
En medio de tanta efervescencia política, a veces olvidamos que por encima de todos los presidentes, partidos e ideologías, hay un documento que es la raíz de nuestra democracia: la Constitución Política de la República de Costa Rica.
La Constitución no es una sugerencia, ni un ideal, ni un simple texto jurídico.
Es la ley suprema del país, el marco que define cómo se organiza el Estado, cuáles son los derechos de los ciudadanos, y cuáles son los límites del poder.
Nada ni nadie —ni el presidente, ni la Asamblea Legislativa, ni los tribunales— puede actuar en contra de lo que establece.
Fue promulgada el 7 de noviembre de 1949, después de la guerra civil, y nació como un pacto nacional para que nunca más las diferencias se resolvieran por la fuerza.
Por eso, más que un conjunto de artículos, la Constitución es una promesa colectiva de respeto, libertad y equilibrio.
Entre sus pilares más importantes están:
La separación de poderes, que impide que una sola persona concentre el control del Estado.
Los derechos y libertades individuales, que garantizan la libertad de expresión, la igualdad ante la ley, la libertad de culto, de prensa y de pensamiento.
La soberanía popular, que establece que el poder emana del pueblo y que el pueblo lo ejerce por medio del voto.
La independencia de los órganos electorales y judiciales, para asegurar que las decisiones del país no dependan de caprichos políticos.
Cuando alguien dice “la Constitución no me manda”, comete un error grave. La Constitución sí manda, y es la única que manda a todos por igual. Preserva el orden, marca los límites y protege a cada ciudadano —a ti, a mí, a todos— de los abusos del poder.
Por eso existen instituciones como la Sala Constitucional, que tiene la autoridad de revisar cualquier ley o decreto para asegurarse de que respete la Constitución. Y si no lo hace, lo puede anular. Eso no es rebeldía ni burocracia: es el sistema inmunológico de la democracia.
La Constitución no pertenece a un gobierno, a un partido ni a una época. Nos pertenece a todos. Y defenderla no es un acto de rebeldía, sino de amor por el país.
Si algún día sentimos que el rumbo de Costa Rica se tuerce, la brújula siempre estará ahí: en esas páginas escritas hace más de setenta años por hombres y mujeres que soñaban con un país libre, educado, pacífico y justo. Y depende de nosotros seguir leyendo esa brújula, respetándola y haciéndola valer.
Porque un país sin Constitución no es una República: es solo tierra habitada.