de asesores y militares, tomaba decisiones difíciles. Tras varios intentos fallidos de contactar a Washington para detener el avance militar, se dio cuenta de que el futuro de su nación dependía de una salida pacífica. Por un momento, los nervios afloraron, pero el pragmatismo del presidente le hizo firmar las órdenes para una evacuación de las áreas más críticas, buscando evitar una masacre entre la población civil.
Colombia y Costa Rica en alerta:
Al mismo tiempo, en Bogotá, el presidente Carlos Méndez se encontraba en una videollamada de emergencia con su equipo de defensa. Las noticias de la invasión ya habían cruzado las fronteras. A pesar de las tensiones internas, Colombia no podía ignorar lo que ocurría en su vecino inmediato. Méndez evaluaba las opciones de intervención o de refuerzo de la seguridad en la frontera, pero sabía que su país no podía permitir una expansión del conflicto.
En San José, la presidenta María Elena Rodríguez, aunque acostumbrada a manejar situaciones diplomáticas delicadas, se encontraba ahora ante una de las decisiones más difíciles de su presidencia. Costa Rica, que no tiene ejército, había sido un firme defensor de la paz en la región, pero la amenaza de la invasión estadounidense a su vecino era directa. Tras una reunión urgente con su gabinete, decidió movilizar a la Policía Nacional y otros cuerpos de seguridad para asegurar las fronteras y proteger a la población. Además, ordenó la preparación de refugios temporales en caso de que miles de panameños buscaran asilo en Costa Rica.
El gobierno de Costa Rica también comenzó a presionar diplomáticamente a la ONU y a la OEA para que intervinieran y pidieran la retirada de las tropas estadounidenses. Sin embargo, la impotencia internacional comenzaba a quedar clara, ya que EE. UU. parecía decidido a mantener su ocupación del Canal.
Los primeros choques:
A medida que las tropas estadounidenses tomaban el control de los puertos y las instalaciones portuarias, se desataron enfrentamientos más intensos en las calles de Ciudad de Panamá. Un pequeño grupo de ciudadanos, junto con algunos soldados panameños, intentaron resistir en las cercanías de la Esclusa de Miraflores. A pesar de su valentía, fueron rápidamente superados por los ataques aéreos y los avances de los blindados estadounidenses. La escena era caótica: el estruendo de las explosiones y el rugir de los motores de los tanques inundaban la ciudad, mientras los residentes corrían para protegerse.
La ocupación de las esclusas:
Las esclusas de Miraflores, un punto vital en la operación del Canal, fueron tomadas al amanecer por las fuerzas especiales de EE. UU.. No hubo una gran resistencia, pero los enfrentamientos en las afueras de la zona provocaron algunas bajas en ambos bandos. Las tropas estadounidenses comenzaron a sellar las áreas alrededor del Canal y las instalaciones cercanas, asegurando que cualquier intento de resistencia fuera rápidamente sofocado.
Mientras tanto, Rodríguez, desde el Palacio de las Garzas, comenzó a coordinar la rendición oficial, buscando una salida que permitiera evitar mayores bajas y facilitar un eventual acuerdo con Estados Unidos. Sabía que la ocupación era irreversible, pero aún mantenía la esperanza de que la diplomacia podría evitar una completa aniquilación de su país.
Repercusiones internacionales:
En las horas siguientes, el mundo comenzó a despertar ante la noticia de la invasión. Los gobiernos de Costa Rica y Colombia se mantuvieron en alerta máxima, evaluando sus próximas jugadas diplomáticas. Los llamados a la paz desde la comunidad internacional fueron intensos, pero el control de las fuerzas estadounidenses sobre el Canal parecía inquebrantable.
Las repercusiones de este conflicto, tanto para la región como para la política mundial, aún estaban por definirse.
