Estaba prevista la reunión con Andrea para determinado día y a determinada hora, y muy puntual ella llegó enviando un mensaje sencillo: “estoy afuera”. Salí a su encuentro con total normalidad. No tenía idea de cómo era, no había visto fotografías suyas, no tenía información previa sobre ella, porque cuando hago este tipo de encuentros me gusta estar lo más libre de prejuicios posible. Algunas veces no se puede, pero esta vez sí se pudo, porque no le había dado mayor seguimiento a su carrera política ni profesional.
Andrea Centeno es candidata a la primera vicepresidencia de la República por el partido Coalición Agenda Ciudadana, acompañando en la papeleta presidencial a Claudia Dobles. Pero esa tarde, más que una candidata, era simplemente la persona que estaba a punto de cruzar la puerta de mi casa.
Ya en la calle le indiqué dónde podía estacionar el hermoso carro en el que venía. No recuerdo la marca, el año ni el color, pero era muy bonito. Esperé mientras, supongo, recogía las cosas que quería bajar con ella. De pronto se abrió la puerta y se bajó Andrea. En ese momento mi casa se convirtió en una pasarela.
Era una mujer hermosa, joven. Aunque no debería señalar su hermosura si quiero mantener una neutralidad estricta en estos encuentros, no puedo evitarlo, y si quieren, cúlpenme por eso. Venía con un pantalón bombacho de un color que creo recordar como beige claro, una chaqueta voluptuosa de cuero que hacía una armonía perfecta, bien peinada y ultra maquillada. Era realmente una presencia importante, una visión que no se puede obviar.
Era risueña y, además de cargar computadoras, maletines y todas esas cosas que uno suele llevar durante el día —y que es mejor no dejar dentro del carro estacionado en la calle— traía una caja de panetón con chispas de chocolate. Tengo que adelantarles que, entre los dos, nos comimos la mitad mientras conversábamos de uno u otro tema, casi todos personales, de su trayectoria profesional, y ninguno de ellos político.
Pasamos por uno de mis garajes hasta llegar a la terraza, que es donde suelo recibir tanto a las figuras políticas que vienen a visitarme como a mis estudiantes de arte y a los invitados cuando hago algún tipo de fiesta o recepción en mi casa. Es la terraza más grande que tengo y, sin duda, la más cómoda. Nos sentamos primero en la salita y empezamos a hablar de su vida, de cómo ve el panorama, de cómo se siente, de cómo se tranquiliza, de cómo percibe el ambiente electoral. Ese tipo de conversaciones que siempre son necesarias para romper el hielo.
Luego le ofrecí café. Me dijo que sí. Fui a prepararlo y, cuando regresé, me preguntó si nos pasábamos a la mesa. Yo traía dos jarras con el logo de Apacigua tu ser interior, la azucarera, cucharitas, dos platitos y un cuchillo. Ahí, de manera muy informal, partimos el panetón y comimos un trozo, y otro, y otro más, hasta que, como ya dije, nos comimos la mitad.
Andrea es difícil de entender. Al menos para mí, al principio lo fue. Es una mujer joven, profesional, brillante, con grandes logros en su carrera. Da la impresión de ser una mujer sencilla por dentro, sencilla en el mejor sentido de la palabra. Pero por fuera hay algo que resulta retador. No retador en un sentido confrontativo, sino como si conocerla fuera un reto en sí mismo, como si hubiera una barrera sutil que no permitía llegar del todo.
Parecía simpática, abierta, pero había algo que no me daba la impresión de estar conectando. Tanto así que, en algún momento, le pedí permiso para hablar con libertad. Me lo dio. Volví a pedirle permiso para hablar con libertad, y me lo volvió a dar. Entonces le pregunté si ella siempre era tan… no recuerdo la palabra exacta, pero tenía que ver con una apariencia inaccesible, como si estuviera un poco despegada de lo terrenal, poco aterrizada. Ella me respondió que no, que era muy abierta con la gente. Y sí, lo parecía. Pero, aun así, algo no terminaba de encajar. Algo me mantenía a cierta distancia, como si no estuviéramos logrando conectar del todo.
Era como cuando estás frente a un postre. No quisiera decir cuando te vas a comer un postre, sino ese momento previo, cuando lo miras y luego lo pruebas. A veces la apariencia del postre, para bien o para mal, no coincide con su sabor. Algo no encaja entre lo que ves y lo que pruebas. Entre la visión y el gusto.
