
Durante meses creímos que éramos dos grupos enfrentados: quienes defendemos una visión democrática del país y quienes sostienen otra completamente distinta.
Sabíamos dónde estaban las diferencias. Sabíamos desde dónde podían venir los ataques. Estábamos mirando hacia el frente. Pero esta vez ocurrió algo diferente.
Alguien, desde adentro del propio bloque democrático, decidió atacar públicamente en redes a uno de los nuestros. Y el verdadero daño no fue contra una persona.
El verdadero daño fue sembrar dudas entre nosotros, abrir una fisura en la confianza que habíamos construido y golpear, aunque fuera por un momento, la credibilidad de quienes caminaban juntos defendiendo una misma causa.
Podemos estar de acuerdo o en desacuerdo. Podemos cuestionarnos, discutir y hasta tomar caminos diferentes. Eso también es democracia. Pero destruir públicamente a uno de los nuestros para ganar una batalla personal es otra cosa. Porque mientras todos mirábamos hacia la acera del frente, alguien decidió disparar hacia su propia acera.
Y quizá todavía no hemos comprendido el tamaño del daño.
La democracia costarricense no solamente debe cuidarse de quienes la enfrentan. También debe aprender a reconocer a quienes la fracturan desde adentro.
— Fabio Lara