03 – El despertar de Costa Rica
San José, Costa Rica – 2 de marzo de 2026
La tensión en Costa Rica era palpable. Aquel día, el sol salió de manera tranquila sobre el Pacífico, pero una sombra gris se cernía sobre el país. San José, la capital, era solo un reflejo de la pesadumbre que se había apoderado de todos los rincones de la nación. Durante décadas, Costa Rica y Panamá habían sido como hermanos, compartiendo lazos profundos que se extendían desde los tiempos coloniales hasta el presente. Las familias de ambos países se conocían, sus economías estaban interrelacionadas, y la cultura, marcada por la calidez y la cercanía, mantenía a los pueblos unidos a pesar de las fronteras.
Pero ahora, la invasión de Panamá por parte de Estados Unidos había destrozado esa fraternidad. El rugir de los aviones sobrevolando el Canal de Panamá no solo resonaba en las montañas de Panamá, sino que también retumbaba en Costa Rica. F-35 Lightning II y F/A-18 Hornet cruzaban el cielo costarricense en un ciclo interminable, como una pesadilla continua. Las vibraciones de sus motores hacían temblar los edificios de San José, mientras las casas de las áreas rurales sentían el retumbar como si el mismo suelo se agitara. Los aviones no solo pasaban sobre el Canal de Panamá, sino que volaban en un círculo de protección sobre las aguas, sobrevolando toda la región del Istmo. Y, aunque la guerra no había tocado aún su suelo, el miedo ya había comenzado a marcar el paso de cada día en Costa Rica.
El dolor de la separación:
La presidenta María Elena Rodríguez caminaba por los pasillos de su residencia oficial, mirando las imágenes en su teléfono: Panamá, su hermano cercano, invadido por el país que, hasta hace poco, era considerado el protector de América Latina. El país más poderoso del mundo había dado un paso hacia la violencia, y ella sabía que, como líder de Costa Rica, tenía que tomar decisiones difíciles. Pero ¿cómo defenderse ante un gigante? Costa Rica no tenía ejército. El país se había construido sobre el pilar de la paz y la neutralidad. Era el país que había abrazado a todos los refugiados de Centroamérica, el país que siempre se había presentado como un faro de diplomacia y diálogo. Y, sin embargo, ahora se veía impotente ante la invasión de su vecino.
María Elena se había reunido con su gabinete varias veces en las últimas 48 horas, tratando de encontrar una respuesta que no fuera solo la de condenar la invasión. ¿Cómo condenar algo que ya estaba hecho? ¿Cómo enfrentar a un país con el que, históricamente, habías mantenido relaciones diplomáticas cercanas y que, en un giro inesperado, se convierte en una amenaza palpable sobre tu frontera?
Cada vez que pensaba en las posibilidades, un nudo se le formaba en el estómago. Costa Rica siempre había sido un oasis de paz en una región marcada por conflictos. Y ahora, a tan solo unos kilómetros de su frontera, las bombas caían en Panamá, mientras el aire de su país era serpenteado por los aviones que volaban sin cesar. La invasión no solo estaba destruyendo a Panamá, sino que Costa Rica sentía el peso de la amenaza cada vez más cerca. Y, además, el panorama económico, que se había mantenido relativamente estable gracias al turismo, comenzaba a desmoronarse.
Impacto en la economía costarricense:
El turismo, que representaba el 30% del Producto Interno Bruto de Costa Rica, había comenzado a decaer inmediatamente. Los turistas, que generalmente disfrutaban de las hermosas playas del Pacífico y el Caribe, las montañas de Arenal y los parques nacionales, comenzaban a cancelar sus reservas. La noticia de la invasión, las tensiones en la región y el sobrevuelo constante de aviones de combate sobre el Canal desalentaban a los visitantes de llegar a un país tan cercano al epicentro del conflicto.
Las líneas aéreas comenzaron a suspender vuelos, no solo hacia Panamá, sino también hacia Costa Rica, por la cercanía de los vuelos militares en la región. Las aerolíneas temían por la seguridad de los vuelos. Los pequeños hoteles rurales, que dependían de turistas internacionales, comenzaron a cerrar. Las empresas de excursiones que ofrecían tours por los bosques tropicales y las playas tranquilas vieron cómo sus clientes se desvanecían ante el miedo. Costa Rica, una nación pacífica y próspera por la belleza de su naturaleza, comenzaba a perder su principal fuente de ingresos, mientras veía con impotencia cómo la pesadilla se desataba en su vecino.
