
Hace poco empezó a circular una encuesta que dice que el presidente tiene alrededor del 70% de apoyo popular. Y alguien me preguntó:
“¿Por qué seguís escribiendo en su contra si tiene tanto respaldo?”
Mi respuesta fue sencilla: porque yo no voto por el apoyo, voto por lo que creo.
El hecho de que una mayoría piense de una forma no convierte esa opinión en verdad. Yo no escribo para ir a favor del viento. Escribo porque tengo una manera de ver las cosas, porque algo en mi conciencia me dice que lo correcto no siempre es lo más popular.
Si el 98% o el 99% del país cree que algo está bien, y yo siento que está mal, tengo el derecho —y tal vez el deber— de decirlo. No por rebeldía, sino por coherencia.
Yo no soy político. No soy economista. No soy analista. No entiendo de macroeconomía ni de estadísticas. Yo solo hablo desde mi mirada de ciudadano, desde lo que observo, desde lo que percibo, desde lo que me duele.
Y si alguien se identifica con lo que escribo, bienvenido. Y si alguien no está de acuerdo, también está bien. Porque lo que intento no es imponer una verdad, sino invitar a pensar.
Si algún día me equivoco, tengo la libertad y la humildad para corregirme. Pero mientras tanto, voy a seguir escribiendo desde el lugar más honesto que conozco: mi conciencia.
Las encuestas pueden medir popularidad, pero no pueden medir la verdad, la ética ni la dignidad. Pueden mostrar cuántos aplauden, pero no cuántos piensan. Y a veces, lo más valiente que uno puede hacer es mantenerse fiel a lo que cree, aunque sea en silencio y en minoría.
Porque los pueblos también se miden por la cantidad de gente que piensa distinto y sigue hablando, incluso cuando la mayoría ya no quiere escuchar.