Las creencias limitantes

(Libro en proceso)

Introducción

Tomás nunca pensó que su vida estuviera determinada por un conjunto de frases que había escuchado desde la infancia. Creció convencido de que era torpe para los negocios, que el talento era algo con lo que se nacía y que el esfuerzo, por mucho que lo intentara, nunca lo llevaría más allá de donde ya estaba. Sin darse cuenta, todas estas ideas no eran simples pensamientos sueltos, sino estructuras profundas que moldeaban su realidad.

Este libro trata sobre esas estructuras mentales: las creencias limitantes.

Qué son las creencias limitantes

Las creencias limitantes son ideas que aceptamos como verdades absolutas sobre nosotros mismos, los demás o el mundo, y que restringen nuestras posibilidades. Se instalan en la mente de manera sutil, a veces disfrazadas de consejos bien intencionados o advertencias que buscan protegernos. Sin embargo, en lugar de impulsarnos, nos encadenan a una versión reducida de lo que podríamos llegar a ser.

Frases como:

  • «El dinero es sucio y solo lo tienen los deshonestos.»
  • «No soy bueno para hablar en público.»
  • «El amor verdadero solo ocurre una vez en la vida.»
  • «Soy demasiado mayor para cambiar.»

Estas afirmaciones parecen inofensivas, pero cuando se convierten en reglas internas, determinan nuestras elecciones, nuestras oportunidades y hasta nuestras relaciones.

Cómo se forman y cómo afectan nuestra vida

Desde que nacemos, nuestra mente es como una esponja que absorbe información sin filtro. Las palabras de nuestros padres, la cultura, la escuela, la religión y nuestras propias experiencias van construyendo un mapa del mundo que tomamos como real. Pero este mapa no es el territorio: es solo una interpretación.

Tomás, como todos, creció con un conjunto de creencias que parecían inofensivas. «Los negocios no son para gente como nosotros», le decía su madre cuando él preguntaba sobre abrir un pequeño puesto de ventas. «No te arriesgues, mejor elige algo seguro», le decía su padre cuando mencionaba la idea de seguir una carrera artística. Con el tiempo, estas frases dejaron de ser palabras externas y se convirtieron en una verdad interna. Ya no necesitaba que nadie se lo dijera; él mismo se recordaba constantemente esas “verdades” y actuaba en consecuencia.

El problema de las creencias limitantes es que operan de forma inconsciente. No nos damos cuenta de que son solo opiniones, no hechos. Se convierten en lentes a través de los cuales vemos el mundo, distorsionando nuestras decisiones y frenando nuestro potencial.

Por qué este libro

Este libro está diseñado para ayudarte a identificar y transformar esas creencias que han limitado tu vida sin que siquiera lo notaras. A través de la historia de Tomás, verás cómo se instalan las creencias, cómo afectan su vida y, lo más importante, cómo puede liberarse de ellas.

No solo se trata de comprenderlas, sino de aplicar herramientas prácticas de Programación Neurolingüística (PNL), PSYCH-K y otras técnicas de desarrollo personal que te permitirán transformar tu mentalidad. Este no es un libro de teoría compleja ni de conceptos abstractos que se quedan en el aire. Es un viaje en el que te verás reflejado, en el que podrás reconocer tus propias creencias limitantes y aprender estrategias efectivas para desmontarlas y sustituirlas por creencias que te impulsen.

Si alguna vez has sentido que algo te detiene, que por más que lo intentás hay una barrera invisible que te impide avanzar, este libro es para vos.

Acompañame en este viaje a través de la vida de Tomás. Quizás, al final, te des cuenta de que su historia es también la tuya.

Perfil de Tomás

Tomás Fernández tenía treinta y ocho años y sentía que el tiempo se le escapaba entre los dedos. No era un pensamiento nuevo, pero últimamente se había vuelto más persistente, como un ruido de fondo que no podía ignorar. Su vida no era mala, pero tampoco era lo que había imaginado cuando era más joven. Había seguido el camino correcto, o al menos el que le dijeron que debía seguir: estudiar una carrera segura, conseguir un trabajo estable, mantenerse dentro de los límites de lo conocido. Y ahí estaba, trabajando en el área administrativa de una empresa de servicios, sin grandes problemas pero también sin grandes pasiones. La rutina era cómoda, pero al mismo tiempo asfixiante.