La impotencia del pueblo:
En las calles de San José, la gente no sabía cómo reaccionar. Carlos, un comerciante de 45 años, observaba cómo sus clientes, que antes venían con entusiasmo a comprar productos típicos de la región, ahora se mostraban indecisos, mirando constantemente al cielo, donde los aviones estadounidenses cruzaban la línea del horizonte. En su negocio, las ventas caían, y él, como muchos, sentía una mezcla de enojo y tristeza. ¿Cómo podía ser esto real? pensaba. ¿Cómo un país como el mío, que ha apostado por la paz, se ve atrapado en el fuego cruzado?
Las familias costarricenses también estaban afectadas. En Cartago, los hogares comenzaron a sentir la presión de los aviones que volaban sobre la zona, aterrorizando a los niños y preocupando a los padres, que nunca habían tenido que temer por el ruido de la guerra. Las cenas familiares ya no eran tranquilas. Las conversaciones giraban en torno a la invasión y el impacto que tendría para Costa Rica. La desesperanza flotaba en el aire. Nadie sabía qué hacer ni cómo evitar el desastre que se cernía sobre la región.
El camino hacia la desesperación:
María Elena, tras una larga jornada de trabajo, se paró frente a la ventana de su oficina presidencial. Miró el cielo, donde los aviones cruzaban una y otra vez sobre el Canal de Panamá. Costa Rica no podía hacer nada. Nada militar, nada diplomático, nada práctico. En la distancia, el rugir de los aviones parecía acercarse cada vez más. Aunque no eran bombas, el retumbar era suficiente para generar una sensación de que la guerra había llegado al país más pacífico de Centroamérica.
En un instante, María Elena se dio cuenta de algo que ya sabía, pero que hasta ese momento no había asimilado completamente: la historia de paz de Costa Rica estaba en peligro, no solo por la invasión de Panamá, sino por la impotencia total de su país ante un gigante que, en nombre de la protección de la región, había desencadenado un conflicto que afectaría a todos.
04 – La vida bajo ocupación
Ciudad de Panamá – 3 de marzo de 2026
La ciudad de Panamá no era la misma desde la madrugada del 1 de marzo. Lo que antes había sido un lugar vibrante, lleno de vida y actividad, ahora parecía una ciudad sitiada. En las calles, los ecos de los helicópteros y el rugir de los aviones de combate seguían siendo una constante. Los edificios, que antes resplandecían bajo el sol tropical, ahora se veían empañados por el polvo y la tensión. Las vibraciones de los tanques M1 Abrams desplazándose por las avenidas hacían temblar los cimientos de los hogares.
El presidente José Rodríguez, que había tomado la decisión de ceder a las fuerzas estadounidenses para evitar una masacre mayor, se encontraba aislado en su despacho. La rendición, aunque estratégica, había dejado una marca profunda en su alma. En el primer día de ocupación, Panamá se vio obligada a alinearse con las demandas de Estados Unidos, pero la sensación de pérdida era abrumadora. La nación, que había luchado tanto por su autonomía, ahora se encontraba bajo el control de una potencia extranjera, y el futuro parecía incierto.
Las calles de la ciudad:
Los habitantes de Ciudad de Panamá se adaptaban a una nueva realidad que los superaba. La gente, que antes se desplazaba con la confianza que solo una nación soberana puede otorgar, ahora se encontraba cautiva. Los soldados estadounidenses, en sus uniformes camuflados, patrullaban las calles, mirando con desdén a los panameños. La presencia militar era opresiva: checkpoint tras checkpoint. Nadie podía caminar libremente por la ciudad sin ser detenido y registrado.
