El gran perdedor de estas elecciones no será Costa Rica.
Costa Rica, como país, volverá a decir no al continuismo. Y después de la toma de posesión, dentro del marco institucional y democrático que nos caracteriza, se abrirán los procesos necesarios para que quienes tengan causas pendientes rindan cuentas ante la justicia, como corresponde en un Estado de derecho.
Posteriormente, será la Asamblea Legislativa la que, siguiendo los procedimientos legales, valore el levantamiento de inmunidades cuando así lo exijan los procesos judiciales en curso. Nada extraordinario. Nada fuera de la ley. Simplemente democracia funcionando.
Entonces surge la pregunta inevitable: si Costa Rica no pierde, ¿quién pierde? En mi opinión, la gran perdedora será doña Laura Fernández.
No por una derrota electoral únicamente —que ya de por sí es dura— sino por todo lo que implica no haber logrado llegar a Zapote después de una campaña intensa, costosa y emocionalmente absorbente. Cuando alguien apuesta tanto, expone tanto y se juega todo a una sola carta, la caída no es solo política: es humana.
He escuchado decir, por personas que aseguran haberla conocido antes de la campaña, que ella no siempre fue así, que algo en el proceso la transformó. No me consta. No lo afirmo como hecho. Lo menciono porque las campañas, sobre todo cuando se construyen desde la confrontación y el desgaste, también terminan transformando a quienes las protagonizan.
Y entonces aparece una pregunta más incómoda, pero legítima: ¿qué sigue para ella?
Porque no es sencillo reinsertarse profesionalmente en un país pequeño como Costa Rica después de una exposición tan polarizante. Y si parte de la ciudadanía interpreta su actuación como un cuestionamiento a la democracia —y no a cualquier democracia, sino a una reconocida y respetada internacionalmente—, el costo reputacional puede ser alto, aquí y fuera del país.
No es un juicio. No es un deseo. Es una reflexión sobre las consecuencias reales de ciertas decisiones políticas cuando se juega al todo o nada.
Agregado final
En medio de todo esto, han circulado muchas publicaciones que ponen en entredicho la inteligencia de la candidata oficialista. Personalmente, creo que eso puede ser, en buena medida, ruido propio de la política y del clima emocional de una campaña tan intensa. No me parece justo ni necesario reducir a una persona a caricaturas o insultos.
Muy por el contrario, quiero pensar que ella tiene la inteligencia suficiente para mirar con distancia lo ocurrido, analizar su campaña, revisar su actuar y entender el impacto que tuvo en el proceso electoral y en el país. Que pueda recapacitar, escoger un nuevo norte y reconstruirse desde un lugar distinto, sin la necesidad de irse a buscar oportunidades en otras latitudes.
Costa Rica, con el paso del tiempo, suele perdonar. No olvida fácilmente, pero perdona cuando hay reflexión, cuando hay aprendizaje y cuando hay un cambio genuino de actitud. Lo más probable es que, con los años, el pueblo costarricense termine dejando atrás las agresiones, el comportamiento confrontativo y la amenaza que representó esa campaña para nuestra democracia, y le permita a ella encontrar un espacio digno de trabajo en su propio país, sin exilios forzados ni condenas eternas.
Porque al final, incluso en la política, la democracia también se mide por su capacidad de cerrar ciclos sin destruir personas.