Vivía en una ciudad intermedia, ni demasiado grande ni demasiado pequeña, un lugar donde todo parecía repetirse en un ciclo predecible. Las mismas calles, los mismos cafés, los mismos rostros en la oficina. No odiaba su trabajo, pero tampoco le daba ninguna satisfacción real. A veces se preguntaba qué habría pasado si hubiera tomado otro camino, si hubiera seguido aquel impulso que sintió a los veintidós años, cuando quiso irse al extranjero por un tiempo. Su madre lo había convencido de que era una locura, que debía centrarse en su futuro, que la estabilidad era lo más importante. No se fue. Y después de eso, cada vez que una oportunidad se asomaba en su vida, siempre encontraba una razón para no tomarla.

Las relaciones personales seguían el mismo patrón. Había tenido algunas parejas, ninguna realmente significativa. Se involucraba hasta cierto punto, pero cuando la relación avanzaba demasiado o requería una decisión importante, se retiraba. Había conocido a alguien a los veintisiete años, alguien que lo impulsaba a seguir sus sueños, pero no se sintió capaz de dar el salto y dejó que se alejara. A los treinta y cinco, pensó en renunciar y emprender algo propio, pero el miedo al fracaso lo hizo desistir. Y así, cada vez que la vida le ofrecía un camino distinto, optaba por el que parecía más seguro.

No era un hombre infeliz, pero tampoco era feliz. Su mente siempre estaba debatiendo consigo mismo, analizando cada decisión hasta quedar paralizado por la indecisión. Le interesaba el desarrollo personal, pero al mismo tiempo le costaba soltar el control y aceptar nuevas ideas sin cuestionarlas. No era el tipo de persona que se lanzaba a lo desconocido sin más. Prefería la seguridad a la incertidumbre, incluso si esa seguridad le pesaba como una losa sobre el pecho.

Su madre seguía siendo una presencia importante en su vida. No era dominante ni impositiva, pero su opinión tenía un peso que él mismo prefería no admitir. Desde pequeño, había aprendido a no decepcionarla, a tomar decisiones que la hicieran sentir tranquila. No había sido por maldad, sino por amor, pero ese amor lo había moldeado más de lo que él se daba cuenta. Y aunque en ocasiones deseaba rebelarse, tomar un rumbo completamente distinto, siempre encontraba una excusa para no hacerlo.

A medida que los años pasaban, el miedo al fracaso se entrelazaba con otro miedo aún más profundo: el miedo a no haber vivido. Sentía que había dejado pasar demasiadas oportunidades, pero no estaba seguro de si aún estaba a tiempo de hacer cambios. En las noches de insomnio, se repetía a sí mismo que todo estaba bien, que su vida era estable, que tenía un empleo seguro y un futuro predecible. Pero había otra voz dentro de él, más baja pero insistente, que le decía que eso no era suficiente.

Sabía que algo tenía que cambiar, pero no sabía cómo. O quizá sí lo sabía, pero todavía no estaba listo para admitirlo.

Las creencias limitantes – 01

Las sombras que nos habitan

Tomás despertó con la sensación de que había olvidado algo importante. No era la alarma del teléfono ni una reunión en la oficina. Era una inquietud más sutil, un eco en su interior que lo hacía sentirse atrapado en una rutina que, de alguna manera, había dejado de pertenecerle. El sol se filtraba a través de la ventana, tiñendo su habitación con un resplandor dorado. Se quedó acostado unos minutos más, con la vista fija en el techo, sintiendo el peso invisible de los días que parecían repetirse sin diferencia.

Al levantarse, preparó café en su pequeña cocina, como lo hacía cada mañana. El aroma llenó el aire, pero no logró despertarlo del todo. Miró el reloj y suspiró. Otro día en la oficina. Otro día igual a todos.

En el ascensor, se encontró con un vecino que no recordaba haber visto antes. Un hombre de unos cincuenta años, con el cabello gris y una expresión serena. Le sonrió con amabilidad antes de decirle:
—Parece que llevas prisa.
Tomás forzó una sonrisa y asintió.
—Siempre.
El hombre lo observó con curiosidad.
—¿Y alguna vez te has preguntado por qué?

La pregunta lo tomó por sorpresa. No supo qué responder. Las puertas se abrieron y el hombre salió antes de que Tomás pudiera decir algo más. Se quedó inmóvil por un segundo, sintiendo que aquella simple frase se le había quedado grabada en la mente.