En las tiendas, los estantes comenzaban a vaciarse. Las empresas locales cerraban una tras otra, ya sea porque sus dueños se habían ido o porque simplemente ya no podían operar bajo la ocupación. La moneda local, el balboa, perdía valor, mientras el dólar estadounidense comenzaba a dominar las transacciones diarias. Las páginas de noticias se llenaban de titulares que solo hablaban de la ocupación estadounidense. Las noticias eran controladas, y los canales de televisión internacionales solo informaban lo que el gobierno de Trump permitía.
En las escuelas, los niños fueron enviados a casa. Los padres se preocupaban por la seguridad de sus hijos, pero también por cómo enseñarles a sobrellevar esta nueva y dura realidad. Nadie sabía cuánto duraría la ocupación, pero todos temían lo peor. Los discursos patrióticos de resistencia se escuchaban en las plazas, pero los ciudadanos sabían que poco podían hacer frente a una máquina militar tan poderosa.
La resistencia panameña:
No obstante, la resistencia no tardó en organizarse. Pequeños grupos de civiles y soldados desertores comenzaron a reunirse en las sombras, formando células clandestinas. No eran soldados profesionales, pero su determinación era feroz. Carlos Méndez, un exmilitar panameño que había perdido su puesto por no alinearse con el gobierno de Rodríguez, se convirtió en uno de los líderes más conocidos de la resistencia.
A través de mensajes secretos y comunicaciones clandestinas, las células comenzaron a coordinar pequeñas acciones: saboteos, interrupciones del suministro militar y operaciones de inteligencia para esparcir la información sobre la ocupación. Aunque las fuerzas estadounidenses rápidamente desmantelaron muchos de estos esfuerzos, la resistencia seguía viva, como una llama persistente que no se apagaría tan fácilmente.
La vida de los panameños comunes:
Para Ana García, una madre soltera que vivía en El Chorrillo, la vida bajo la ocupación era una lucha diaria. Cada vez que ella salía a comprar víveres, se sentía vigilada, como si sus movimientos fueran monitoreados. La presencia militar estadounidense la aterraba. Aunque los soldados no la molestaban, su simple presencia le hacía recordar que ya no vivía en su país libre. Ana y su hija, Valeria, se mantenían alejadas de las calles principales. Su barrio, antes lleno de vida, ahora estaba marcado por la desolación y el miedo.
Ana también temía por los jóvenes de su barrio, quienes, a pesar de la ocupación, comenzaban a mostrar signos de resistencia. Sabía que muchos de ellos se habían unido a grupos que atacaban los convoyes de suministros militares o que organizaban manifestaciones que rápidamente eran sofocadas. Ana, aunque deseaba ver a su país libre, sabía que los riesgos de la resistencia serían altos, y temía por la seguridad de su hija.
Costa Rica observa desde la distancia:
En Costa Rica, la presencia de las fuerzas estadounidenses también comenzaba a sentirse. Los aviones que sobrevolaban Panamá para proteger el Canal cruzaban la frontera, haciendo retumbar las casas costarricenses. El vuelo constante de los aviones de combate hacía vibrar las ventanas, como un recordatorio constante de que, a pesar de la distancia geográfica, Costa Rica no estaba a salvo de las consecuencias del conflicto.
La población costarricense, que observaba la ocupación de Panamá, comenzaba a sentir la inseguridad que se filtraba más allá de las fronteras. Aunque el gobierno de María Elena Rodríguez intentaba mantener la calma, la economía costarricense seguía decayendo debido a la incertidumbre. El turismo, que representaba el pilar económico del país, comenzaba a desmoronarse. Los turistas, temerosos de la cercanía del conflicto, cancelaban sus reservas. Los aviones que sobrevolaban la región, siempre tan tranquilos, se habían convertido en símbolos de un conflicto que afectaba a todos.
El dolor de Panamá y la solidaridad de Costa Rica:
A medida que la ocupación avanzaba, muchos costarricenses se sintieron solidarios con el pueblo panameño. Costa Rica, aunque no podía intervenir militarmente, intentó brindar apoyo a través de organizaciones humanitarias y refugios para desplazados. Las fronteras se mantenían abiertas, aunque con restricciones, y los ciudadanos costarricenses ofrecían su ayuda a los panameños que huían del conflicto. La solidaridad entre ambos pueblos nunca había sido tan fuerte, aunque la tristeza era evidente: el dolor de Panamá era también el dolor de Costa Rica.
