
En una reunión, un hombre adinerado, relativamente joven, aunque ya maduro, conversaba con varias personas sobre el impuesto a la canasta básica.
Decía que a él no le preocupaba.
Cuando alguien le explicó cuánto podrían aumentar sus gastos mensuales, sonrió con tranquilidad. No porque tuviera los recursos suficientes para absorber el aumento sin dificultad, sino porque, según él, ya tenía el plan perfecto.
El plan consistía en hacer todas las compras a nombre de su esposa. Como ella no tiene propiedades ni bienes registrados a su nombre, suponía que podría solicitar la devolución del impuesto.
Lo decía abiertamente, casi con orgullo, sin comprender que aquello no era una solución inteligente, sino una artimaña. Tampoco parecía importarle que muchas familias no tendrán la posibilidad de inventar mecanismos para recuperar ese dinero.
No conocía el procedimiento de devolución, no sabía si realmente podría hacerlo y ni siquiera veía la contradicción de que su esposa, estando casada con un hombre adinerado, apareciera formalmente como alguien sin recursos.
Pero lo más preocupante no era su desconocimiento, sino su indiferencia.
El tema ciudadano no le interesaba porque creía tener preparada su propia trampa.
Hay personas que hablan de valores como si fueran una decoración. El problema es que, aun cuando los valores sirvieran para adornar, tampoco serían ellas quienes lucirían el adorno.
También podría titularse La trampa antes que la solidaridad, si querés enfatizar más el tema ciudadano.