Conozco personas inteligentes, preparadas, informadas, que hoy van con el chavismo. No son ingenuas ni desinformadas. Muchas de ellas han pensado el país durante años, han leído, han debatido, han criticado con razón la corrupción que existió en gobiernos y partidos anteriores. Ese suele ser su argumento principal: “ya vimos lo que hicieron antes”.
Y hasta ahí, todo tendría sentido… si no fuera por un detalle incómodo: la corrupción del gobierno actual está a flor de piel, es reconocible, está documentada, ha sido señalada, cuestionada y evidenciada. Y, aun así, es ignorada. No minimizada. No relativizada. Ignorada.
Entonces la pregunta no es si saben que existe. La pregunta es por qué deciden no verla.
Creo que la respuesta no está en la información, sino en la emoción. La corrupción pasada ya no amenaza la identidad de nadie. Es segura de criticar porque no compromete el presente emocional de quien la señala. En cambio, reconocer la corrupción actual implicaría aceptar que se apostó por algo que no resultó como se esperaba. Y eso duele. Mucho más que cualquier escándalo ajeno.
Aceptar la corrupción del pasado no tiene costo interno. Aceptar la del presente sí. Obliga a revisar decisiones, discursos, defensas públicas, peleas dadas. Obliga a mirarse al espejo y reconocer que uno también pudo haberse equivocado. Y no todo el mundo está dispuesto a atravesar ese momento de honestidad consigo mismo.
Por eso se racionaliza. Por eso se justifica. Por eso se cambia el tema. No porque no haya evidencia, sino porque hay apego. Porque cuando una causa se vuelve identidad, la verdad deja de ser un dato y pasa a ser una amenaza.
No es que la corrupción actual sea invisible. Es que mirarla rompe un relato interno que cuesta soltar. Y entonces se hace algo muy humano: se mira hacia atrás con lupa y hacia el presente con los ojos cerrados.
Tal vez el verdadero acto de valentía hoy no sea denunciar la corrupción de siempre, sino atreverse a reconocer la de ahora. Porque la democracia no se fortalece defendiendo bandos, sino defendiendo principios. Incluso cuando eso incomoda al grupo con el que uno decidió caminar.
Y quizá ahí empieza el verdadero cambio: cuando dejamos de usar la corrupción como argumento selectivo y empezamos a verla como lo que es, venga de donde venga.