La resistencia interna:
Pero en Panamá, la resistencia seguía creciendo. A pesar de la ocupación, las pequeñas acciones se convertían en un recordatorio constante de que no todos se rendían. La lucha por la soberanía panameña no había terminado, aunque las probabilidades de éxito eran mínimas. Cada acto de rebelión, cada mensaje de resistencia, mantenía viva la llama de la libertad, que, aunque opacada por el control estadounidense, seguía ardiendo en los corazones de los panameños.
05 – El precio de la normalidad
Ciudad de Panamá – 6 meses después de la invasión
La vida en Ciudad de Panamá había cambiado para siempre. En las calles, el rugir de los tanques M1 Abrams y el sonido de los helicópteros Apache ya no eran novedad. Ahora, eran parte del paisaje urbano, como si siempre hubieran estado allí. El Canal de Panamá, el corazón palpitante de la economía mundial, seguía bajo el control absoluto de Estados Unidos. Los soldados estadounidenses patrullaban con normalidad, y las instalaciones estratégicas del Canal, junto con las bases militares, eran puntos fuertemente vigilados.
El gobierno de José Rodríguez ya no existía en términos operativos. El presidente había sido depuesto tras las negociaciones que condujeron a la ocupación, y el país, aunque nominalmente bajo una «nueva administración», estaba completamente bajo el dominio militar estadounidense. Los ciudadanos panameños, aunque dolidos y divididos, se veían obligados a adaptarse a la nueva realidad. No había forma de escapar. Cualquier intento de resistencia había sido sofocado brutalmente en los primeros meses tras la invasión.
Pero, a pesar del control absoluto de Estados Unidos sobre Panamá, la región comenzó a retomar una cierta normalidad. En Colombia y Costa Rica, las cosas no habían cambiado tanto. Los aviones que sobrevolaban el Canal de Panamá eran ahora parte de una rutina diaria, y aunque la memoria de la invasión seguía latente, la normalidad económica se fue reinstaurando rápidamente.
Colombia y Costa Rica, las zonas de estabilidad:
El turismo en Costa Rica volvió a la normalidad. Aunque los primeros meses tras la ocupación fueron tensos, la gente comenzó a adaptarse a la presencia de aviones de combate cruzando su cielo. Los vuelos comerciales volvieron a llegar a los aeropuertos, y las playas de Guanacaste y Limón recibieron nuevamente a los turistas. Las reservas hoteleras se llenaron, y la economía, aunque afectada en un principio, comenzó a recuperarse.
En Colombia, la situación era similar. Las tensiones por la cercanía del conflicto se disiparon rápidamente, y el comercio que transitaba por el Canal volvió a su ritmo. Los puertos colombianos recibían mercancías sin mayores contratiempos, y las exportaciones de café, banano y carbón continuaron su flujo hacia el mercado mundial. Los trenes de carga recorrían las rutas entre Bogotá y Cartagena, y las grandes empresas multinacionales empezaron a ver la oportunidad de aprovechar el control estadounidense sobre el Canal para sus operaciones.
Una región adaptada, pero con cicatrices:
A pesar de esta aparente «normalización», nadie en la región podía olvidar lo que había sucedido. El Canal de Panamá, la joya que unía el mundo, estaba ahora completamente bajo control extranjero. Las sanciones internacionales contra Estados Unidos por la ocupación se disolvieron rápidamente debido a la falta de apoyo de países clave, como China o Rusia, que preferían mantener buenas relaciones comerciales con Washington.
Los líderes de Costa Rica y Colombia habían logrado estabilizar sus economías y, aunque continuaban las protestas aisladas por la ocupación de Panamá, la región seguía operando. La OEA y la ONU, aunque diplomáticamente criticaron la invasión, sabían que poco podrían hacer para revertir la situación. La región, incluso los pueblos de Centroamérica, empezaron a aceptar la ocupación como una nueva realidad.