El tráfico matutino era el mismo de siempre. Autos en fila, bocinas impacientes, gente con rostros cansados en los autobuses. Mientras conducía, su mente se llenó de pensamientos automáticos: los pendientes del día, el correo que debía responder, la presentación que tenía que entregar antes del viernes. Pero, por alguna razón, la pregunta del desconocido seguía ahí.
¿Por qué tanta prisa?

Era cierto que su vida era una carrera constante, pero ¿hacia dónde? Desde hacía años, Tomás se sentía como si estuviera atrapado en una cinta transportadora que lo llevaba por un camino que nunca había elegido realmente. No había tomado malas decisiones, pero tampoco decisiones propias. Había hecho lo que debía hacer, lo que se esperaba de él. Y ahora, con treinta y ocho años, tenía un trabajo estable, un departamento ordenado y una vida predecible. Pero ¿era eso lo que realmente quería?

La respuesta no llegó de inmediato, pero la sensación de vacío en su pecho le dijo todo lo que necesitaba saber.

En la oficina, todo transcurrió según el guion habitual. Correos, reuniones, conversaciones superficiales con compañeros que solo hablaban del clima o del tráfico. Tomás realizaba sus tareas con eficiencia, pero sin entusiasmo. Hasta que, al mediodía, un mensaje inesperado apareció en su teléfono.
«Mira dónde estoy ahora. ¿Te acuerdas de nuestro sueño de recorrer el mundo?»

Era de Andrés, un viejo amigo de la universidad. Habían hablado muchas veces de viajar juntos, de recorrer ciudades desconocidas, de vivir aventuras. Pero, como tantas otras cosas, esos sueños quedaron archivados en algún rincón de la mente de Tomás, bajo el rótulo de «cosas que no se hacen.» Abrió la imagen adjunta. Andrés estaba en algún lugar de Asia, con una mochila al hombro y una sonrisa radiante.

Sintió una punzada en el pecho. No era envidia, pero tampoco alegría. Era una extraña nostalgia por una vida que nunca había vivido. Por instinto, su mente se apresuró a justificarlo:
«Ese no es mi camino.»
Pero, esta vez, algo dentro de él respondió con otra pregunta:
«¿Y si estuviera equivocado?»

Las creencias limitantes – 02

Ecos del pasado

El sonido del teclado llenaba la oficina. Un ritmo constante, mecánico, carente de emoción. Tomás se encontraba frente a su computadora, respondiendo correos, revisando informes, asistiendo a reuniones en las que rara vez hablaba. Su vida había encontrado una cadencia predecible, una rutina inquebrantable que lo protegía de lo desconocido. Pero aquella mañana, todo le pesaba más de lo normal.

El mensaje de Andrés seguía en su teléfono, como un recordatorio silencioso de las decisiones que nunca tomó. Había intentado ignorarlo, convencerse de que su camino era otro, que no tenía sentido pensar en lo que pudo haber sido. Sin embargo, algo dentro de él comenzaba a rebelarse.
«¿Y si esa voz en mi cabeza no fuera realmente mía?»
La idea lo acompañó durante todo el día, como un eco que rebotaba en los rincones de su mente.

Al salir de la oficina, el aire fresco de la tarde le golpeó el rostro. Caminó sin rumbo fijo, permitiéndose sentir la inquietud sin intentar resolverla de inmediato. A medida que avanzaba, los recuerdos de su infancia comenzaron a surgir, inesperados, como fotografías que alguien había olvidado en un cajón.

De pronto, se vio a sí mismo, con ocho años, sentado en la mesa de la cocina de su casa. Su madre, con el ceño fruncido, revisaba las cuentas del mes. Tomás había llegado con una hoja de papel llena de dibujos, emocionado por mostrarle su última creación. Había pasado horas trabajando en ella, cuidando cada detalle, asegurándose de que los colores fueran perfectos.
—Mira, mamá.
Ella levantó la vista, esbozó una sonrisa rápida y tomó el papel en sus manos.
—Está bonito, hijo. Pero recuerda que lo más importante es estudiar. Dibujar es un pasatiempo, no algo en lo que puedas confiar para el futuro.
Tomás asintió, fingiendo que no le importaba. Pero algo dentro de él se apagó en ese momento. La hoja con el dibujo terminó en un cajón. Y, con el tiempo, dejó de dibujar.