Con Andrea me estaba pasando algo parecido. Había una disonancia. Algo entre lo que veía y lo que escuchaba no terminaba de encajar. Yo trataba de explicármelo en silencio, de entender qué pasaba, pero no lo lograba. Así que necesité su ayuda.
Le pregunté directamente por qué sentía que no estábamos encajando. Ella, por su parte, parecía intentar que encajáramos. Y más allá de ser dulce, simpática, inteligente y de tener muchísimas actitudes valiosas, había algo que no nos conectaba. Hasta que me di cuenta de algo importante: lo que no estaba conectando no estaba en ella. Estaba en mí.
Entonces entendí que no necesitaba su ayuda para conectar con ella; necesitaba revisarme yo. Ver qué era lo que me tenía bloqueado. Y lo descubrí.
Venía vestida de una manera tremendamente elegante. De hecho, demasiado elegante para el tipo de encuentro que yo suelo ofrecer. Y eso, probablemente, me inhibió. Probablemente me cohibió. Probablemente me hizo sentir mal vestido para recibirla. Se lo dije. No solo para explicarme, sino tal vez buscando que ella me ayudara a entender qué me estaba pasando.
Me explicó que ese había sido un día de mucho trabajo. Había tenido una entrevista antes, luego una grabación de video —de ahí el maquillaje— y más tarde tenía una cena de gala. Por eso andaba así. En ese momento lo entendí todo.
Era, sin ofender y en el mejor sentido de la palabra, parte de un disfraz. Lo digo también desde mi propio ejemplo: cuando tengo que ir a una boda, me pongo traje entero. Me disfrazo para la ocasión. Pero ese no soy yo todos los días. En ciertas actividades uno se disfraza, al menos en lo que respecta a la indumentaria. Uno sigue siendo el mismo por dentro.
Ese era el caso de Andrea Centeno. Dentro de ese disfraz para un video y dentro de ese disfraz para una noche de gala, seguía estando la misma chica dulce de siempre. Era, nuevamente, como el postre: se ve de una manera y sabe de otra.
Y una vez que logré —en mi cabeza, en mi percepción y en mis juicios— olvidarme de esa apariencia de disfraz, pude verla en su absoluto esplendor. Fue ahí donde realmente la aproveché. Fue ahí donde realmente la disfruté.
Ahí entendí algo más grande que ese encuentro puntual. La política, querámoslo o no, es un escenario. Un lugar donde las personas se visten, se preparan, se maquillan, se entrenan y se exponen. No necesariamente para engañar, sino para poder estar ahí. Porque ese escenario exige formas, tiempos, imágenes y símbolos. Y quien no se los pone, muchas veces ni siquiera logra entrar.
Pero el problema no está en el escenario. El problema aparece cuando olvidamos que debajo del vestuario sigue habiendo una persona. Y, peor aún, cuando creemos que el vestuario es la persona.
Ese día me di cuenta de algo incómodo: yo, que me esfuerzo por llegar sin prejuicios, estaba juzgando desde un lugar silencioso. No desde la cabeza, sino desde el cuerpo. Desde la comparación. Desde esa sensación íntima de no estoy a la altura, esto no es mi terreno, yo no juego con estas reglas. Y cuando uno se siente fuera de lugar, se protege. Se distancia. Se desconecta.
La política tiene esa capacidad extraña: puede convertir a personas reales en figuras, y a figuras en disfraces. Pero también puede hacer algo más sutil y peligroso: hacernos creer que no estamos autorizados a mirar más allá de la apariencia, ni a revisarnos a nosotros mismos cuando algo no encaja.
Ese fue mi aprendizaje ahí. No era ella la inaccesible. Era yo el que no había quitado todavía el filtro. No había bajado el volumen de mis propios juicios. No había separado el escenario del ser humano.
Y cuando uno logra hacer eso —aunque sea por un instante— pasa algo distinto. La conversación deja de ser política. Y se vuelve humana.
Las personas con las que me entrevisto —por decirlo de alguna manera, porque en realidad son encuentros y conversaciones— saben perfectamente que yo no soy un comunicador profesional. No soy periodista ni vengo de la carrera de comunicaciones. Saben que soy coach. Y en algún momento de esa revelación con Andrea pensé: tal vez esta es la diferencia entre un comunicador profesional y yo. Ellos, probablemente, habrían atendido esta situación con más soltura, con más oficio, con más distancia emocional. Yo no.
