La comida se guarda en casa

¿Te parecería inteligente ir al supermercado, llenar el carrito con arroz, frijoles, aceite, azúcar, carne, leche y vegetales, pagar la cuenta y, al llegar a tu barrio, guardar todas esas compras en la casa del vecino? Suena absurdo. Porque mañana necesitás azúcar y el vecino no está, querés preparar arroz y resulta que se fue de fin de semana, o necesitás un tomate para el almuerzo y tenés que esperar a que alguien abra la puerta de la casa donde decidiste guardar lo que vos mismo compraste.

Lo lógico es mucho más sencillo: si compraste comida para tu familia, la llevás a tu casa y la guardás en tu propia despensa. Sabés dónde está, sabés que podés disponer de ella y, sobre todo, sabés que no dependés de nadie para alimentar a los tuyos. Algo parecido pienso cuando hablamos de la adhesión de Costa Rica al acuerdo Transpacífico.

Costa Rica todavía produce alimentos. Tenemos agricultores que siembran vegetales, granos y frutas; tenemos producción de leche, huevos y carne; tenemos productores que trabajan todos los días para poner comida sobre nuestra mesa. Esa es nuestra despensa, y una nación debería pensarlo muy bien antes de debilitarla bajo la promesa de que siempre podrá comprar más barato o conseguir afuera aquello que dejó de producir dentro de sus fronteras.

Porque mientras todo funciona, quizá no ocurre nada. Los barcos llegan, las fronteras están abiertas, los mercados internacionales funcionan y los productos aparecen en los supermercados. Pero el mundo ya nos ha enseñado que las cosas pueden cambiar. Puede haber una crisis internacional, una guerra, una catástrofe natural, un problema logístico, un cierre de fronteras, una escasez, un aumento brutal en los precios internacionales o simplemente otro país que decida que, ante una emergencia, primero alimentará a su propia población. Y entonces descubriremos algo demasiado tarde: que la comida que necesitábamos estaba en la casa del vecino.

No estoy diciendo que Costa Rica deba encerrarse ni dejar de comerciar con el mundo. El comercio internacional es necesario y puede generar oportunidades. Lo que digo es que una cosa es comerciar y otra muy distinta es poner en riesgo nuestra capacidad de producir nuestros propios alimentos. Hay decisiones económicas que no deberían medirse únicamente en términos de precios, exportaciones o tratados comerciales; también deberían medirse en seguridad, independencia, empleo rural, estabilidad y capacidad de un país para alimentar a su gente.

Para mí, la producción nacional de alimentos no es un estorbo que haya que sacrificar en nombre de la apertura comercial. Es una protección, es nuestra reserva, es nuestra despensa. Y por eso, cuando pienso en el Transpacífico, vuelvo a aquella imagen sencilla: si tengo arroz, frijoles, leche, huevos, carne y vegetales, prefiero saber que están guardados en mi propia casa, porque cuando llegue el día en que realmente los necesite, no quiero tener que tocar la puerta del vecino.

Por eso yo digo no al Transpacífico.

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