Los recuerdos siguieron apareciendo. A los diecisiete años, cuando dijo que quería estudiar literatura, su padre se rió y le dio una palmada en la espalda.
—Eso está bien para un pasatiempo, pero necesitas algo que te dé estabilidad. Administración de Empresas es una carrera sólida.

A los veintidós, cuando pensó en irse de viaje un año antes de buscar un trabajo serio, su madre fue clara.
—No seas irresponsable. Si dejas pasar el tiempo, luego será más difícil entrar en el mundo laboral.

A los veintisiete, cuando una relación lo hizo cuestionarse si realmente quería seguir el camino que había tomado, su propia mente lo convenció de que ya era demasiado tarde para cambiar. Las voces que lo habían moldeado no eran suyas, pero las había repetido tantas veces que se convirtieron en su verdad.

Tomás se detuvo en una esquina, con el semáforo en rojo. Observó los autos pasar, las luces reflejadas en el asfalto mojado, el ir y venir de la gente.
«¿Cuántas decisiones he tomado realmente por mí mismo?»
La respuesta lo golpeó como un golpe en el estómago. Sacó su teléfono y volvió a mirar la foto de Andrés. Pero esta vez, no sintió nostalgia ni envidia. Sintió algo distinto.
Rabia.

No contra nadie en particular. No contra su madre, su padre, sus antiguos jefes o profesores. Sino contra sí mismo. Contra la versión de él que había permitido que todas esas voces definieran su vida. La rabia se convirtió en determinación.

Esa noche, al llegar a su apartamento, sacó un cuaderno viejo que llevaba años guardado en un cajón. Lo abrió en una página en blanco y, sin pensarlo demasiado, comenzó a escribir. Anotó todas las frases que recordaba de su infancia, todas las advertencias disfrazadas de consejos, todas las limitaciones que había adoptado sin cuestionarlas.

Las miró por unos minutos y luego, con un bolígrafo rojo, empezó a tacharlas una por una.
«No eres lo suficientemente bueno.»
«La estabilidad es más importante que la pasión.»
«No es el momento para arriesgarse.»
Las palabras desaparecieron bajo la tinta roja. Y, por primera vez en mucho tiempo, Tomás sintió que algo dentro de él empezaba a liberarse.

Las creencias limitantes – 03

Las voces que no son mías

El cuaderno permanecía abierto sobre la mesa del comedor. Tomás lo observó durante un largo rato, como si las frases tachadas pudieran borrarse no solo del papel, sino también de su mente. Pero no era tan fácil. Las palabras seguían ahí, resonando en su interior, a pesar de haberlas cubierto con tinta roja.

Se sirvió un café y se sentó frente al cuaderno, con los codos apoyados en la mesa y las manos entrelazadas. Sabía que escribirlas no era suficiente. Tenía que entenderlas. Tenía que rastrear su origen, descubrir desde cuándo se habían instalado en su mente como verdades absolutas.

Cerró los ojos y respiró hondo. La primera imagen que apareció fue la de su madre, sentada junto a la ventana de la sala, con su taza de té entre las manos. Aquel día llovía, y el sonido de las gotas golpeando el vidrio se mezclaba con su voz.
—La vida es dura, hijo. No siempre podemos hacer lo que queremos.
Él tenía doce años y le acababan de pedir en la escuela que escribiera sobre su futuro. Le había dicho a su madre que quería ser escritor.
—Está bien soñar, pero es mejor tener los pies en la tierra. No quiero verte sufrir por expectativas imposibles.

Lo dijo con amor, con la mejor intención del mundo. Pero Tomás entendió otra cosa. Entendió que sus sueños no valían la pena. Que la realidad siempre sería más fuerte que él. Abrió los ojos y tomó el bolígrafo.
«La vida es dura. No siempre podemos hacer lo que queremos.»
La tachó con fuerza, como si eso pudiera arrancarla de su mente.

Las imágenes siguieron llegando, como si su subconsciente hubiese esperado este momento para liberar lo que había estado guardando por años. El aula de secundaria. Su profesor de matemáticas caminando entre los pupitres, con su voz seca y autoritaria.
—Algunos nacen con talento para los números y otros no. No todos pueden ser buenos en todo.
Tomás, con catorce años, cerró su cuaderno sin haber terminado el problema en la pizarra. Nunca más levantó la mano en esa clase.

