
Estamos nerviosos. Y creo que eso ya es bastante evidente. Nerviosa la oposición. Nerviosos muchos oficialistas. Nerviosos incluso ciudadanos que apenas están observando desde afuera cómo empieza a acomodarse el tablero político después del 8 de mayo. Porque cuando un país entra en una etapa de polarización emocional fuerte, aparece también una especie de ansiedad colectiva donde todos empezamos a sospechar de todos. Y entonces surge la gran pregunta que parece perseguir a mucha gente estos días: ¿cuál diputado se va a pasar de bando?
Y curiosamente, uno de los primeros nombres que muchas personas han empezado a poner bajo la lupa es el de Eder Hernández, diputado de Liberación Nacional para el período 2026-2030. ¿La razón? Honestamente, pareciera ser más emocional que objetiva. Se le ha visto presente en actividades donde también ha estado la presidenta Laura Fernández, ha figurado bastante públicamente, ha aparecido en fotografías, ha dado declaraciones conciliadoras y, para algunos, eso ya parece suficiente para encender las alarmas.
Pero si somos sinceros, también ha habido otros diputados en situaciones similares. Y aun así, por alguna razón, fue él quien quedó colocado en el centro de las sospechas colectivas.
Tal vez influyó aquel discurso donde habló bien de la presidenta. Tal vez influyó su estilo de comunicación. O tal vez simplemente necesitábamos proyectar sobre alguien toda esta ansiedad política que llevamos acumulada desde hace meses. Porque cuando una sociedad entra en estado de sospecha permanente, empieza a ver señales en todas partes. Y ahí es donde aparecen los fantasmas.
Lo curioso es que yo mismo también he hablado bien de doña Laura en algunos temas concretos, igual que he criticado otros. Pero claro, a nadie le preocupa demasiado si yo “me paso de bando”, porque mi posición no altera correlaciones legislativas ni pone en riesgo equilibrios de poder dentro de la Asamblea Legislativa. En cambio, cuando se trata de un diputado de la República, cualquier gesto empieza a interpretarse políticamente.
Y entonces aparecen las certezas fabricadas.
Algunos aseguran que Eder Hernández inevitablemente terminará cercano al oficialismo. Otros afirman exactamente lo contrario y lo describen como una persona intachable e incapaz de moverse políticamente de su fracción. Pero la verdad es que, siendo completamente honestos, nadie sabe absolutamente nada todavía. Apenas lleva una semana en funciones. Todo lo demás son interpretaciones, emociones, sospechas y narrativas construidas desde afuera.
Me atrevería incluso a decir algo más: probablemente ni él mismo tenga completamente claro todavía cómo se moverán muchas dinámicas políticas en los próximos meses. Porque una cosa es la campaña electoral y otra muy distinta es entrar realmente al juego legislativo, a las presiones, a las negociaciones y a las relaciones humanas que empiezan a construirse dentro de la Asamblea.
Y por eso creo que deberíamos tener muchísimo cuidado con algo que se ha vuelto demasiado común en redes sociales: condenar personas antes de que hagan algo condenable. Porque una democracia madura no puede funcionar únicamente desde la sospecha permanente. Si empezamos a destruir reputaciones a partir de fotografías, apariciones públicas o discursos políticamente correctos, entonces terminaremos convirtiendo cualquier gesto de diálogo en una traición automática.
Y eso tampoco le hace bien al país.
Conste que no escribo esto para defender a don Eder Hernández específicamente. Honestamente no tengo idea de qué hará políticamente en el futuro. Escribo esto porque creo en algo más importante: en la necesidad de intentar ser justos incluso con quienes generan dudas. Así como en otros momentos he defendido a doña Claudia Dobles, a don Ariel Robles o incluso a la propia doña Laura Fernández cuando sentí que las críticas hacia ellos cruzaban la línea de lo razonable.
Porque una cosa es analizar políticamente a las personas.
Y otra muy distinta es condenarlas antes de tiempo solo porque nuestras emociones necesitan encontrar un sospechoso.