
Por Vinicio Jarquín
Hay algo profundamente humano que me hizo pensar muchísimo. Una madre me hablaba de su hijo autista. Me contaba algunas de sus particularidades, de sus gustos, de las cosas que lo hacen sentirse bien y también de aquello que altera profundamente su sistema nervioso. Mientras la leía, sentí algo extraño dentro de mí. Porque más allá del diagnóstico, había una serie de características que parecían describir una forma de vida muchísimo más sensible, más conectada con el cuerpo y más honesta emocionalmente que la de muchos adultos que nos creemos “adaptados”. Ella me hablaba de un niño que disfruta los dibujos animados, los colores, la música, bailar frente a un espejo moviendo las manos, las rutinas sencillas, ciertos tipos de texturas y sonidos suaves. Me hablaba también de cómo los ruidos fuertes, los tumultos y el exceso de estímulos lo alteran profundamente. Y mientras la leía, no pude evitar preguntarme algo incómodo: ¿y si muchos de nosotros también estamos sobrecargados… solo que aprendimos a vivir así?
Porque honestamente, el mundo actual pareciera premiar exactamente lo contrario de la calma. Vivimos rodeados de pantallas, notificaciones, gritos, discusiones políticas, ansiedad colectiva, redes sociales diseñadas para alterarnos emocionalmente y una cultura que pareciera admirar a quien vive permanentemente acelerado. Hay personas que ya no recuerdan lo que se siente sentarse en silencio sin revisar el celular. Hay personas que sienten culpa si descansan. Hay personas que solo se sienten vivas cuando están reaccionando a algo, como si el silencio interior se hubiera convertido en un territorio desconocido o incluso incómodo. Y tal vez por eso me impactó tanto esa conversación. Porque mientras nosotros vivimos persiguiendo estímulos cada vez más intensos para sentir algo, algunos niños encuentran felicidad auténtica en cosas increíblemente simples. Un color. Una textura. Una canción repetida veinte veces. Un movimiento frente a un espejo. Una sensación agradable en las manos. Un pequeño orden dentro del caos. Y quizá ahí existe una pregunta que vale la pena hacernos como sociedad: ¿en qué momento dejamos de sentir paz con las cosas pequeñas?
Y no. No estoy romantizando el autismo. No estoy diciendo que no existan desafíos enormes para muchas familias, ni dificultades emocionales, sensoriales o sociales reales. Sería injusto simplificar una condición compleja y profundamente diversa. Pero sí creo que, como sociedad, podríamos aprender algo importantísimo de ciertas formas distintas de percibir el mundo. Porque tal vez el cuerpo humano nunca estuvo diseñado para vivir en esta tormenta permanente de estímulos en la que vivimos ahora. Tal vez el sistema nervioso no es débil por alterarse con el ruido constante. Tal vez simplemente está tratando de decirnos algo. Porque si lo pensamos con honestidad, muchas personas viven agotadas emocionalmente. Irritables. Ansiosas. Saturadas. Hipervigilantes. Incapaces de descansar de verdad. Y aun así, seguimos llamando “normalidad” a ese estado. Seguimos creyendo que vivir acelerados es sinónimo de productividad, importancia o éxito, aunque por dentro muchas veces estemos completamente drenados.
Mientras tanto, hay niños que todavía parecen tener una conexión mucho más clara con lo que les hace bien y lo que les hace daño. Niños que todavía reaccionan con honestidad cuando un ambiente es demasiado agresivo para ellos. Niños que no necesitan grandes lujos para disfrutar algo. Niños que pueden pasar largos ratos fascinados por una textura, una melodía, una luz o un movimiento repetitivo que les genera tranquilidad. Y honestamente, quizá ahí existe una enseñanza profundamente apaciguada. Porque tal vez una persona apaciguada no es alguien que nunca se altera. Tal vez es alguien que aprende a escuchar su propio sistema nervioso antes de colapsar. Alguien que entiende cuándo necesita bajar el ruido del mundo. Alguien que no necesita convertir cada espacio en una competencia de atención. Alguien que todavía puede disfrutar cosas pequeñas sin sentir que eso es poca cosa. Porque honestamente, a veces pareciera que hemos confundido intensidad con felicidad. Y no siempre son lo mismo.
Tal vez necesitamos volver a mirar con más respeto a quienes experimentan el mundo de manera distinta. No para convertirlos en símbolos espirituales ni para ponerles etiquetas románticas, sino para recordar que existen otras formas de vivir. Otras velocidades. Otras sensibilidades. Otras maneras de sentir paz. Porque quizá el verdadero superapaciguado no es el que domina el mundo, ni el que habla más fuerte, ni el que vive permanentemente estimulado y conectado. Quizá es el que todavía puede sentirse bien simplemente mirando colores, escuchando música suave o moviendo las manos frente a un espejo sin miedo al ridículo. Y honestamente… tal vez muchos de nosotros hemos olvidado cómo se hace eso.