La resignación de Panamá:
Mientras tanto, la vida de los panameños continuaba bajo una vigilancia constante. El sistema educativo, los hospitales, y las instituciones gubernamentales fueron absorbidos por las directrices de Washington, y aunque los panameños aún luchaban con su identidad, sabían que cualquier forma de resistencia organizada era inútil. La represión continuó, y el nacionalismo panameño comenzó a tomar nuevas formas, aunque muchas veces de manera subterránea, como en grupos clandestinos que resistían en las sombras.
Algunos panameños se habían adaptado a la ocupación, buscando trabajos en las empresas multinacionales que operaban bajo el control estadounidense. Otros, sin embargo, vivían con el resentimiento de ver cómo su país ya no era suyo. Pero la realidad era que Panamá había sido silenciada, y su lucha por la soberanía había quedado como una herida abierta que difícilmente sanaría.
El precio de la normalidad:
Lo que había comenzado como un acto de resistencia en los primeros días de la invasión ahora era una región donde las economías se movían y la gente vivía sus vidas, como si nada hubiera cambiado. Costa Rica y Colombia prosperaban, mientras que Panamá quedaba atrapada bajo una ocupación sin fin. La herida no cerraba, pero la vida seguía.
Los panameños seguían adelante, en su mayoría en silencio. A veces, en las noches despejadas, se escuchaban las voces de quienes aún se oponían a la ocupación, pero el futuro de Panamá estaba sellado. Estados Unidos había ganado, pero el precio de su victoria era más alto de lo que muchos pensaban.
06 – (Epílogo) Mientras tanto, en otras zonas del mundo
A medida que Estados Unidos consolidaba su control sobre Panamá, el mundo que conocíamos en 2025 estaba cambiando de forma irreversible. La ocupación de Panamá y la creciente hegemonía de Washington, que para muchos parecía una acción destinada a asegurar el poder en una región estratégica, tuvo repercusiones mucho más profundas y globales de lo que nadie había anticipado.
La caída de Estados Unidos:
Dentro de las fronteras estadounidenses, el gobierno de Donald Trump había llegado al punto más bajo de su popularidad. En menos de dos años, la economía de Estados Unidos se desplomó. La promesa de «hacer América grande otra vez» se convirtió en una quimera que se desvaneció ante los ojos de un pueblo que ya no reconocía su país. La recesión fue devastadora, con millones de desempleados, una inflación galopante y la desindustrialización que afectaba a las grandes ciudades. La política fiscal y los recortes drásticos impulsados por la administración Trump resultaron en una economía estancada, marcada por el desajuste de los mercados y un colapso en la confianza de los consumidores.
El dólar estadounidense, que alguna vez fue el pilar de la economía global, comenzó a perder fuerza. La caída de la moneda llevó a una cadena de efectos negativos que arrastraron la economía mundial. Las naciones que antes dependían del mercado estadounidense vieron sus economías tambalear, y en su búsqueda por la autonomía económica, comenzaron a alejarse de las políticas neoliberales que habían dominado las últimas décadas.
La relación con Europa y Rusia:
En Europa, la relación con Estados Unidos nunca había estado tan fracturada. Los aliados tradicionales de Europa, que alguna vez habían compartido una visión común con Washington, se vieron desbordados por las decisiones unilaterales de la administración Trump. La invasión de Panamá, la desestabilización económica y las constantes tensiones diplomáticas llevaron a una ruptura definitiva en la relación transatlántica. Los líderes europeos empezaron a cuestionar la credibilidad de Estados Unidos como líder global y, en un giro inesperado, comenzaron a profundizar sus alianzas con China y Rusia.
La situación con Rusia alcanzó un punto crítico. Después de años de tensiones y un retraimiento estadounidense en cuanto a su liderazgo en la OTAN, Rusia aprovechó el vacío de poder para expandir su influencia en Europa del Este. Ucrania, que había luchado por mantener su independencia frente a la amenaza rusa, finalmente cayó. Moscú no solo se anexó Ucrania, sino que avanzó rápidamente hacia los países bálticos, desafiando abiertamente las fronteras establecidas después de la caída de la Unión Soviética. Las sanciones internacionales fueron impuestas, pero Rusia se mostró imparable, aprovechando el debilitamiento de Estados Unidos para ganar terreno en Europa.