Tachó otra frase en su cuaderno.
«No todos pueden ser bue
nos en todo.»

Las creencias no eran pensamientos suyos. Eran voces que se habían repetido tantas veces que se habían convertido en parte de su identidad.

Esa noche, mientras intentaba dormir, algo dentro de él no lo dejaba en paz. Se removió en la cama, cambiando de posición una y otra vez. Hasta que, finalmente, se incorporó y prendió la luz. El cuaderno aún estaba en la mesa. Lo abrió de nuevo y, en una página en blanco, escribió algo distinto:
«¿Y si las voces están equivocadas?»
Las palabras lo miraban desde la hoja con una claridad inquietante.
«¿Y si las creencias que me han limitado no son verdades, sino solo historias que me contaron?»

Cerró el cuaderno, apagó la luz y volvió a la cama. Esta vez, durmió profundamente.

Al día siguiente, mientras caminaba hacia el trabajo, se sintió diferente. Había algo ligero en su pecho, como si llevara menos peso encima. Pero no bastaba con haber identificado esas voces. Ahora tenía que enfrentarlas.

Las creencias limitantes – 04

Las sombras que nos persiguen

El sonido del tráfico se filtraba por la ventana entreabierta de la oficina. Tomás miró la pantalla de su computadora sin realmente ver lo que tenía frente a él. Había llegado temprano esa mañana, con la intención de adelantar trabajo, pero su mente estaba en otro lugar.

Había algo inquietante en darse cuenta de que muchas de las frases que guiaban su vida no le pertenecían. Que cada vez que dudaba de sí mismo, cada vez que se paralizaba ante una oportunidad, no era su verdadera voz la que hablaba, sino el eco de otras personas. Esa conciencia era liberadora, pero también abrumadora. Si todo lo que creía sobre sí mismo podía ser cuestionado, ¿qué quedaba en su lugar?

Durante el almuerzo, se encontró con Santiago, su amigo de toda la vida. Era uno de esos encuentros no planeados, pero bienvenidos.
—Tienes cara de estar peleando con tus demonios —dijo Santiago, removiendo su café.
Tomás sonrió, pero no respondió de inmediato. Miró a su amigo, siempre tan seguro de sí mismo, con esa facilidad para hablar de cualquier cosa sin miedo al juicio de los demás.
—¿Alguna vez has sentido que todo lo que crees sobre ti mismo podría no ser cierto?
Santiago arqueó una ceja.
—¿Cómo así?
—Que muchas de las cosas que pienso sobre mí… en realidad no son mías. Que vienen de cosas que escuché cuando era niño, de lo que me dijeron mis padres, los profesores…

Santiago lo miró con atención.
—Eso suena interesante. ¿Y qué has descubierto?
Tomás se apoyó en la mesa, como si necesitara sostenerse de algo físico para ordenar sus pensamientos.
—Que me han dicho que no soy bueno en ciertas cosas, y lo he creído sin cuestionarlo. Que crecí pensando que debía seguir un camino seguro, estable, sin riesgos, porque lo otro era «muy difícil». Que cada vez que quise algo diferente, una voz me decía que no era para mí. Y ahora estoy aquí, preguntándome si todo eso es real o si simplemente lo acepté sin darme cuenta.

Santiago sonrió con esa media sonrisa que siempre tenía cuando le parecía que Tomás estaba pensando demasiado.
—Déjame adivinar. Estás esperando a que yo te diga qué es real y qué no.
—No —respondió Tomás, soltando un suspiro—. O sí. No sé.
Santiago se apoyó en el respaldo de la silla.
—Mira, yo no soy filósofo ni experto en la mente humana. Pero te diré lo que creo. Al final, lo que importa no es si esas voces eran tuyas o no. Lo que importa es qué decides hacer con ellas. ¿Vas a seguir dejándolas dictar tu vida, o vas a empezar a escribir tu propia historia?

Las palabras de Santiago lo acompañaron durante el resto del día. Esa noche, cuando llegó a casa, se sirvió un vaso de agua y se sentó en la mesa con su cuaderno. Las frases que había tachado la noche anterior seguían allí, pero ahora les añadió algo más.

«La vida es dura, no siempre podemos hacer lo que queremos.»
Debajo escribió: Pero podemos decidir cómo vivirla.
«No todos pueden ser buenos en todo.»
Y añadió: Pero cualquiera puede aprender si se lo propone.

