Mis inseguridades

Toma de consciencia

Hace poco, en una sesión de coaching en la que, por una vez, yo no estaba en el rol de coach, sino en el de coacheé —el cliente, el que recibe las preguntas—, tuve una revelación incómoda. La coach empezó a preguntarme, despacio, con esa paciencia que se necesita para ir quitando las capas de una cebolla sin romperla. Al principio, yo respondía sin mucho drama, como si fueran simples cuestiones administrativas. Pero a medida que avanzábamos, noté que algo dentro de mí se tensaba.

Sus preguntas no eran directas sobre el dinero, pero poco a poco me llevaron ahí, a ese lugar que siempre había preferido dejar en penumbra. Descubrimos que cada vez que cobraba por mi trabajo, por mis talleres, por mi tiempo, aparecía una sensación molesta. No era exactamente vergüenza… aunque se le parecía. Tampoco era puro temor… aunque tenía un matiz de eso. Era una mezcla rara: inseguridad, inquietud, y un nudo que no sabía que estaba ahí hasta que lo sentí apretarse mientras hablábamos.

Y lo más curioso es que no había llegado a esa sesión con la intención de hablar de dinero. Pero así es como funciona el coaching cuando se hace bien: uno cree que va a trabajar en un tema, y termina dándose cuenta de algo que estaba escondido debajo, como esas raíces que, aunque no se ven, sostienen todo el árbol.

Una vez que llegamos a esa primera conclusión, la conversación se volvió más puntual. Empecé a dar ejemplos concretos y me di cuenta de que este malestar aparecía en más de un escenario. Por ejemplo, cuando preparo una cotización para la empresa de uniformes o para las prendas de mi marca, hay una vocecita que me dice que quizá el precio es alto, que tal vez la persona lo va a percibir como “caro”. Esa sensación viene acompañada de un desfile de creencias que no siempre son ciertas, porque objetivamente mis precios son competitivos y coherentes con la calidad que entrego.

Luego hablamos de mis libros y mis obras de arte. Ahí la historia se repite con un matiz distinto: si alguien quiere comprar un cuadro o un libro, surge una inseguridad en forma de pregunta silenciosa: “¿Le gustará? ¿Será lo que esperaba? ¿Estará lo suficientemente bonito?”. A veces hasta me da un poco de vergüenza. Y, sin embargo, siempre que alguien ha comprado, se ha ido contento. La inseguridad, entendí, no estaba en el producto, sino en mí.

La coach me ayudó a ver que incluso en mis clases y talleres de arte, ese patrón se asoma. Más de una vez le he dicho a alguien: “Si no tienes plata, igual no me pagues”. Lo he hecho como un gesto de tranquilidad, para que nadie se sienta presionado, pero también como un mecanismo mío para calmar mi propia incomodidad con el tema del cobro. El problema es que el taller no es un pasatiempo para mí: es una de mis fuentes principales de ingreso como artista, además de ser un espacio que amo.

La realidad es que mi economía está construida como un tejido donde cada hilo cuenta: la empresa de uniformes, mi marca de ropa, los libros, las obras de arte, las sesiones de coaching y el taller. Cada uno aporta, y ninguno sobra. No es un trabajo para regalar, porque no es un lujo: es el sustento que necesito. Y en ese momento de la sesión me di cuenta de que, de alguna manera, había estado saboteando la claridad con la que debía ver eso.

Todavía no he encontrado la fuente exacta de esa inseguridad ni el momento en que empezó a instalarse en mí. Pero en esa sesión también tomé nota de un detalle revelador: cuando alguien me paga en efectivo, la incomodidad aumenta. Es como si el contacto físico con el dinero intensificara algo interno, tal vez un tema no resuelto con el valor, con la transacción, con el merecimiento. Y eso, claro, será parte de mi trabajo personal en los próximos días: observarme, analizarme, revisar de dónde viene y cómo puedo transformarlo.

Sin embargo, entendí que no siempre hace falta tener toda la historia para empezar a actuar. La toma de conciencia, por sí sola, fue un motor poderoso. Primero, porque me permitió ver lo que antes estaba en la sombra. Después, porque la acompañé con algunos ejercicios prácticos para liberar tensión y reprogramar mi manera de pensar en esos momentos de cobro. Y, finalmente, porque tomé acciones concretas: anuncié mis obras de arte en varios foros y, en pocos días, me pidieron algunas. Publiqué sobre mis libros y esta misma semana he vendido varios. Tengo diez estudiantes nuevos en las clases de arte, y cuatro de mis libros, si todo sale bien, entrarán a la Librería Internacional.

Lo más sorprendente es cómo, cuando uno se conecta con lo que debería estar haciendo y lo asume sin reservas, las cosas empiezan a moverse. Es como si hubiera un diálogo invisible con el universo: tú das un paso y el universo responde. Todo empieza a alinearse, a fluir.

Me gusta pensar en ello como una manguera que siempre hemos creído perfecta, fuerte, lista para llevar agua… pero desconectada del grifo. Cuando tomas conciencia y decides conectarla, el agua empieza a correr. No porque la manguera haya cambiado, sino porque por fin está unida a la fuente. Entonces fluye, pasa por ti y se derrama al mundo.

Tal vez, mientras leías, pensaste que esto que cuento es algo muy personal, y lo es. Pero también es probable que, en algún rincón de tu vida, tengas una manguera desconectada. Puede que sea en tu trabajo, en tus relaciones, en tu creatividad, en tu manera de cuidarte… lugares donde la energía, el talento o el amor están ahí, pero no fluyen porque algo los detiene.

No siempre necesitamos saber exactamente de dónde viene el bloqueo. A veces basta con reconocer que existe, mirarlo de frente y dar el primer paso para conectarnos de nuevo. Ese paso puede ser una conversación, un cambio pequeño, un acto de valentía o, simplemente, permitirte recibir lo que mereces sin pedir disculpas por ello.

Pregúntate: ¿en qué parte de tu vida la manguera está desconectada? Y, sobre todo, ¿qué pasaría si hoy decides conectarla?

Ayer hablaba con uno de mis hermanos sobre otros temas, nada que ver con el dinero ni con lo que me ocupa hoy. Él da charlas de desarrollo personal sobre un área muy específica y, en ese contexto, me contó una metáfora que usa con frecuencia: a veces los problemas o las situaciones que vivimos son como un tornillo que hemos atornillado en la pared. El momento en que se soluciona el problema, metafóricamente, es cuando logramos sacar ese tornillo.

Esta mañana, sin que lo buscara, recordé esa imagen y la traje a mi propio proceso. En mi caso, tomar conciencia de mi incomodidad con el cobro fue como sacar el tornillo de la pared. Pero mi hermano, cuando usa esa metáfora, siempre pregunta: “Y cuando logramos sacar el tornillo… ¿qué hacemos con el hueco?”.

En su temática, él explica cómo tapar ese hueco. En la mía, entendí que el hueco es la acción pendiente. Tomar conciencia es fundamental, pero no suficiente. Si solo me quedo en la claridad mental, el hueco sigue ahí. En mi caso, “tapar el hueco” ha significado moverme: anunciar mis obras de arte, enviar el correo que llevaba meses pendiente para la Librería Internacional y que, para mi sorpresa, abrió negociaciones el mismo día, y empezar a dar pasos que había postergado por esa inseguridad que ahora sé que existe.

La toma de conciencia es un primer paso enorme, quizá el más difícil. Pero después viene la acción: hacer algo concreto para cambiar el escenario. Y ahora estoy en ese segundo momento, donde cada acción es una manera de tapar el hueco y dejar la pared —y mi vida— más firme y lista para lo que sigue.

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