
He leído mensajes encendidos, como el de quien dice no querer tener cerca a nadie que apoye al continuismo. Lo entiendo. Entiendo el enojo, la impotencia, la indignación que produce ver cómo se desprestigian nuestras instituciones, cómo se siembra desconfianza en el Tribunal Supremo de Elecciones o cómo se ataca la independencia de los poderes. Lo entiendo porque también lo siento. Pero una cosa es defender la democracia, y otra muy distinta es perder la calma con quienes piensan diferente.
Yo sigo firme en mi posición en contra del continuismo y en contra de los insultos que muchas veces nos llegan a quienes no estamos con el oficialismo. Pero también sigo fiel a un principio más grande: apaciguar el ser interior, incluso cuando los ataques llegan. Porque si respondemos con el mismo tono, si caemos en la trampa del desprecio, entonces la serenidad que intentamos defender se nos escapa de las manos.
Hay oficialistas que no insultan, que no se suman al griterío ni al fanatismo. Algunos votarán por el continuismo porque, desde su experiencia personal, sienten que este gobierno les cambió algo para bien. Otros lo harán porque creen sinceramente que es la mejor opción. Y aunque no compartamos su visión, merecen respeto. No por su elección, sino por el hecho de participar con convicción en un proceso democrático.
Generalizar nos hace perder la perspectiva. Es fácil caer en la tentación de etiquetar: “todos los que apoyan al gobierno son agresivos”, “todos los opositores son enemigos”. Pero cuando hacemos eso, estamos repitiendo exactamente lo que criticamos. Y lo más grave: permitimos que se nos “desapacigüe” el alma, que se nos contamine la intención de construir paz.
Defender la institucionalidad no requiere enemistades, requiere conciencia. No hay paz si cada quien grita desde su trinchera. La paz verdadera se construye con firmeza, sí, pero también con templanza. Y esa es la prueba más difícil de todas: mantener la serenidad sin ceder en los principios, hablar con claridad sin perder el respeto, alzar la voz sin convertirla en arma.
Ser del oficialismo no convierte a nadie en enemigo; el enemigo es el fanatismo, venga de donde venga. Si de verdad queremos unas elecciones en paz, no basta con pedir calma a los demás: tenemos que practicarla, incluso frente a quien más nos irrita. Esa es la verdadera victoria cívica. Porque si la ira gana, perdemos todos; pero si logramos conservar la serenidad, entonces, aunque no coincidamos, todavía habrá esperanza para el diálogo, y por tanto, para Costa Rica.