Era un ejercicio pequeño, pero significativo. No se trataba solo de eliminar creencias limitantes. Se trataba de reemplazarlas con algo que le diera poder en lugar de quitárselo. Se quedó mirando la última frase que había escrito:
«Lo que importa es qué decides hacer con ellas.»
Santiago tenía razón. Las voces del pasado podían haber sido impuestas, pero la decisión sobre qué hacer con ellas era completamente suya.

Las creencias limitantes – 05

Los fantasmas de la certeza

La noche cayó sobre la ciudad con una calma engañosa. Tomás se sentó en su sillón favorito con una taza de té humeante entre las manos, dejando que el aroma lo envolviera. Había sido un día extraño, no particularmente malo, pero tampoco bueno. Algo dentro de él seguía inquieto, como si estuviera en el umbral de una puerta, sin decidirse a cruzarla.

Había pasado semanas cuestionando sus creencias, enfrentándose a la incomodidad de descubrir que muchas de ellas no eran suyas. Había identificado los ecos del pasado, reconocido cómo ciertas palabras se habían instalado en su mente sin su permiso. Y sin embargo, aún no sabía qué hacer con todo eso. No bastaba con darse cuenta de que su forma de pensar había sido moldeada por otros. No bastaba con escribir nuevas frases que contradijeran las viejas. Algo dentro de él seguía buscando una certeza que no llegaba.
¿Cuándo sabría que realmente había cambiado?

Se despertó con la sensación de haber dormido demasiado poco. En la oficina, el día se le fue en reuniones y correos sin sentido. En algún punto de la tarde, mientras tecleaba un informe, sintió que alguien lo observaba. Levantó la vista y se encontró con Elena, una de sus compañeras de trabajo, parada junto a su escritorio con una expresión expectante.
—Tomás, tenemos una reunión con los directivos en veinte minutos. Querían que alguien presentara los avances del proyecto y pensé en ti.

Por un momento, todo dentro de él se tensó. Su primer instinto fue buscar una excusa.
—¿Por qué yo? —preguntó, intentando ganar tiempo.
Elena arqueó una ceja, como si la respuesta fuera obvia.
—Porque tú manejas la mayor parte de los datos y tienes claridad sobre lo que estamos haciendo.

Tomás sintió el impulso de rechazar la propuesta, pero luego escuchó algo más. Una voz distinta a la que usualmente lo frenaba.
«¿Y si esta es la oportunidad de demostrarte a ti mismo que puedes hacerlo?»
Respiró hondo y asintió.
—De acuerdo. Lo haré.

El ascensor parecía moverse más lento de lo normal. Con cada piso que descendía, sentía el peso de la decisión que había tomado. No era solo una presentación; era un desafío contra su propia mente. En la sala de juntas, los directivos conversaban entre sí mientras él organizaba sus notas. Por un momento, las dudas regresaron con fuerza.
¿Y si se equivocaba? ¿Y si se trababa al hablar? ¿Y si sonaba inseguro?
Pero entonces recordó lo que había practicado. Cerró los ojos por un instante y tomó una respiración profunda.
No tenía que ser perfecto. Solo tenía que hacerlo.

Cuando comenzó a hablar, su voz sonó más firme de lo que esperaba. Se obligó a no apresurarse, a tomarse su tiempo. Con cada frase que pronunciaba, sintió cómo su confianza crecía, cómo la tensión en su pecho se disipaba. Cuando terminó, hubo un breve silencio antes de que uno de los directivos asintiera con aprobación.
—Buen trabajo, Tomás. Claro y preciso.
Elena le dirigió una sonrisa discreta, como si siempre hubiera sabido que lo haría bien.

De regreso en su escritorio, sintió una mezcla de alivio y orgullo. No porque hubiera hecho la mejor presentación del mundo, sino porque había dado un paso más allá de sus propios límites. El problema nunca había sido su capacidad. Siempre había sido su creencia de que no era suficiente.

Esa noche, cuando abrió su cuaderno, no escribió frases nuevas. En cambio, anotó una sola pregunta:
«¿Y si toda mi vida he sido más capaz de lo que creí?»
Se quedó mirándola por un largo rato, antes de cerrar el cuaderno con una sonrisa leve en los labios.

Tal vez, después de todo, la certeza no llegaba de golpe. Tal vez se construía, paso a paso.

CONTINUARÁ…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio