
Por Vinicio Jarquín
He escuchado en varias oportunidades a distintas personas referirse al desastre notorio de la Asamblea Legislativa: los gritos, las insolencias, los pleitos, los insultos, las malas palabras. Nos incomoda, nos molesta, lo rechazamos, lo señalamos con fuerza, y con razón. Nadie quisiera ver ese tipo de comportamiento en un espacio que, por su naturaleza, debería representar lo mejor del país. Pero en medio de esa crítica constante, hay algo que pocas veces se dice con la misma claridad: los diputados no son una entidad ajena, no son un grupo separado de la realidad. Son nuestros representantes constitucionales. Son, en esencia, un reflejo de la población que los eligió.
Y cuando uno se detiene a observar con un poco más de calma, la distancia entre lo que ocurre dentro de la Asamblea y lo que ocurre fuera de ella empieza a reducirse. Basta con ver el tono de las conversaciones en redes sociales, en la calle, en espacios cotidianos. La forma en que discutimos, la rapidez con la que descalificamos, la facilidad con la que insultamos. No es tan distinto. Cambia el escenario, cambian los micrófonos, cambia la visibilidad… pero el fondo, en muchos casos, es el mismo.
Tal vez por eso, antes de quejarnos únicamente del comportamiento de la Asamblea, valdría la pena hacer una pausa y mirar hacia adentro. Porque lo que estamos viendo allá también se está viviendo aquí. Hay una evidente pérdida de algo que durante mucho tiempo nos definió: ese “pura vida” que no era solo una frase, sino una forma de relacionarnos, de tratarnos, de convivir. Hoy parece diluido, desgastado, desplazado por la prisa, por la reacción, por la necesidad de tener razón.
Ayer se dio una de las últimas sesiones de esta Asamblea, y más allá de lo que ocurrió puntualmente, quedó una sensación difícil de ignorar. No solo por las decisiones, sino por la forma. Por lo que se comunicó, por lo que se dejó ver en términos de valores, de comportamiento, de dignidad. Y en ese momento, más que señalar, lo que surge es una pregunta incómoda: ¿qué estamos validando como sociedad cuando esto ocurre?
Porque no es solo la Asamblea lo que podría estar en deterioro. Es la forma en que estamos conviviendo. La forma en que estamos participando. La forma en que estamos eligiendo. Y eso no se resuelve únicamente cambiando nombres o estructuras. Se transforma cuando cada uno asume una parte, cuando cada uno decide observar su propio comportamiento con la misma exigencia con la que observa el de los demás, no como culpa, sino como responsabilidad.
Y en este momento, muchos de nosotros estamos ilusionados por la nueva Asamblea Legislativa, por los próximos diputados que están por entrar, con la esperanza de que sea diferente, que el tono cambie, que haya más educación, más calma, más armonía en la forma de trabajar. Es una esperanza válida, necesaria incluso. Pero también es importante preguntarse, con honestidad, qué tan probable es que eso ocurra si la sociedad que los produce se encuentra en el nivel en el que hoy está. Porque, al final, un árbol de naranjas no da manzanas.
Tal vez no sepamos con precisión dónde empezó todo este deterioro, pero sí podemos observar señales. Momentos que, aunque parezcan aislados, terminan marcando una forma de relacionarnos. Cuando desde el Poder Ejecutivo se normalizan expresiones cargadas de agresividad en espacios públicos, incluso frente a niños, lo que se transmite va más allá de una frase. Se transmite una forma. Y esa forma se replica, se multiplica, se instala.
Por eso, más que quedarnos en la crítica o en la expectativa, tal vez este sea un buen momento para detenernos. Para reconocer que el deterioro social no es algo lejano, sino algo que se manifiesta en múltiples niveles. Y que, si realmente queremos ver una Asamblea distinta, un país distinto, esa transformación no puede venir únicamente desde arriba.
Respirá un momento.
Y antes de esperar que algo cambie afuera, permitite observar con calma qué parte de ese cambio también empieza en vos.