Lo que ha hecho mal este presidente

En estos años de gobierno, Rodrigo Chaves ha demostrado no solo aciertos o desaciertos propios de cualquier administración, sino un estilo de liderazgo que deja más sombras que luces. Lo preocupante no es lo que no ha hecho, sino lo que ha hecho mal. Porque gobernar no se mide únicamente en cifras de deuda, crecimiento económico o récords de empleo; también se mide en el tono, en el ejemplo, en la capacidad de unir a un país bajo una visión compartida. Y ahí es donde el presidente ha fallado con estrépito.

Uno de los errores más visibles ha sido su estilo de berrinche convertido en política de Estado. Lo que debería ser un ejercicio de liderazgo sereno y maduro, se ha transformado en ataques constantes, respuestas impulsivas y conferencias de prensa usadas como trincheras. El presidente no se comunica: pelea. No construye diálogo: destruye puentes. Así, en lugar de fortalecer la democracia, la erosiona.

Su relación con los otros poderes de la República es otro capítulo oscuro. En vez de buscar colaboración con la Asamblea Legislativa, con el Poder Judicial o con la prensa como cuarto poder, ha preferido confrontarlos, debilitando la confianza en las instituciones que han hecho de Costa Rica un ejemplo en la región. El presidente se presenta como víctima de una supuesta maquinaria en su contra, cuando en realidad es él quien permanentemente ataca y deslegitima a quienes no se alinean con su discurso.

Y esa actitud va de la mano con su obsesión por desmeritar a todos los expresidentes. Es cierto, ningún gobierno pasado fue perfecto; todos tuvieron sus errores y también sus sombras. Pero de ahí a pintarlos como demonios absolutos hay un abismo. Reducir la historia política reciente de Costa Rica a una caricatura de villanos solo sirve para inflar su propia imagen, una imagen que se muestra cada vez más maltrecha y vulgar. Gobernar no es destruir la memoria democrática, es aprender de ella.

Lo más delicado, sin embargo, es que Rodrigo Chaves no representa a un país. No encarna la riqueza cultural, la tradición pacífica ni el orgullo democrático que tanto nos ha costado construir. Lo que representa es el resentimiento de ciertos sectores de la población que ven en su tono vulgar y confrontativo un reflejo de sus propias frustraciones. Pero gobernar no es dar voz al enojo: es elevarlo hacia algo v grande, más digno. En este punto, su liderazgo se ha quedado atrapado en el resentimiento, en lugar de transformarlo en propuesta.

A esto se suma la erosión de la libertad de prensa, el populismo disfrazado de política pública y el desgaste constante de gobernar para dividir. Chaves ha preferido pelear con periodistas antes que resolver la inseguridad, acusar a diputados antes que trabajar en educación, culpar a expresidentes antes que enfrentar de frente los problemas actuales. Ha puesto su energía en las batallas personales en lugar de en las soluciones colectivas.

Costa Rica necesita un presidente que inspire, no un boxeador que golpea a todos los que lo rodean. Necesita un líder que nos una, no que nos recuerde cada semana lo rotos que estamos. Porque un país no se construye desde el berrinche, ni desde el resentimiento, ni desde la vulgaridad: se construye desde la dignidad, el respeto y la visión compartida de un futuro en paz. Y ahí, lamentablemente, este gobierno está fallando.

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