Pero esa idea no me liberaba de la incomodidad. Porque, como coach, también había puesto mis prejuicios sobre la mesa. Y como coach, no debía haberlo hecho.
Esa tarde —que poco a poco se fue convirtiendo en noche—, conversando con Andrea, aprendí mucho de ella y conocí mucho de su historia. Pero, de una manera que no esperaba, Andrea también me ayudó a conocer cosas de mí que no sabía. Me obligó a revisar mis filtros, mis juicios silenciosos, y a tomar decisiones internas sobre cómo debo pararme frente a ciertas circunstancias.
Cuando ella se fue, me quedé con un sabor muy particular. Primero, por el descubrimiento. Y luego, por haber compartido tanto tiempo con ella: su compañía, su elocuencia, la conversación con una mujer de carácter fuerte y controlado. Una mujer de apariencia elegante —si volvemos al tema del disfraz—, pero con una dulzura evidente cuando uno logra mirar a la mujer que hay debajo de esa indumentaria. Una mujer que, además, tiene las herramientas suficientes para atender su vida personal, profesional, política y pública.
Verdaderamente fue un momento maravilloso. Un encuentro lleno de aprendizajes.
Y tengo que confesar algo más. La reunión con Andrea quedó, en términos de escritura, varios artículos atrás. Normalmente termino una conversación y escribo casi de inmediato. Pero algo en mí no me dejaba hacerlo esta vez. Tanto así que, días después de reunirme con Andrea, me reuní con Claudia Dobles, candidata a la presidencia por el mismo partido, y todavía tenía guardadas mis notas sobre Andrea.
No porque Andrea fuera menos importante. Sino porque necesitaba primero un diálogo interno. Necesitaba masticar mi experiencia con ella antes de poder ponerla en palabras.
Como he dicho en otras ocasiones y en otros artículos, estos encuentros que tengo con personas en candidaturas a puestos públicos —presidencias, vicepresidencias, diputaciones— no buscan conocer planes de gobierno, hojas de ruta ni promesas concretas. Aunque a veces esos temas aparecen, no son el centro. El centro siempre es otro.
Estas conversaciones parten de lo humano: qué piensa, cómo piensa, cómo se presenta, cómo habita el espacio. Y, sobre todo, parten de una intención muy clara, que no escondo: enamórame. Enamórame del ser humano para que yo pueda escribir desde ahí, enamorado, y transmitirle a la gente que detrás de cada candidatura hay personas sacrificando horas, trabajo, familia y vida personal con la esperanza de ocupar un puesto desde el cual el país pueda estar mejor.
Como en otras ocasiones, con Andrea no hablamos de planes políticos. Y, aun así —o quizá precisamente por eso— tengo que decir algo con absoluta honestidad: con Andrea aprendí más de mí estando con ella que lo que aprendí de ella misma.
Andrea me provocó revelaciones internas. Me obligó a escarbar, a barrer, a revisar, a descubrir y a entender cosas propias. Y creo que esa es una de sus capacidades más interesantes: tiene la posibilidad de conectar con la gente, pero incluso cuando no se logra una conexión inmediata, tiene la habilidad de dejar descubrimientos en el otro. Y eso no es menor.
Quiero dejar también algo dicho antes de cerrar. Me parece que Andrea es una mujer orientada a resultados. En su vida profesional, el foco está puesto en llegar, en concretar, en lograr. No parece tan preocupada por el camino como por el resultado final. Y, como ella misma lo expresó, cuando se enfrenta a decisiones importantes, tiende a decidir en beneficio de la mayoría. Esa frase no quería dejarla olvidada.
Es una mujer hermosa, ya lo dije, y no puedo dejar de decirlo. Brillante, simpática, agradable. Y una vez que logré entender que lo que yo estaba viendo era, en parte, un disfraz —el del escenario político, el del día cargado, el de la noche de gala—, lo que apareció fue una sensación grata y genuina. La conversación fluyó de otra manera. La presencia se volvió cercana.
La noche fue agradable. Quedamos en vernos en algún momento, quizá aquí mismo, en mi casa, con sus dos hijos. Pintar, conversar, seguir conociéndonos. Tal vez incluso llegar a ser amigos. Pero eso, queridos lectores, será después de que termine la campaña electoral.
Querida Andrea, gracias. Aprendí mucho de ti. Te disfruté. Aprendí de mí gracias a este encuentro y disfruté profundamente el momento que compartimos.
Un abrazo, sin arrugarle la chaquetica.
Yo soy Vinicio Jarquín.
