La Costa Rica que todavía vive entre nosotros

En los últimos años se ha vuelto frecuente escuchar que Costa Rica ya no es la misma. Lo dicen personas mayores que recuerdan otra forma de vivir, pero también jóvenes que sienten que el país perdió algo valioso antes incluso de que ellos tuvieran la oportunidad de conocerlo. Hablamos de inseguridad, de polarización, de desconfianza, de pérdida de valores y de un clima social que parece cada vez más tenso. Y aunque muchas de esas preocupaciones tienen fundamento, existe un riesgo del que casi nunca hablamos: terminar convenciéndonos de que todo está perdido. Esa idea, además de injusta, es profundamente peligrosa, porque cuando una sociedad deja de creer en sus propias fortalezas, comienza a renunciar a ellas.

La Costa Rica que admiramos no desapareció por completo. Sigue viva, aunque haga menos ruido. Vive en el conductor que se detiene para dejar pasar a un peatón. En la persona que devuelve una billetera encontrada en la calle. En quien hace una fila sin intentar aprovecharse de los demás. En el vecino que ayuda durante una emergencia sin preguntar por quién vota la familia afectada. Vive en los maestros que continúan enseñando con vocación, en los policías que cumplen su deber con honestidad, en los médicos que atienden con humanidad y en los miles de trabajadores que todos los días salen de su casa con el único propósito de ganarse la vida dignamente. Esa Costa Rica no suele aparecer en los titulares porque la decencia rara vez produce escándalo, pero sigue sosteniendo silenciosamente buena parte del país.

También permanece viva en costumbres que muchos consideran pequeñas, pero que en realidad son enormes. En el saludo espontáneo, en el «con permiso», en el «muchas gracias», en el respeto hacia los adultos mayores, en la disposición para colaborar cuando alguien necesita ayuda y en esa forma tan nuestra de hacer sentir bienvenido al desconocido. Durante años llamamos a todo eso «ser pura vida», como si se tratara únicamente de una expresión simpática. Sin embargo, detrás de esas dos palabras existía una manera de entender la convivencia. El «pura vida» no era una estrategia turística; era una actitud frente a los demás. Era la decisión de relacionarnos desde la cordialidad antes que desde la confrontación.

Eso no significa que debamos idealizar el pasado. Costa Rica nunca fue un país perfecto. Siempre existieron problemas, desigualdades, injusticias y errores. La diferencia es que durante mucho tiempo aspirábamos a corregirlos sin renunciar a nuestra forma de tratarnos. Hoy pareciera que, en ocasiones, estamos dispuestos a sacrificar la educación, el respeto y la cortesía con tal de ganar una discusión. Hemos comenzado a confundir la agresividad con autenticidad y la falta de modales con sinceridad, como si toda muestra de consideración hacia el otro fuera una señal de debilidad.

Recuperar esos valores no depende únicamente de quienes gobiernan. Depende de cada conversación que sostenemos, de cada comentario que escribimos en redes sociales, de la manera en que corregimos a nuestros hijos, de cómo reaccionamos cuando alguien se equivoca y de la disposición que tengamos para seguir viendo en el otro a un compatriota antes que a un adversario. Las leyes pueden ordenar una sociedad, pero son las costumbres las que terminan definiendo su carácter. Cuando una comunidad pierde sus buenas costumbres, ninguna institución logra reemplazarlas por completo.

Por eso me niego a aceptar que la Costa Rica que muchos extrañan haya desaparecido definitivamente. Creo que todavía está aquí, aunque a veces quede escondida detrás del ruido cotidiano. La veo en miles de gestos silenciosos que no aparecen en las noticias y en personas que siguen creyendo que la educación, la decencia y el respeto no pasaron de moda. Tal vez el desafío no sea inventar un país completamente nuevo, sino volver a darles prestigio a esas virtudes que durante décadas hicieron de Costa Rica un lugar distinto. Si logramos que vuelvan a ser motivo de admiración y no de burla, quizá descubramos que el futuro no consiste en dejar atrás nuestra esencia, sino en tener el valor de recuperarla.

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