La invasión de China a Taiwán:
En Asia, la situación era igualmente crítica. China, bajo un liderazgo más agresivo y expansionista, aprovechó la distraída atención de Estados Unidos en la ocupación de Panamá para finalmente invadir Taiwán. La isla, que había sido un punto caliente de tensión durante años, fue tomada rápidamente por las fuerzas chinas. Los esfuerzos diplomáticos de Estados Unidos para contener a China fueron en vano, ya que el país asiático, ahora respaldado por una economía robusta y con un ejército cada vez más poderoso, no tuvo miedo de enfrentarse a las consecuencias. La ocupación de Taiwán alteró la geopolítica global y cambió el balance de poder en el Pacífico.
Venezuela y las islas caribeñas:
En América Latina, el caos no era menos evidente. Venezuela, bajo el liderazgo de Nicolás Maduro, aprovechó la desestabilización provocada por la ocupación de Panamá para expandir su influencia. No solo logró consolidar su poder sobre Guyana, sino que tomó el control de varias islas caribeñas cercanas, amenazando la estabilidad regional. La comunidad internacional, en su mayoría centrada en las tensiones en Europa y Asia, dejó que el régimen de Maduro avanzara sin mayores restricciones, mientras el continente se sumía en un caos económico y político.
Un mundo en la ley de la selva:
Con las grandes potencias enfocadas en sus propios intereses y un sistema de alianzas que se desintegraba, el mundo se encontraba en un estado de anarquía económica y geopolítica. La estructura global que había predominado durante décadas, con una Estados Unidos fuerte y dominante, simplemente ya no existía. En su lugar, un nuevo orden emergía, uno marcado por la ley de la selva: los países más fuertes imponían su voluntad sobre los más débiles, sin preocuparse por las normas internacionales ni los derechos humanos. Los conflictos se desataban en todas partes: desde el Medio Oriente hasta el sureste asiático, y las grandes potencias competían por dominar el comercio global, mientras el resto del mundo se adaptaba a las nuevas reglas del juego.
El colapso de la economía mundial:
La economía mundial, tan interconectada, se tambaleaba. Con Estados Unidos sumido en su recesión más grave en la historia reciente, el Comercio Internacional sufrió una parálisis sin precedentes. China, Rusia, y otros bloques emergentes comenzaban a llenar el vacío dejado por la potencia estadounidense, pero el sistema económico global, tal como se conocía, colapsaba bajo el peso de los conflictos y las nuevas alianzas.
En Centroamérica, Costa Rica y Colombia, aunque con economías relativamente estables, eran peones en un tablero global que ya no les pertenecía. El aislamiento que sentían ahora, con la región gobernada por intereses extranjeros y la inestabilidad global, era una sensación común. Los ciudadanos de América Latina, aunque lejos de los grandes conflictos, sabían que los tiempos de paz que conocían ya no existían. El mundo, como lo conocían, ya no era el mismo.
Donald Trump, logró destruir la economía global y cambiar el orden mundial.
Vaya, que interesante relato, parece el de todos nosotros. Ahora a mis 61 años, deseo retomar mi vida (aprender a tocar guitarra, leer un poco más, hacer más ejercicio, caminar más, viajar más), pero buen debo empezar ya, pues me corrieron en el calendario, el derecho a pensionarme. Y ni modo es ahora o nunca, no se puede seguir posponiendo lo que uno quiere hacer y lo hace feliz, la vida es ahora.
Muchas gracias por tu comentario.
Ojalá te sentés frente a un ejercicio de calendarización, y programés el tiempo necesario para hacer lo que no has hecho y has querido. Y si se te complica ese ejercicio, me decís y te ayudo. 8708-9830 Vinicio Jarquín